
A lo largo de una carrera profesional que se prolongó casi cuatro décadas, Juan Antonio Mazo dio testimonio con su cámara de los grandes acontecimientos y de los eventos más pequeños, con un sello personal muy reconocible: buscar la cotidianidad en el pequeño detalle. Meticuloso a la hora de guardar los negativos y documentar cada toma, el fotógrafo dejó no menos de 200.000 instantáneas en blanco y negro y otras 30.000 en color que, todas ellas perfectamente catalogadas y ya digitalizadas por su hijo Cacho, componen el Archivo Foto Mazo. Una vez puesto a salvo ese legado, el objetivo es divulgar unas imágenes que ofrecen una mirada diferente y cercana sobre la historia de Santander y de Cantabria.
Juan Carlos Arrondo | Enero 2026
Susan Sontag, en su célebre libro de ensayos ‘Sobre la fotografía’, afirma que “las fotografías, que almacenan el mundo, parecen incitar al almacenamiento”. En el caso de Juan Antonio Mazo, fotógrafo que durante casi cuatro décadas capturó en imágenes desde grandes acontecimientos políticos, sociales o deportivos hasta pequeños detalles de la vida cotidiana, sería más preciso sustituir el verbo ‘almacenar’ por ‘archivar’. Además de su talento como reportero gráfico, que dotó de un enfoque personal muy reconocible cada una de las decenas de miles de instantáneas que componen su obra, hay una trazabilidad, fruto de un rigor profesional que le llevó a anotar la fecha y las circunstancias de todas ellas y a referenciar en estricto orden cada negativo, cada rollo que fue guardando a lo largo de su carrera. Recogiendo ese espíritu del trabajo escrupulosamente organizado, sus hijos tratan hoy de asegurar la conservación de dicho legado, a la vez que ponen en marcha el Archivo Foto Mazo con el objetivo de abrir a la sociedad este patrimonio cultural.
Nacido en 1925, la trayectoria de Juan Antonio Mazo abarca desde 1947 hasta 1982. No se sabe exactamente por qué, cumplido el servicio militar y finalizados sus estudios, empezó a interesarse por captar en imágenes la cotidianeidad de Santander. “Por afición o por la circunstancia que fuera consiguió una cámara y sacó un permiso, el registro en el Gobierno Civil, para poder hacer fotografías con ella en la calle”, explica su hijo, Cacho Mazo. Aclara que a finales de los años cuarenta, junto a los que prestaban sus servicios a la prensa, los profesionales generalmente se dedicaban a la fotografía de galería y en menor medida a la denominada ‘del minuto’, hecha en lugares públicos con un tipo de máquina fija que permitía revelar las fotos al instante. “Fue de los primeros que, ya con una cámara portátil, salió a la calle y empezó a reflejar momentos sociales de toda índole en la ciudad. Se hizo visible y hoy en día hay muy pocas casas que no tengan una foto suya”.
La naturaleza de su trabajo fue muy variada a lo largo de su carrera. A la hora de la comida y de la cena acudía diariamente a varios restaurantes santanderinos donde ofrecía sus servicios a los comensales y también se ocupaba de los encargos que recibía para inmortalizar eventos familiares, institucionales o de otro tipo. Todo ello compatibilizándolo con sus colaboraciones en prensa, nunca como asalariado, como destaca su hija, Mercedes Mazo, a pesar de que no le faltaran ofertas para contratarle: “Incluso en la época en que el fotógrafo de ‘El Diario’ estuvo una larga temporada de baja, les decía que no, que él era autónomo, que les pasaba las facturas sobre sus fotos y se acabó. Siempre quiso ser independiente y lo consiguió”. Apunta que tampoco se dedicó a la fotografía de estudio, algo que confirma una anécdota familiar: “Recuerdo haberle preguntado cómo es que a mí me había hecho la foto de la comunión Ángel de la Hoz y él me respondió: no te equivoques, yo soy reportero gráfico”.

Mercedes y Cacho Mazo, hijos del fotógrafo santanderino. Foto: Nacho Cubero.
Por libre o por encargo de algún periódico, acudía a todo tipo de acontecimientos públicos, ya fueran deportivos, sociales o culturales, en Santander o en cualquier otro lugar de España donde pudiera estar la noticia. “Tenía olfato para saber lo que había, dónde, quién iba a ir y quién no”, señala Mercedes Mazo. Su hermano recuerda que cubría frecuentemente los partidos del Racing y la cantidad de desplazamientos que durante los sesenta sirvieron para organizar un viaje familiar: “Se lo ofrecía a los periódicos. Les decía, me voy a Zaragoza, o a Gijón, o a Orense… Íbamos al partido, hacía las fotos, al día siguiente las revelaba y las entregaba”. Sería imposible citar todos los medios que publicaron sus fotografías: con mayor regularidad o esporádicamente, desde la ‘Hoja del Lunes’, ‘Alerta’, ‘El Diario Montañés’, la ‘Gaceta del Norte’, ‘Dicen’, ‘Pueblo’, ‘Ya’, ‘Informaciones’, ‘ABC’ hasta innumerables cabeceras provinciales llevaron alguna vez una instantánea suya en sus páginas. “Colaboró con todos: prensa local, nacional, de deportes. Con todos”, subraya Cacho Mazo.
Muchas de esas colaboraciones para medios de otras provincias estaban relacionadas con eventos como el Festival Internacional de Santander o actos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, visitas de autoridades con motivo de alguna inauguración o de celebridades en algún restaurante local. En 1965 y 1966, la Cámara de Comercio organizó un par de ediciones de lo que denominó ‘quincena comercial’. La Plaza Porticada abarrotada ante una gran tómbola donde se sorteaba de todo, lavadoras, televisores, incluso vacas, y algunos famosos, como Fernando Fernán Gómez, Joaquín Prat o Carmen Sevilla, entre otros, dejándose ver por diferentes establecimientos para promocionar el consumo. Todo esto también lo documentó Mazo al detalle. “Tenemos rollos y rollos de aquellas quincenas comerciales, que eran impresionantes y muy imaginativas”, indica Mercedes, que llama la atención sobre la calidad de todos estos trabajos que realizó su padre: “Es digno de estudio cómo concebía el reportaje gráfico, cómo se centra en lo que está sucediendo, pero no sólo en eso, sino en todo el contexto”.
Cabe preguntarse cómo podía conseguir capturar el ambiente de cada momento del modo en que lo hacía, algo que, a juicio de sus hijos, hace su obra muy reconocible. Mercedes Mazo lo define como “fotografías en movimiento. Cada una, por sí sola, te cuenta una historia”. Para su hermano Cacho, la explicación está en el detalle: “Todo lo que es lateral es relevante y lo relevante quizás sean las cosas más sencillas. Él siempre decía que lo grande lo hace cualquiera, lo complicado es hacer lo sencillo”. Y hace hincapié en ese gusto que le acompañó siempre, en cualquier contexto, por documentar escenas de la vida cotidiana: “El archivo de nuestro padre está repleto de imágenes que no son, en absoluto, el objetivo del reportaje. Ves que ha ido a hacer un banquete de alto postín en un hotel, pero, de repente, se va a la cocina y saca al camarero, vestido de chaqué, bailando con la cocinera. O al botones en la puerta junto a un coche de lujo”.
“Era riguroso hasta límites insospechados. Decía una frase: ‘cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa’”. Mercedes Mazo, hija del fotógrafo
Además de sus rasgos distintivos como fotógrafo, su olfato periodístico o su enfoque social y artístico, hay otra característica de su trabajo que hace que su legado pueda ir más allá de una enorme recopilación de imágenes de calidad. “Era riguroso hasta límites insospechados. Decía una frase: ‘cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa’. Y ahora, cuando Cacho ha hecho su modelo de orden con la digitalización, ha seguido la misma estructura que nuestro padre, su metodología a la hora de la conservación, etc”, describe Mercedes Mazo. Fruto de ese rigor, cada vez que tomaba una fotografía aseguraba la trazabilidad mediante su registro e identificación y conservaba cada rollo con un minucioso sistema de organización. De esta forma, todas esas imágenes contienen algo más que la captura de un instante y es la información del contexto en que fueron hechas. “Por eso creemos que es importante que se sepa que no estamos hablando de una colección, es un archivo. El Archivo Foto Mazo”.
Salvar el archivo
Como primer objetivo, los hermanos Mazo estimaron necesario salvaguardar el archivo, por lo que era necesario digitalizar las aproximadamente doscientas mil fotografías en blanco y negro que incluye. Gracias a la colaboración de la Consejería de Industria, en 2007 pudieron procesar mediante maquinaria especializada una tanda de cincuenta mil. Después, adquiriendo de forma autodidacta los conocimientos técnicos necesarios, Cacho ha ido digitalizando una por una las restantes. “Ha sido muy laborioso, pero, con mis posibilidades, el rendimiento ha sido máximo porque lo he logrado en un año. Viendo los resultados, he conseguido que la captura sea de una fidelidad mayor que las que se hicieron con máquinas industriales”. Su próximo paso será repasar manualmente todo lo que se hizo industrialmente, mientras, debido a su complejidad, queda en suspenso el futuro de las algo más de treinta mil imágenes en color de que disponen. “La degradación de los negativos de color es tremenda y dos fotos en el mismo sitio, la misma luz, con todo igual, tienen un envejecimiento distinto. Ya veremos lo que hacemos”.
Aunque el archivo nunca ha estado totalmente parado, pues han sido muchas las colaboraciones de imágenes que ha atendido desde hace años, es ahora cuando cobra un nuevo impulso. Con las copias de seguridad digitales cubriendo posibles riesgos de pérdida física, toca seguir dando pasos según el método de trabajo establecido. “La primera parte ya está y ahora sigue la estrategia de dinamización. Queremos darle un soporte legal, que nos gustaría hacerlo por medio de una asociación, y también conseguir que tenga un reconocimiento cultural”, resume Cacho Mazo. En pleno proceso de divulgación, Mercedes recalca la importancia que puede tener, no solo para el disfrute de quienes se acercan a las presentaciones que están realizando, sino también en las posibilidades de investigar sobre todo aquello que durante cuarenta años fotografió su padre: “Desde 2007 estamos en contacto con la Universidad de Cantabria para lo que quiera. Ahora se le ha dicho a la nueva rectora que el archivo está ahí para quien quiera disponer de él”.

Una visitante contempla las fotos de la muestra organizada por la Fundación Bruno Alonso en noviembre. Foto: Nacho Cubero.
Mercedes Mazo advierte sobre el alcance limitado que tienen las exposiciones: “¿Quién decide qué fotos se seleccionan y por qué esas y no otras?”. Reconoce que hay técnicos en la materia con esa capacidad, pero remite a los más de seiscientos mil impactos en la web ‘El Tomavistas’ de una que ella misma les envió y que probablemente no hubiera pasado el filtro experto. “¿Por qué ese impacto? Porque se ve la [sala de fiestas] ‘Belle Epoque’ y hay un recuerdo entre quienes vivieron aquella época que es lo que lo genera”. La conclusión es que debe tenerse en cuenta también ese componente emocional, algo que incide aún más en la necesidad de una apertura pública del archivo, que por ahora plantea algunas dudas legales. Si bien tienen los derechos sobre la obra del padre, su hija confirma que están consultando qué es exactamente lo que pueden publicar: “Es decir, esa foto que está pedida como un trabajo, de una familia en la calle o de una boda en un salón, ¿es pública o es privada?”.
La implementación de una herramienta en línea que permita al gran público acceder al archivo aún parece algo lejana, lo cual no preocupa a Cacho Mazo, que ahora contempla otras prioridades: “De momento, nos damos por satisfechos con esta faceta de dinamizarlo y en el futuro ya veremos”. Es consciente de las dificultades con las que suelen encontrarse grandes instituciones en casos análogos y esto reafirma la sensación de que su trabajo para visibilizarlo circula por el camino correcto. “En nuestro foro interno, Mercedes y yo podemos pensar que nos mueve una pasión de hijos, pero vemos que los apoyos se multiplican en cuanto hacemos lo más mínimo”. Aunque no le gusta tener que estar pidiendo ayuda, porque considera que están haciendo lo que les gusta y tampoco quieren perder su independencia, sabe de las exigencias económicas del proyecto y lanza la idea de acompañarles con su mecenazgo a entidades que quieran sumarse: “Entendemos que es un bien de un impacto social brutal y creemos que a las empresas les interesará aprovechar esa proyección”.
En un año creen que podrán dar por concluida la digitalización y completar la salvaguarda digital, también están pendientes de decidir el futuro del archivo físico, compuesto por un material bastante vulnerable al deterioro. “Se trata, sobre todo, de dónde protegerlo, no puede estar en cualquier lado. Ya tenemos una oferta y veremos si hay otras”, revela Mercedes Mazo. Como perspectiva de futuro, su hermano Cacho sostiene que, dado su impacto y repercusión, el Archivo Foto Mazo debería estar presente en recursos culturales, tanto en Santander y Cantabria como a nivel nacional. También sugiere que, mediante instrumentos como la inteligencia artificial y, en general, las nuevas tecnologías, se abren grandes oportunidades para que el archivo digital pueda proyectarse a las nuevas generaciones: “Queremos ser referentes con la dinamización que estamos haciendo. Estamos preparados para los retos que vengan y por eso es perfecta esa foto que hemos seleccionado como imagen ‘corporativa’ en la que nuestro padre está subido a una escalera mirando el horizonte”.
























