Bodegas Roldán se mantiene hoy como la última representante de la veintena de destilerías que llegaron a funcionar en Cantabria en las primeras décadas del siglo XX

Texto de Jose R. Esquiaga @josesquiaga . Publicado en mayo de 2000

El orujo es hoy el licor de Cantabria, pero también lo fueron en otros tiempos el anís o el coñac, bebidas embotelladas con castizas marcas que tenían su origen en destilerías ubicadas en las principales localidades de la región. Con una producción muy inferior a la de antaño, Bodegas Roldán lleva a gala hoy en día su condición de último representante de una actividad que, en su tiempo, ocupó a más de veinte fabricantes. El culto a las marcas y la ola globalizadora se llevó por delante a esas empresas y a punto estuvo de hacer lo propio con la de los Roldán, que supo reconvertirse sin abandonar del todo su vocación fabricante. Fundada en 1894 por don Andrés Roldán Tébar, un albaceteño que llegó a Cantabria sobrado de ideas e ilusiones, la empresa buscó una primera ubicación para sus alambiques en la primitiva calle del Martillo, para pasar años después a la sede de la calle del Medio que ocupó hasta bien entrados los años ochenta, cuando las bodegas Roldán se trasladaron a La Albericia, un lugar mucho más cómodo para el tránsito del género.

Dos son hoy, como hace cien años, los campos en los que desarrolla su actividad la empresa: la distribución al por mayor de vinos y la fabricación de licor. Si en el primero de los casos el paso del tiempo apenas ha afectado a la lógica del negocio, en el segundo son muy pocas las similitudes y muchos los cambios, tanto en los métodos de fabricación como en las propias características del producto. Los hermanos Andrés y Luis Roldán, nietos del fundador y padres de quienes rigen desde este año los destinos del almacén, recuerdan todavía el gigantesco alambique de cobre en el que se destilaban los licores en la calle del Medio, un utensilio que de no haber acabado en la chatarra formaría parte hoy de la colección de algún museo. “Era de bronce y precioso, pero la fabricación con él era muy trabajosa: se destilaba y se añadían las esencias, aunque por mucho cuidado que pusiéramos nunca conseguíamos que el producto mantuviera las mismas condiciones en cada destilación”. Actualmente la fabricación se efectúa en frío, mezclando alcohol, colorantes y esencias en las proporciones adecuadas, un procedimiento que, pese a carecer del encanto del antiguo, asegura un producto de una calidad más homogénea.

Nada tiene que ver tampoco el licor que fabricaba el fundador a principios de siglo con el que hoy sale de las instalaciones de La Albericia. Abandonadas las marcas propias, Bodegas Canal fabrica hoy anisados a granel, destinados a obradores y a posteriores elaboraciones, un producto que, en cualquier caso, sufre una segunda transformación antes de llegar al consumidor final. En otros tiempos el licor se embotellaba y se identificaba con alguna de las barrocas etiquetas de la empresa: los anises de El Quijote o Doña Francisquita –nombres con los que don Andrés Roldán rendía homenaje a su origen manchego y a su afición por la zarzuela– contaron con una clientela fiel en un mercado que todavía no estaba dominado por las multinacionales.12