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El cada vez menor número de jóvenes que trabajan en el sector primario es una las principales razones del éxodo rural, y también una de sus más evidentes consecuencias. La formación profesional agraria ofrece una de las claves para romper ese círculo vicioso e incorporar savia nueva a una actividad que, aseguran quienes viven de cerca el problema, es deficitaria en trabajadores y cuenta con un gran potencial de desarrollo. Pero la ganadería y la agricultura no logran arrancarse el estigma de otros tiempos y los estudios que se centran en esas materias son los grandes desconocidos del sistema educativo. Poner remedio a lo uno y a lo otro es uno de los retos olvidados en la lucha contra el éxodo rural.

Texto de Sara Sánchez Portilla Fotos de Nacho Cubero @Nachocuberofoto

Según datos del Instituto Cántabro de Estadística (Icane), la región cuenta con más de 6,000 profesionales del sector primario, sin embargo no todos están cualificados, es decir, no han recibido formación profesional para desempeñar las diferentes funciones que realizan. Las estadísticas indican que más de 200 personas, aún estando activas, carecen de estudios superiores relacionados con el sector al que pertenecen. Despertar el interés de los jóvenes en la formación profesional agraria es la clave para parar la sangría del campo, ya que se prevé que en el transcurso de una década se necesitará la incorporación de más de 400 profesionales. A esto se suma el despoblamiento rural que sufre la región, que tiene una pérdida de 2,500 habitantes por año según datos del mismo Icane. Si no hay ganaderos y agricultores en los pueblos, apuntan quienes viven el problema más de cerca, “no habrá más, porque aquí empieza la historia del medio rural”. Cantabria es una región con gran riqueza de campos, siendo estos el lugar de trabajo de las labores agrarias, es “vital” que sean explotados, ya que ofrecen un “futuro prometedor” que puede acabar con la amenaza que supone que no se incorporen activos y el despoblamiento.

Alumnos del Centro Integrado de Formación Profesional la Granja de Heras, siguiendo una clase de practica.

El sindicato UGAM-COAG y el Centro Integrado de Formación Profesional la Granja de Heras llevaron a cabo el pasado mes de mayor unas jornadas para concienciar e incentivar a los jóvenes a que se interesen e incorporen al sector mediante la formación profesional. “Sin jóvenes no hay futuro”, recalcó durante ese encuentro el secretario general de COAG, Miguel Blanco, quien además indicó que solo se están incorporando un tercio de los agricultores y ganaderos que se necesitan, algo que consideró “lamentable” teniendo en cuenta que solamente el 9% de los perceptores de la PAC tienen menos de 40 años, y que el 40% de dichos perceptores ya están jubilados. Aquellos que pueden hacer que el medio rural vuelva a estar en auge, explicó, son los estudiantes que han cursado la formación para ejercer en el sector primario, los que la están cursando y los que la cursarán. Los que han acabado y están acabando sus estudios son la esperanza del sector, pero el verdadero reto que apuntaron los participantes en el encuentro celebrado en Heras está en los que aún no han decidido a dónde orientar su formación, y que en ocasiones ni tan siquiera saben que existe esa oferta educativa.

Una vez acabada la Educación Secundaria Obligatoria o el Bachiller, los alumnos se plantean qué camino seguir, hacia donde dirigir su futuro profesional. Aquí entran en juego los orientadores de los centros educativos, la oferta educativa del momento y la información que puedan encontrar en internet y lo que no se menciona o publicita no existe. Esto es lo que ocurre con la publicidad educativa que se le da al sector primario, según Gaspar Anabitarte, secretario general de la organización agraria UGAM-COAG, que critica a un sistema educativo que durante muchos años “ha ignorado“ el sector agrario o “directamente lo ha despreciado”. ¿Cómo afecta la desinformación a aquellos que se plantean hacia dónde dirigir sus estudios?, ¿y si futuros agricultores y ganaderos han decidido cambiar el camino de sus estudios debido a dicha desinformación?

“Hay que procurar que los hijos de ganaderos sean los que se queden porque en principio, son los que tienen mejores condiciones, pero también hay que intentar que los hijos de los arquitectos o albañiles, por ejemplo, quieran hacerse ganaderos o agricultores. Desgraciadamente eso no ocurre, y no porque no haya vocaciones, sino porque el sistema educativo no lo incentiva”, explica. Para él, hay futuros activos con potencial, bien porque su familia se dedique a las labores del campo o bien porque son estudios necesarios para la vida, para alimentar a la población y además Cantabria con las condiciones naturales para hacerlo.

Según datos proporcionados por Anabitarte, la ganadería en España ha crecido: “Hace poco éramos deficitarios de un 10% y ahora lo somos de un 13%, esto precisamente no son señales de que el sector esté en declive”, recalca. Si la población está en un continuo crecimiento también tiene que haber un aumento del consumo de alimentos, por lo que el problema no está en que no haya consumidores sino que no hay quien elabore el producto. El secretario general de UGAM calcula que a lo largo de los próximos diez años serán necesarias más de 400 incorporaciones al sector en Cantabria, por lo que para ello es necesario que se pongan en marcha diversas medidas: “La Consejería de Educación y también la de Ganadería tienen llegar a un acuerdo para  generar un mecanismo, una estructura, que dé paso a los chicos para que en cuanto acaben sus estudios tengan la oportunidad de tener un futuro en esta profesión”.

Actualmente hay 307 alumnos en el Centro Integrado de Formación Profesional la Granja de Heras, repartidos en 7 titulaciones diferentes que tienen el factor común de pertenecer a la familia agraria. Pueden elegir entre formación básica, ciclos medios y ciclos superiores que son todas las ramas educativas que tiene el centro. Cabe destacar que los estudiantes tienen la opción de una educación presencial o a distancia, aunque no todas las titulaciones ofrezcan esta última opción. El director del centro, Sergio Silva, explica la situación de La Granja: “Estamos en continuo crecimiento, en crecimiento progresivo, hemos pasado en cinco años de tener tan solo 250 alumnos a llegar a los 300, esto ha implicado que la plantilla de profesorado se haya doblado con 40 profesores habiendo empezado con 20. No obstante, esto no quiere decir que haya aumentado masivamente el número de alumnos, que sí, sino que también hemos aumentado las titulaciones, de manera que cada vez hay más alumnos que vienen a estudiar formación profesional por la variedad de opciones”.

Sergio Silva , director del Centro integrado de Formación Profesional la Granja de Heras.

Dicha variedad fomenta el interés del futuro alumnado: cuantas más opciones, más estudiantes pueden matricularse en los ciclos. La Granja de Heras ha ampliado este año su oferta educativa implantando una nueva modalidad, el ciclo formativo de Actividades Ecuestres, siendo pioneros en tenerlo y el único centro en España donde puede cursarse. ”Tenemos bastante demanda para el nuevo ciclo, ofertamos 20 plazas para las que se han presentado más de 100 solicitudes”, recalca.

Hay que tener en cuenta también quiénes deciden continuar sus estudios, empezar a trabajar o dedicarse a otros menesteres. “Podríamos decir que mas o menos el 50% de los que titulan siguen en el sector trabajando, un 30% sigue estudiando y el resto ni estudia ni trabaja, o bien van al paro o dejan el sector”. Aproximadamente solo 60 estudiantes de esos 307 abandonan sus estudios o no quieren dedicarse a lo que han estudiado, por lo que casi 250 de ellos serían las nuevas y posibles incorporaciones al sector. Con todo, para Silva siguen siendo “muy pocos” los alumnos que hay en el centro ya que solo en Cantabria trabajan en el sector primario unas 7,000 personas y, según indica, solo el 3% de los que pertenecen a dicho sector tienen formación reglada, por lo que es necesario formar profesionalmente a quienes vayan a dedicarse a las labores agrarias para mejorar su preparación tanto en conocimientos como en la práctica.

“Que haya un centro como este es una apuesta de futuro, pero es verdad que hay que darle una vuelta de tuerca y un salto de calidad para que en lugar de 300 alumnos dentro de unos años podamos estar hablando de unos 900”. La clave para conseguirlo, señala el director del centro formativo de Heras, no está solo en proporcionar más salidas laborales aumentando los ciclos, sino también en la difusión. “Hay un desconocimiento de que existe formación específica, y cuando me refiero a desconocimiento no es solo de los ciudadanos, sino también de la Administración. Constantemente trabajamos con ayuntamientos que no saben que existen estos estudios, y a veces aun sabiendo que existen no calibran qué tipo de formación es”, por lo que tienen que trabajar en esa “gran labor pedagógica” a nivel local y regional, recalca Sergio Vidal, para acabar con el desconocimiento de estos estudios. Cree que para ello ha de “intensificarse” la labor de los orientadores en los institutos debido a que “no hay un conocimiento en detalle de lo que hay y de lo que supone lo que hay”. También añade la necesidad de “coordinación” entre las consejerías del sector primario y las Consejerías de Educación y de Economía, Hacienda y Empleo. “Si se unen y crean una estrategia conjunta e inteligente se dará un salto de calidad sino, es imposible” , puntualiza.

La comunidad autónoma de Cantabria ha tenido mucha tradición agrícola y ganadera, pero esa tradición se está perdiendo porque la gente se jubila, la población se envejece y la población joven no se dedica a las labores de los que ya se han jubilado. “Es necesario un relevo generacional, si no lo logramos el sector decae. Primero deberíamos aspirar a ese relevo y luego promocionar y difundir”, detalla. Otra de las propuestas clave que propone Vidal es la puesta en marcha de algo parecido a un “plan Renove” en el que se establezcan medidas legales para facilitar que la juventud, una vez acabados sus estudios, coja las el relevo de aquellos que se han jubilado y mantenga vivo el sector. No obstante, esto no servirá si a todo ello no se le da la difusión que requiere, si no se crea una unión por un interés común, el de sacar adelante el sector agropecuario.

La estructura del territorio de Cantabria, con los terrenos más fértiles en disputa por otras ocupaciones, limita enormemente la capacidad de la región para la producción agrícola. La imposibilidad de competir con grandes volúmenes obliga a buscar cultivos que destaquen por su calidad y valor añadido, una labor que ocupa buena parte de la labor del Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA), el organismo dependiente de la Consejería de Medio Rural encargado de testar la viabilidad de producciones que puedan complementar la actividad ganadera. Todos los proyectos que se ponen en marcha, explican sus responsables, buscan ser aplicables cuanto antes.

Texto: J. Carlos Arrondo Fotos: Nacho Cubero

Su tradicional dependencia de la ganadería, especialmente del vacuno de leche, ha hecho que el sector primario cántabro cada vez fuera más frágil y vulnerable. La progresiva crisis ganadera ha dado forma al convencimiento de que es necesario fomentar alternativas para apuntalar y apalancar la economía agraria a través de otras vías. Estas pasan fundamentalmente por la diversificación, empeño en el que la agricultura parece tener un importante papel que jugar. En el proceso de promover iniciativas y poner en marcha innovaciones que impulsen la actividad agrícola, cobra especial importancia la labor del área de hortofruticultura  del Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) –dependiente de  la Dirección General de Ganadería y Desarrollo Rural de la Consejería de Medio Rural, Pesca y Alimentación–  dirigida a buscar las mejores alternativas, adaptadas al medio y con un alto grado de calidad.

El territorio cántabro es pequeño y, en buena medida, montañoso. Los terrenos de fondo de valle, los más fértiles e idóneos para el cultivo, son también los más apreciados para la ampliación de las zonas urbanas, para la instalación de polígonos industriales o para la construcción de infraestructuras y vías de comunicación, por lo que cada vez son más disputados. “Los terrenos óptimos para el sector agrícola son menos del 6% de la superficie de Cantabria y en descenso continuado. Salvo en la zona del sur, llana y con una despoblación importante, donde hay terreno disponible, en el resto de Cantabria las producciones necesariamente tienen que ser pequeñas”, advierte Benito Fernández, jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural del Gobierno de Cantabria. La imposibilidad de competir con grandes volúmenes obliga  a hacerlo con productos que destaquen  por una alta calidad: “Es lo que vamos buscando desde hace años. Ahí están las prospecciones de nuevos productos, nuevas semillas, formas de producción ecológica, etc, que pueden tener un valor añadido en el mercado”.

A diferencia de los centros del CSIC o de las universidades, dedicados a la investigación básica, el CIFA forma parte de la red de centros de investigación agraria aplicada que hay en las comunidades autónomas. Benito Fernández precisa que, por su reducido tamaño y escaso personal, debe focalizar mucho el objeto de sus actividades: “Tenemos que alejarnos de la investigación básica, pero además tenemos que hacerla aplicada a nuestras condiciones, que son muy distintas a las que tienen, por ejemplo, en Andalucía. Todos los proyectos que ponemos en marcha tienen la finalidad de ser aplicables en cuanto se pueda”. Dada la importancia del sector ganadero, una parte significativa de las líneas de investigación del centro está relacionada con la producción de leche y carne de vacuno, pero en torno al año 2000 se produjo un cambio de orientación que ha llevado a que los proyectos en el área hortofrutícola fueran teniendo más presencia. “Uno de los ejes fundamentales del CIFA es la diversificación, encontrar alternativas que puedan reequilibrar la economía agraria en Cantabria”, indica el jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural.

Los primeros proyectos agrícolas acometidos bajo la estrategia de diversificación fueron la vid y el arándano, dos cultivos que, partiendo prácticamente de cero, en pocos años experimentaron un gran crecimiento. En 2001 apenas había 34 hectáreas de viñedos registradas en Cantabria, prácticamente todas en Liébana y dedicadas a la producción de un orujo de poca calidad. “Cuando empezamos con los desarrollos experimentales se anduvo mucho en poco tiempo. En 2012 ya teníamos caracterizadas y tipificadas variedades, dos denominaciones de calidad de Vinos de la Tierra, que luego son Indicación Geográfica Protegida, y doce bodegas, que ahora son unas dieciséis”, recuerda el responsable de Agricultura y Diversidad Rural. Según el Registro de Explotaciones Agrícolas, actualmente hay 166 explotaciones y una superficie cultivada de viñedos de unas 122 hectáreas. Benito Fernández aclara que no sólo ha aumentado la cantidad, sino también su rendimiento y calidad: “Es viñedo en producción. Las variedades han mejorado, se cosecha cuando hay que hacerlo, el vino lo elaboran enólogos y empieza a ganar premios internacionales. La producción sigue siendo pequeña, pero es otro mundo”.

La otra gran iniciativa en diversificación fue investigar las opciones que ofrecía el cultivo del arándano en Cantabria. Las perspectivas eran buenas y llegó a aparecer alguna iniciativa privada que facilitaba el montaje de una explotación ‘llave en mano’, aspectos que favorecieron un ‘boom’ traducido en que, de no haber cultivo de arándanos, se ha pasado a las 155 hectáreas actuales. Benito Fernández lamenta que se introdujeran personas sin los conocimientos necesarios y que ahora, cuando se tienen que enfrentar a pérdidas por plagas y enfermedades o a una evolución del negocio distinta a la esperada, se muestran desencantadas: “Muchas entraron sin ninguna experiencia previa y sin haberse preparado adecuadamente. Ni en el cultivo, ni en la recogida, ni en la comercialización”.

Eva María García Méndez, investigadora responsable del área hortofrutícola, en uno de los inveraderos en los que el Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) trabaja en el desarrollo de cultivos.

Eva María García Méndez, investigadora en el área hortofrutícola, recalca la importancia de tener claro cómo va a comercializarse el producto cuando se hace una inversión de este tipo: “Hay gente que no piensa en dónde lo va a vender. Al menos hay que tener un esbozo para que te salga rentable. La agricultura no es sencilla, lleva muchas horas de trabajo y se tarda en empezar a tener resultados”.

Recuperar cultivos tradicionales

El Centro de Investigación y Formación Agrarias de la Consejería de Medio Rural tiene en marcha diferentes proyectos de investigación  dentro de una iniciativa para la recuperación de cultivos tradicionales. “En realidad son tres trabajos distintos. Primero hay que encontrar variedades interesantes, luego hay que conservarlas y, posteriormente, evaluar su puesta en producción”, matiza Benito Fernández. El objetivo es que puedan competir con unas variedades comerciales que aportan a los agricultores la garantía de un comportamiento homogéneo, resistencia a enfermedades y un rendimiento que les permite un sistema de producción más intensivo. De lo que se trata es de seleccionar y fijar entre las tradicionales aquellas que puedan ser más interesantes para el mercado, ofrezcan mayor calidad e incluso requieran menos aportaciones para su cultivo. Los investigadores pueden llegar a ellas prospectando bancos de germoplasma o la Red de Semillas o, incluso, porque alguien les pone en conocimiento de su existencia o se las hace llegar.

Posteriormente, se encargan de su conservación, tanto de la materia vegetal como de su utilización. “Los agricultores actuales normalmente compran variedades comerciales, y las de toda la vida, el legado de esas semillas y su uso, van desapareciendo con las personas mayores”, apunta Eva María García Méndez. La pregunta a la que se trata de dar respuesta es si estos cultivos tradicionales, una vez recuperados y conservados, son útiles para los agricultores. “Tienen que dar unas características mínimas en rendimiento y, sobre todo, en calidad, con unas características fisicoquímicas y organolépticas adecuadas”, explica la investigadora del CIFA. Pone el ejemplo del tomate, un proyecto iniciado en 2012 con unas veinte variedades procedentes de diferentes zonas de la región: “Estamos buscando que tenga elevado contenido de licopeno. También, desde el punto de vista sensorial que guste, que sepa a tomate”. La cifra inicial se ha reducido a seis y se ha iniciado un proceso de selección: “Tratamos de mejorarlas –sin perder la esencia de los cultivares tradicionales– y que el agricultor pueda disponer de ellas con un valor añadido. Es por lo que Cantabria puede apostar: por la calidad de sus productos, no por la cantidad”.

Detalle de control de uno de los cultivos.

Otro proyecto del CIFA ha permitido multiplicar y caracterizar morfológicamente una amplia cantidad de especies hortícolas tradicionales, focalizando ahora su interés en determinar las posibilidades que tienen la berza y la judía grano. También están trabajando en  la recuperación y conservación de cultivares locales de avellano y nogal, la conservación de una colección de germoplasma de manzana –tanto de mesa como de sidra–  para su caracterización e investigan las plagas y enfermedades emergentes que afectan a la patata. No toda la actividad del área de hortofruticultura se ciñe a las especies tradicionales. Pensando en la sinergia que pudiera haber con otros pequeños frutos, especialmente el arándano, se está analizando qué variedades comerciales de fresa podrían tener un buen rendimiento en Cantabria. Y  en fase más incipiente está un estudio de los cultivos  hortícolas en invierno bajo un sistema de producción ecológica. “Queremos ver las posibilidades que hay tanto en variedades comerciales como tradicionales. Vamos a ver técnicas de cultivo, épocas de siembra, etc, y a trabajar con guisante, acelga o espinaca”, detalla Eva María García Méndez.

Un reto al que se enfrentan los investigadores consiste en conseguir que los cultivos experimentales se desarrollen en unas condiciones reales. Las instalaciones del CIFA se ubican en una finca en Muriedas de algo más de dos hectáreas, incluidas las edificaciones –laboratorio, biblioteca, etc–, por lo que el espacio del área agrícola es pequeño. La consejería dispone de otros terrenos, pero están dedicados fundamentalmente a un uso ganadero y es difícil compatibilizar ambas actividades. La solución ha sido complementar los invernaderos del centro, donde realizan una actividad más intensiva y concentrada, con la colaboración de decenas de fincas privadas por la región. Esto puede tener el inconveniente de que la investigación, al realizarse en un campo ajeno, pueda verse condicionada por las circunstancias particulares del propietario, aunque el jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural afirma que en general han tenido suerte con sus colaboradores y resalta la ventaja que supone tener varias ubicaciones: “Podemos jugar con diversas condiciones climáticas y del suelo y hacer una distribución que nos permita saber cómo se comporta algo en diferentes sitios”.

Transferencia inmediata

Una segunda ventaja que aportan es que dinamizan la transferencia de los resultados de los proyectos de investigación. Habitualmente se realiza mediante publicaciones divulgativas, monografías y publicaciones científico-técnicas o a través de cursos o jornadas. Para Benito Fernández las fincas colaboradoras contribuyen a que la transferencia sea más inmediata y más viva que con los mecanismos normales: “Esos agricultores con los que estamos trabajando están viendo cómo se comportan los cultivos y lo comentan con otros compañeros”. En su opinión, esta relación también es muy positiva para los investigadores: “Hay un ‘feedback’ muy importante. Están en contacto continuo con el sector y conocen lo que necesita y lo que puede ser interesante para el agricultor”. Esto facilita dirigir la actividad del centro hacia proyectos con un alto potencial, algo que para Eva María García Méndez requiere agricultores profesionales: “Que sepan realmente los pros y los contras de meterse en este tipo de cultivos, tanto los existentes como los nuevos que puedan aparecer”.

A pesar de sus posibilidades, en las condiciones actuales el CIFA tiene una capacidad de crecimiento muy limitada. La sección de Investigación y Formación Agrarias es una unidad administrativa perteneciente al servicio de Agricultura y Diversidad Rural, por lo que no tiene personalidad jurídica y está supeditada a un presupuesto anual, que en 2019 es de 217.000 euros. “Somos pequeños y estamos condenados a ser pequeños mientras no cambie el ámbito jurídico en el que nos movemos”, indica su responsable. Subraya que la investigación requiere fondos y hoy en día prácticamente la única forma de conseguirlos es acudir a convocatorias específicas: “Pero para eso tienes que tener personalidad jurídica. Nosotros, como unidad administrativa, estamos atados de pies y manos para captar esos fondos, quedando circunscritos en gran medida a las disponibilidades presupuestarias del Gobierno de  Cantabria, en medio de las prioridades de financiación necesarias que hay por todos los lados, sanidad, educación, etc.”. La situación podría cambiar con la aprobación del proyecto de ley que regula el Instituto para el Desarrollo Rural de Cantabria (IDERCAN), un organismo autónomo, con capacidad para obtener y gestionar recursos, en el que quedaría integrado el CIFA. El nuevo status permitiría al centro contratar más personal, acceder a proyectos de mayor dimensión y, si consigue buenos resultados, introducirse en un círculo virtuoso en el que crecería.

El futuro del CIFA tampoco debe desligarse del de una agricultura emergente en Cantabria. En el balance de fortalezas y debilidades, Benito Fernández destaca que para  la consolidación y la evolución del sector es una ventaja que las personas que entran en él normalmente son jóvenes y con unas características sociales diversas: “Esto revitaliza mucho el campo porque vienen con otras ideas”. Sin embargo, alerta de dos grandes inconvenientes. Uno  es de tipo social: “En Cantabria hay un gran fallo asociativo. Frente a los problemas del mercado, mientras no tengamos buenas estructuras de comercialización, sobre todo con el exterior, los agricultores tienen que asociarse y no lo hacen. Es un gran hándicap”. El otro es que, a pesar de contar con muy buenas condiciones climáticas y de suelos, el espacio para producir es reducido: “Hay que aprovecharlo muy bien y defenderlo. No podemos tener mucha cantidad, pero podemos tener productos de alta calidad y un sector agrícola potente”.

Montar una pequeña industria transformadora es ya un recurso relativamente habitual como fórmula para buscar rentabilidad en las explotaciones agrícolas o ganaderas. La última tendencia apunta a ir un paso más allá y entrar en el sector turístico ofreciendo servicios de alojamiento, combinando todo en una oferta conjunta en la que muchas veces es difícil identificar cuál es la actividad principal de la empresa.

Texto de Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga

El enoturismo abrió el camino. Los protagonistas de ‘Entre copas’, una película que tuvo un éxito notable en el año 2004, recorrían las bodegas de California, visitando los viñedos y catando los caldos ‘in situ’, en las tiendas y espacios habilitados para ello por los bodegueros. Por entonces ya era normal que las grandes bodegas españolas se hubieran trasladado a modernos edificios, firmados por arquitectos de renombre y concebidos como un reclamo para los visitantes. A la tradicional combinación de explotación agrícula e industrial que es cualquier bodega, se le añadía el componente turístico, en un proceso que ha ido extendiéndose a otros sectores y a empresas de todos los tamaños.

A una escala que es mucho menor, con independencia del criterio que se utilice para la comparación, la unión de una explotación ganadera con una pequeña industria transformadora –que utilizase la producción propia como materia prima– ha venido siendo un recurso de uso más o menos habitual en la búsqueda de rentabilidad para las granjas cántabras. Lo que no era tan común, y empieza a serlo, es que a lo anterior se añadiera una oferta de servicios, en forma de tienda o negocio hostelero, colocando a las empresas que optan por esta fórmula a caballo entre los tres sectores de la economía: el primario, el transformador y el terciario. Lo curioso es que, muchas veces, la forma en que se combina esa oferta hace difícil identificar cuál es la actividad principal de las empresas.

Vidular: enoturismo cántabro

Mikel Durán, en uno de los viñedos de Bodegas Vidular.

Probablemente no sería este el caso de Bodegas Vidular, que es atípico también por asentar en la agricultura, y no en la ganadería, su vertiente primaria. El proyecto de la familia Durán nació en 1999 con el objetivo de producir vino, y hoy sigue estando ahí el corazón de la empresa, por más que a los viñedos y la bodega se haya añadido un alojamiento rural y un centro de turismo enológico. “Lo que hemos buscado es diversificar, pero siempre en torno al vino. ¿Tendría sentido el alojamiento rural sin los viñedos y la bodega? Probablemente sí, pero todo sería más complicado, no solo la parte hostelera. El conjunto de las tres cosas es lo que nos permite diferenciarnos. El enoturismo está de moda y esta es una forma de aprovecharlo”, explica Mikel Durán. A diferencia de lo que puede suceder en otros ámbitos, aquí la clave no es tanto la generación de sinergias como la forma en que las diferentes ofertas interactúan. Quien se aloja en un establecimiento rural lo hace precisamente buscando la experiencia que puede ofrecerle el viñedo, o conocer la forma en que se elabora el vino. De igual modo, el turista que se ha alojado en Vidular es un buen cliente para los vinos que allí se elaboran, y puede ser también un excelente embajador para promocionarlos cuando vuelva a su lugar de origen.

Villa Sofía y la sidra

El esquema se repite con mínimas variaciones en los otros ejemplos que traemos a estas páginas, aunque no siempre el origen del proyecto está en la explotación agraria o ganadera. Los hermanos Concepción y Julián Pérez Villoslada abrieron el pasado año los Apartamentos Villa Sofía, en Oyambre, y están dando los primeros pasos para comenzar a elaborar sidra a partir de

Concepción y Julián Pérez Villoslada, en la puerta de Apartamentos Villa Sofía.

las manzanas que recogerán de los 1.400 árboles que han plantado en la finca: “Nuestra idea original es la hostelería, los manzanos y la sidra son una forma de dar utilidad al suelo y también un atractivo que añadir a los que ofrecemos a nuestros visitantes”, admite Julián. Que se le conceda esa condición complementaria, no significa que el proyecto de la sidrería es secundario, o que sea fruto de la improvisación. “Contábamos con 4 hectáreas y valoramos distintas opciones: el albariño, los arándanos… Por unas u otras razones, descartamos ambos y optamos por los manzanos”.

Las previsiones que manejan contemplan alcanzar una producción de entre 34.000 y 35.000 kilos de manzanas cuando los árboles alcancen su máximo rendimiento, lo que no sucedera antes de dos o tres años. Esa cantidad de kilos se traducirá en un número de botellas prácticamente equivalente: “Con eso será suficiente. Habrá que ir invirtiendo en automatización a medida que nos vayamos acercando a esa cifra, pero por el momento no es necesario”. Julián y Concepción han producido ya las primeras botellas de sidra, a partir de manzanas adquiridas en Asturias, en un primer ensayo del proyecto. Su idea es vender la mayor parte de la producción en su propio establecimiento, como una forma de complementar lo que se ofrece a los clientes de los apartamentos, que también podrán conocer de primera mano cómo es todo el proceso de elaboración.

Casa Milagros: contra la crisis ganadera

Simón Gutiérrez Roiz y Milagros Díaz, de la Quesería Casa Milagros.

El caso de Simón Gutiérrez Roiz es el habitual en muchos explotaciones lecheras de Cantabria: “Nosotros somos ganaderos, eso fue lo primero. Pero no se puede vivir de ello, así que pasamos a ofrecer alojamiento y después, desde 2013, comenzamos a elaborar nuestros propios quesos. Todo esto lo haces para sobrevivir”. La granja de Simón, en Santillana del Mar, explota 60 cabezas de ganado y vende 140.000 litros de leche al año a la industria. Su quesería transforma ya 35.000 litros, y la intención es seguir incrementando la producción de queso. El hospedaje Casa Milagros, el tercer pilar del negocio, ofrece siete habitaciones.

“Lo que sucede con la ganadería ya lo conocemos, te pagan lo mismo que hace veinte años, y puedes producir y que no te lo recojan. Con la hostelería el problema es la estacionalidad. Llenamos en julio y agosto, pero es resto del año es difícil”. De lo que no tiene dudas el ganadero de Santillana es de dónde está el principal atractivo de su establecimiento: “El turista quiere conocer la explotación ganadera, ver la quesería y desayunar la leche recién ordeñada”. El trato diario con los clientes del hospedaje también le lleva a cuestionar la forma en que en Cantabria se valora el producto local: “Los de fuera aprecian mucho más lo que se hace aquí, de lo que lo hacemos los propios cántabros”.

La quesería Casa Milagros distribuye sus quesos directamente, bien vendiéndolos en su propio establecimiento o llevándolos con sus furgonetas a tiendas de la zona. Aunque su objetivo es dejar de depender de la gran industria, eso no pasa por un incremento descontrolado de la producción de la quesería: “No queremos perder la pequeña escala. El queso nos permite aumentar el valor de la leche que producimos, y lo ideal sería que eso a su vez nos vaya permitiendo producir menos leche. Volver a la ganadería que se ha hecho siempre, que los animales produzcan menos y vivan más… Esa es nuestra idea”.

Gracias a un modelo de negocio similar al de una cooperativa, Campoberry ha logrado convertirse en el principal productor de arándano ecológico de España y en una de las referencias del sector en Europa. Con 24 hectáreas de plantaciones repartidas por todo el norte del país, la firma dará salida a unos 50.000 kilos de la cotizada baya a lo largo de este año, casi un 300% más que en 2013.

Texto de Jesús García-Bermejo Hidalgo @chusgbh Fotos de Nacho Cubero
Publicado en julio de 2014

El arándano es una baya perteneciente a la familia de las ericáceas que posee vitaminas A, B3, B5, C, E, calcio, magnesio, hierro, fósforo, potasio, selenio, sodio, yodo… De hecho, destaca por sus cualidades hipocalóricas, antioxidantes, nutritivas y medicinales, siendo parte importante de numerosos antibióticos y de medicamentos para combatir cuadros diarreicos o patologías de la visión. Sin embargo, y a pesar de todas sus propiedades, esta fruta del bosque apenas es consumida en España, mientras que en Suiza, Francia, Austria, Reino Unido, Holanda o Alemania su demanda no para de crecer. Esto hace que en nuestro país no abunden las firmas dedicadas a su cultivo, aunque desde 2008 Cantabria cuenta con una compañía especializada en la producción de arándano ecológico, Campoberry, sociedad que, gracias a un modelo de negocio similar al de una cooperativa, ha logrado cultivar más de 60 hectáreas de la cotizada baya por todo el norte del país y que este año dará salida a unos 50.000 kilogramos de la misma.

Promoviendo el asociacionismo

La empresa se compone de cuatro socios, aunque son Juan Rueda y Eduardo López los encargados del funcionamiento diario y de la gestión de la firma. En cualquier caso, resulta especialmente llamativo que ninguno de ellos tuviese experiencia en el campo agrícola o fuese conocedor de las particularidades y cuidados necesarios para el cultivo del arándano antes de apostar por un proyecto tan complejo y particular. Y es que, según reconoce uno de los fundadores, fue el enorme nicho de mercado existente lo que les animó a dar el paso. “Nos percatamos que en España no había nadie que estuviese produciendo arándano ecológico, dado que en Huelva, que es donde se concentran casi la totalidad de firmas dedicadas a ello con más de 1.000 hectáreas cultivadas, solo se oferta la variedad convencional –asegura Juan Rueda–. Con un producto mucho más natural y con la demanda que existe del mismo en toda Europa entendíamos que, si lográbamos controlar el proceso para obtener las máximas calidades, no tendríamos problemas para hacernos con una buena posición en el mercado, como así ha sido”.

Juan Rueda y Eduardo López, promotores de Campoberry

Así, tras dos años en los que su labor se centró en la preparación de los terrenos con los que cuentan en Güemes y en su cuidado para el posterior cultivo, puesto que las plantaciones de arándanos tardan unos dos años en dar frutos y hasta la sexta temporada no alcanzan su máximo de producción, en 2011 Campoberry inició la comercialización de su propio arándano ecológico. Hoy, cuatro años después, suman más 24 hectáreas dedicadas a esta baya de sabor agridulce, aunque solo 10 de ellas son de su propiedad, puesto que la firma, y he aquí una de sus principales rasgos diferenciadores, dispone de una amplia red de asociados repartidos por todo el norte de España, incluyendo Cantabria, País Vasco, Asturias y Galicia.
Y es que, la compañía ha desarrollado un programa tipo llave en mano por el que, a un importe que ronda los 32.000 euros la hectárea –a razón de 4.140 plantas–, ofrece a terceros la posibilidad de transformar sus fincas y adaptarlas para el cultivo de arándano ecológico, una labor en la que se incluye la delimitación de la parcela, la preparación del terreno, el sistema de riego, la instalación de los caballones… “El cliente no tiene que preocuparse por nada, puesto que dejamos todo listo para la explotación en sí. Además, es importante destacar que existen ayudas del Gobierno regional para este tipo de proyectos que rondan los 24.000 euros por hectárea, por lo que, a cambio de una inversión mínima se puede tener acceso a un mercado enorme”, apunta Eduardo López.

A partir de ahí, es el propio usuario el que debe decidir si finaliza en ese momento la relación comercial con Campoberry o si desea integrarse en su nómina de socios. En este último caso, el particular solo tendría que seguir las indicaciones de los técnicos de la firma para el cuidado de la plantación, puesto que es la propia compañía la que se ocupa de la compra en conjunto de todos lo necesario, como semillas, abonos o envases, para así obtener mejores condiciones de los proveedores. Del mismo modo, será Campoberry quien se encargue de agrupar y organizar la producción de todos los asociados para su salida al mercado, lo que facilita la comercialización a precios mucho más competitivos. “No somos simples intermediarios, puesto que no compramos los arándanos a estos particulares para luego venderlos a un importe superior. En este esquema cada asociado obtiene lo que le correspondería según el número de kilos aportados, cuantía a la que hay que restarle un 6% que Campoberry percibe por las gestiones comerciales –afirma Juan Rueda–. Al margen de esto, solo se cobra al colaborador por aquellos trabajos que él mismo no esté dispuesto a realizar, ya sea la recolección manual del producto, su envasado o el mantenimiento y cuidado de la instalación”.

Con este modelo de negocio la empresa gestionada por Juan Rueda y Eduardo López logró producir unos 16.000 kilogramos de arándano ecológico en 2013, cifra que en esta temporada se elevará hasta los 50.000 kilos una vez finalizada la recolección, la cual tiene lugar de junio a septiembre. De esa cuantía, cerca del 96% se comercializará en el mercado europeo, con especial protagonismo de países como Alemania, Suiza, Austria, Francia y Reino Unido, frente al escaso 4% destinado a nuestro país, fundamentalmente a zonas frecuentadas por turistas extranjeros. De hecho, según aseguran los socios y fundadores de la firma cántabra, a día de hoy ya han logrado conformar una cartera de 22 clientes fijos, empresas entre las que se encuentran varias de Huelva, las cuales se nutren del arándano de Campoberry una vez se agota su producto.

Además, para completar su oferta, la sociedad con sede en Güemes dispone de tres hectáreas en Meruelo en las que cultivan unos 10.000 kilos de fresas, así como 2.000 de mora y frambuesa; 14.000 kilos anuales que se distribuyen entre comercios, intermediarios y grandes superficies de Cantabria, áreas de negocio no abiertas a asociados. En cualquier caso, no hay duda del papel protagonista que desempeña el arándano en el proyecto de Campoberry, no en vano su precio en el mercado mayorista ronda los 8,25 euros el kilo, importe que para el cliente final puede elevarse hasta los 25 euros.

Crecimiento exponencial

No son pocas las dificultades a las que estos emprendedores han tenido que enfrentarse para que la compañía agrícola cántabra haya llegado a convertirse en uno de los principales productores europeos de arándano ecológico.
Por un lado, las particularidades del producto en sí requieren una coordinación máxima en los tiempos y un trabajo exhaustivo en cada una de las etapas. Así, durante el año las fincas han de atenderse y cuidarse y deben de realizarse labores de siega, podado, abonado y riego. Sin embargo, la fase más compleja es la de recolección, la cual ha de realizarse manualmente y con gran pulcritud, puesto que el arándano solo puede recogerse cuando el fruto está maduro, único momento en el que es apto para su consumo. “A lo largo del año, Juan, dos técnicos y yo realizamos todo el trabajo, aunque para la recolección solemos incorporar a unas 40 personas, a las que hay que sumar a 6 ó 7 más que se encargan de la inspección y selección de los arándanos para su posterior envasado –cuenta Eduardo López–. De esta forma, las bayas que no cuentan con el aspecto y las condiciones necesarias para ser consumidas en fresco, se destinan a la elaboración de zumos y mermeladas ecológicas”.

A continuación, llega el momento del almacenado y transporte del producto, para lo que, según cuentan ambos emprendedores, es fundamental un refrigerado prácticamente inmediato. De hecho, si se respeta la cadena de frío, este fruto del bosque puede aguantar hasta 21 días en perfecto estado, motivo por el que la firma cántabra se vio obligada a adquirir una cámara frigorífica y por el que la logística ha de realizarse con camiones equipados adecuadamente.
Pero, más allá del dominio de todo el proceso productivo, la otra gran dificultad para Campoberry ha radicado en la obtención de los permisos necesarios para la comercialización de su arándano ecológico en los distintos puntos de Europa a los que se dirige. De esta forma, y gracias al asesoramiento y gestiones de las firmas Bureau Veritas y CAT SL, la compañía cántabra cuenta con el certificado europeo Global GAP, el de productor ecológico, el sello de Calidad Controlada (CC) emitido por el Gobierno de Cantabria, amén de otros específicos de distintos países, como el Grasp o el Bio Suisse, exigidos en uno de los principales destinos comerciales de la firma, Suiza.

Hasta la fecha, los cuatro socios que encabezan este proyecto han tenido que asumir una inversión superior a los 500.000 euros, una cifra que puede parecer elevada para un proyecto agrícola, pero no por ello difícil de rentabilizar. De hecho, según asegura Juan Rueda, desde 2011, primer año en el que estos emprendedores pudieron recoger el arándano, Campoberry ha ido incrementando su producción y facturaciones en una media del 100% anual. “Inicialmente, las explotaciones rinden a unos 1.000 kilos por hectárea, y eso va aumentando casi exponencialmente cada temporada hasta el sexto año, momento en el que se alcanza el máximo de producción. Teniendo en cuenta la amplísima demanda de arándano ecológico que existe en toda Europa, las características del clima de Cantabria, idóneas para el cultivo de este tipo de baya, y que poseemos muchas instalaciones que están aún por el segundo, tercer o cuarto año desde que se pusieron en marcha, desconocemos dónde puede estar nuestro techo. Es más, casi preferimos no fijarnos una meta, porque cuando comenzamos el proyecto ya lo hicimos y nos quedamos excesivamente cortos. Y todo sin olvidar que cada ejercicio logramos incorporar a nuevos asociados, factores más que sobrados como para encarar el futuro con optimismo”.