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El Mercado de La Esperanza cumplió hace dos años su primer siglo de vida. Largo tiempo en el que ha sabido aunar la tradición del tendero de confianza con la necesidad de adaptarse a los cambios sociales y formas de venta

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en septiembre 2006

Antes la bolsa de la compra se llenaba a paseos. Un recorrido por entre los puestos del pescado, buscando el lomo más azul de la lubina, el bonito que tuviera la sangre más fresca, la merluza que admitiera ser comprada por menos de lo que en realidad costaba. Después a la carne, preguntando aquí y allá, a unos y a otros, en el puesto de quién aguardaba el solomillo más tierno y sabroso y el cordero al que todavía le sobraban las asadurillas. Los quesos más rudos, la leche de vaca de pasto, la verdura recién traída de una huerta sin conservantes ni colorantes. Hubo un tiempo en el que la compra se hacía a golpe de confianza.Llamándose por el nombre, fiando cien gramos de algo que llevarse a la boca. Pero el tiempo pasa.

Tanto que desde aquel 10 de abril ya se han gastado más de cien años. Fue en 1904 cuando las calles de Isabel II y La Esperanza vivieron un par de días de fiestas, luz y cohetes. “Se encuentran adornadas con multitud de banderolas, gallardetes y focos eléctricos, estando también engalanados con colgaduras la mayoría de los balcones de las casas”. Así rezaba la nota de prensa aparecida en El Cantábrico con motivo de su inauguración. Porque hace años se celebraban las cosas con la ilusión de que todo era nuevo. Y más aún un mercado que conseguía aunar en sus esquinas lo mejor de la huerta, el mar y la granja.

El Mercado de La Esperanza abrió sus puertas tras finalizar la obra suscrita por los arquitectos Eduardo y Juan Moya, que contó con un presupuesto de 464.532,42 pesetas. Un edificio que se levantó sobre los solares del antiguo monasterio de San Francisco. En aquel entonces, Leonardo Corcho y Carlos Rochelt hicieron propias las subastas en las que se concursaban las obras tanto del palacio municipal como del mercado, respectivamente. Pero finalmente, Rochelt decidió ceder sus derechos a Corcho, sobre quien recayó la responsabilidad de ambos proyectos.

Cuentan las crónicas del momento que las obras no fueron del todo tranquilas. Los obreros se amotinaron en un par de ocasiones, llevando su protesta a la huelga. En su defensa, aludían a que el capataz podría incluso haberles maltratado. Sin saber nunca si aquello llegó a ser cierto, la realidad se escribe con dos semanas de paro y varios titubeos y ademanes de nuevas huelgas.
Pero frente a las discrepancias y los infortunios, el mercado terminó abriendo sus puertas de hierro, para dar paso, después de los días de jolgorio y fiesta, a las compras del día a día. Aldeanas –mujeres que vendían las verduras y hortalizas que ellas mismas habían cultivado– y renoveras –que compraban material a las aldeanas para luego revenderlo– se entremezclaban con los propietarios de los puestos fijos. En un principio, a excepción de quienes contaban con una concesión para su punto de venta –los puestos adosados a la pared–, el resto se cogían diariamente, por el tradicional sistema de llegar antes que nadie. Así, las bancadas de madera situadas en el centro, estaban ocupadas por madrugadores vendedores que, horas después, habrían de pagar las papeletas de ocupación de día. No obstante, el respeto a la antigüedad se hacía latente en tanto unos y otros ocupaban la misma plaza cada día.

Con la venta de hortalizas aprobada el 2 de noviembre de 2004, el mercado comienza sus primeros años de gran actividad. Son las décadas doradas. Años en los que no existía otra forma de comprar, al menos en la ciudad, que no fuera previo paso por alguno de los mercados. Del Este, Atarazanas… O tal vez en los colmados. Pero al fin y al cabo, reunir entre cuatro paredes todas y cada una de las necesidades del día a día, trae consigo a cientos de caras distintas en cada jornada de trabajo.

La historia del mercado corre entre la monotonía de algunos cambios de negocio, más y más gente confiando en sus tenderos de toda la vida, algún que otro lavado de cara y un cada vez mayor respeto por el género dispuesto. Pasa tan rápida la vida en la plaza de La Esperanza, que la guerra no se deja notar más que lo lógico. Clientes que dejan de ir, una ciudad más pobre de lo que gustaría a cualquier comerciante, pero las puertas se siguen abriendo cada mañana.
¿El mercado es inmortal? No, y el 15 de febrero de 1941, tras las fuertes rachas de sur que asolaron la ciudad durante dos días, se dejó matar en parte. El incendio de Santander se llevó consigo los cuartos de todo aquel que hubiera visto en el centro el lugar ideal para apuntalar su negocio. Afortunadamente, el fuego no llegó a traspasar las puertas de hierro del colmado de colmados. Pero aquel sur que corría a 200 kilómetros por hora resquebrajó su techo de cristal y los desperfectos se notaron durante meses. Sin embargo, ninguno de los tenderos tuvo que echar mano de los barracones que el régimen instaló en las calles cercanas.

Ya repuesto del mayor susto con el que tuvo que lidiar en ésta su historia, recorre una posguerra que fue dura para la gran mayoría. Pasan los años, las décadas y llegada la transición, las gentes comienzan a conocer conceptos antes lejanos y difusos, tales como asociacionimos y lucha conjunta. De esta manera, uno de los mayores pasos al frente por los comerciantes del Mercado de La Esperanza es dar vida a una asociación que defienda sus intereses como conjunto.

El porqué de su nacimiento no es casual. En el mes de julio de 1980, apareció en el tablón de anuncios del mercado un anuncio en el que se solicitaba a los comerciantes el pago de la reforma acometida por el Ayuntamiento. ¿El precio? 250.000 pesetas por metro cuadrado para los de la planta superior y 125.000 pesetas para los de pescadería. Antonio Pérez Martínez, Julio Aguirre Toyos, Manuel Pérez Cavanillas y Pedro L. Canser comienzan a trabajar para que las quejas de todos se conviertan en una sola, y combatir así contra lo que ellos consideraban una injusticia. Pocos días después, se van uniendo más y más tenderos, hasta que pasado un mes, más en concreto el 20 de agosto, queda establecida la Asociación de Comerciantes del Mercado de La Esperanza, cuyo primer logro fue lograr que los que llevaban años sin más derechos que el mero respeto de sus compañeros, pasaran a ser concesionarios de su comercio durante 50 años iniciales, pudiéndose prorrogar el contrato durante 25 años más. Hasta entonces, tan sólo tenían derecho a tal situación quienes regentaran un puesto adosado a la pared o los que hicieran esquina original. Amén de conseguir enmendar el despropósito que originó las negociaciones –el pago de la reforma– con una decisión que contentó a todos: pagar sí, pero no todo y con facilidades. Tal es la necesidad de cantar victoria que la entrega de los contratos se llevó a cabo durante el transcurso de una cena de hermandad. Entre los 400 invitados, estaba el alcalde en aquellos años, Juan Hormaechea.

Y así llega la historia hasta el siglo XXI. Una época que afrontará cambiando su imagen, ya que el Consistorio santanderino ha publicado una futura reforma que situará al Mercado de La Esperanza en la vanguardia. Para que siga adaptándose, sin apenas meter ruido –al menos de puertas afuera–, al tiempo que pasa frente a los mostradores.

A pesar de que el paso del tiempo haya puesto su permanencia en vilo, Mutua Montañesa ha logrado mantenerse como una de las entidades de referencia de su sector. Crisis y años de bonanza se han sucedido hasta completar una historia que el pasado 2005 cumplió su primer siglo de vida.

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en mayo 2007

En una historia que dura ya más de cien años, resulta lógico que transcurran los nombres, las personas, los lugares, los problemas, los acontecimientos… Si en la historia, además, uno se encuentra convalecencias con final feliz, curas asistidas o, incluso, vidas salvadas, haber cumplido más de un siglo traspasa lo anecdótico para convertirse en algo que todos necesitábamos y que así ha sido. Mutua Montañesa nació en 1905. Hace un par de años, toda la región sopló su tarta centenaria.

Para hablar de su recorrido a lo largo del siglo pasado, lo mejor es remontarse 170 años y conocer los orígenes del mutualismo en España. En la primera mitad del siglo XIX, Santander contaba ya con varias corporaciones de socorros mutuos que existían incluso antes de que nadie hubiera dictaminado una reglamentación. La Hermandad de Socorros para las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Santander, fundada en 1833 es el primer antecedente sobre el que fijar el nacimiento de Mutua Montañesa. Pero no será la única corporación de este tipo en la ciudad. La Hermandad de Carpinteros (1848) y la de Barrileros y Toneleros (1849) conforman el tridente mutualista de la región en aquel siglo XIX.

A esta situación se la ha de añadir el catastrófica panorama que vivía el país en los últimos años de aquel siglo. La pérdida de las últimas colonias ultramarinas situaban a España, y más en concreto a las ciudades con intereses portuarios, en un reafirmarse en su proceso de expansión y crecimiento. Santander, además, había de recordar aquel 1983 en que el Machichaco mató a 500 personas. Demasiadas necesidades y un fin factible conforman la ecuación perfecta para llegar a 1905.

Y así, el 26 de octubre de dicho año, el notario Higinio Camino de la Rosa fue testigo de la firma constituyente de la Sociedad de Seguros Mutuos de Santander sobre Accidentes de Trabajo. ¿Los precursores? Un grupo de empresarios y trabajadores vinculados a negocios mineros y consignatarios del puerto. La primera sede de la actual Mutua Montañesa se emplazaría en la calle del Muelle, en el número 31, cobijando así a la primera de sus juntas directivas, con Fernando Lavín Casalís como su primer presidente y Julián Bartolomé Cagigas como primer director gerente. El nombre de Cesáreo Ortiz Val pasará a la historia de la compañía por ser el del beneficiario de la primera póliza, presentada el 16 de diciembre de aquel 1905.

A partir de ahí, comenzaría el día a día de la entidad, marcado por las primeras incidencias. La huelga general minera que se extendió desde Somorrostro a Santander habría de convertirse en el primer incidente laboral grave; y Minas San José pasará a la historia como el lugar en el que falleció la persona que habría de cobrar la primera indemnización por accidente mortal.

La fusión con la Sociedad Mutua Asturiana de Accidentes, la llegada de la póliza número 100 y la estabilidad económica y social de la entidad marcan el final de la primera década del siglo XX. Años en los que apenas se cubrían incidentes que no fueran más allá que los meros riesgos propios de cualquier trabajo.

No obstante, el tiempo hubo de correr en contra de la mutua. El primer cuarto de siglo de historia de la sociedad estará marcado por el imparable descenso de la actividad minera en la región, lo que se traduce en balances pesimistas y augurios agoreros.

Pero nada podía hacer suponer la nefasta entrada en la década de los 30 y la incluso peor llegada de los años 40. La Gran Depresión; la prometedora pero efímera república, con su Ley de Accidentes de Trabajo en la Industria que obligó a la Mutua a adaptar su régimen estatutario; la Guerra Civil; el incendio de Santander, que se produjo tan sólo un año después de que la entidad abriera su mercado para crear el Ramo de Incendios, y en el que se vio implicada en 26 siniestros, de los más de 375 edificios que resultaron calcinados en la ciudad. Pocas veces ha vivido tiempos felices, pero siempre ha conseguido levantar cabeza y seguir contando su historia.

Y así hasta hoy, sobreviviendo el siglo XX para adentrarse en el XXI con presencia en once de las diecisiete comunidades autonómas españolas, contar con 400 empleados y manejar una cartera de 25.000 empresas y 206.000 trabajadores asegurados. Que a pesar de haber sido absorbida por la Entidad de Seguros Mutuos de Ávila, ha mantenido su carácter y su origen. Que es en Cantabria donde nació y en Cantabria donde su punto de referencia: el centro Ramón Negrete, donde muchos trabajadores, ancianos e incluso niños, han visto como alguno de sus problemas, eran arreglados por Mutua Montañesa.

El puerto de Santander ha marcado la evolución de la economía cántabra a lo largo de los dos últimos siglos.

Texto de Jose Ramon Esquiaga @josesquiaga. Publicado en abril 2000

¿Cuántos años tiene el puerto de Santander? He ahí una pregunta a la que es difícil no contestar a la gallega: depende. No estarán faltos de razón quienes apliquen literalmente el dicho y afirmen que es tan viejo como la orilla de la mar, pero también estarán en lo cierto quienes fijen la fecha de nacimiento en la constitución de la Autoridad Portuaria, un hecho que tuvo lugar en el recientísimo 1993. Ambos grupos, sin embargo, podrían ponerse de acuerdo en situar en 1872, año en el que se creó la Junta de Obras del Puerto, el acta de nacimiento de lo que dio origen a la institución portuaria actual. El viejo puerto romano de los albores de la era cristiana –la orilla de la mar, al fin y al cabo– encontró en ese organismo decimonónico el cauce con el que dar salida al creciente tránsito de mercancías que se movían en los muelles. Aquella primera Junta de Obras del Puerto, presidida por el entonces alcalde, don Prudencio Sañudo, representó un paso decisivo para que la gestión del puerto pasara a manos de las fuerzas vivas de la ciudad: Ayuntamiento y Diputación, por un lado, y la floreciente burguesía santanderina, por el otro. Completaban aquella primigenia junta directiva don Francisco Sánchez, como director, y el ilustre don Marcelino Sanz de Sautuola como secretario.

La nueva etapa que se abrió entonces representó en realidad el canto de cisne de uno de los puertos de más esplendor de la península y, sin duda, el más importante de la cornisa cantábrica. Para entonces, hay que recordar que estamos en el año 1872, ya habían pasado algunas cosas determinantes para el futuro del puerto y de la ciudad. La edad de oro se había iniciado un siglo antes con la apertura, en 1753, del Camino Real de Reinosa. La nueva ruta permitió desviar a Santander el importante comercio de las lanas que antes tenía lugar por Bilbao, al tiempo que deja a la ciudad de Santander inmejorablemente colocada para aprovecharse del comercio con América. Casi un siglo después de inaugurado el Camino de Reinosa se proyecta el ferrocarril de Alar del Rey; si aquél introdujo a Santander en el Siglo de las Luces, éste tendría que haberle dado el pasaporte hacia el siglo XX. Pero los acontecimientos van a dibujar un escenario distinto del esperado y van a marcar el inicio de la decadencia: la descomposición de la Administración, la invasión francesa y, finalmente, la independencia de las últimas colonias van a eclipsar el auge comercial santanderino. La quiebra del ferrocarril arrastró tras de sí las esperanzas de esta incipiente burguesía.

La pérdida de los mercados coloniales protegidos terminó por perfilar un cambio paulatino en las instalaciones portuarias, que dejaron de ser redistribuidoras de productos lejanos para parecerse más a las actuales, en las que el tránsito de mercancías refleja mejor la demanda de importaciones y exportaciones de la economía y la población cántabras.

Aquel puerto, en el que ahora hace cien años se instaló la grúa de piedra, bullía entre el muelle saliente de Maura y los muelles de Maliaño, realizados en los rellenos acondicionados para que el ferrocarril entrara en la ciudad. Se urbanizaba así una enorme extensión de terrenos ganados al mar, desde el acantilado del Promontorio de Somorrostro –detrás de la catedral– hasta la punta de Maliaño. Era el suelo donde se pensaba asentar la nueva burguesía ilustrada santanderina, y en el que estaba previsto llevar a la práctica los modernos criterios urbanísticos de la época. La explosión del Cabo Machichaco, que tuvo lugar en esos mismos muelles en 1893, dio al traste con el proyecto y generó una enorme desconfianza hacia un sector de la ciudad que se encontraba peligrosamente cerca de donde tenían lugar las labores de estiba y desestiba. La mencionada grúa de piedra, situada entre los muelles del siglo XIX y los construidos en el XX, es un magnífico testigo de la evolución de la relación entre la ciudad y el espacio portuario. Progresivamente empujado hacia el sur, el puerto de Santander es hoy, fundamentalmente, el puerto de Raos; los viejos muelles de Alboreda y Maliaño se han quedado para acoger el Ferry, los cruceros y una mínima porción de mercancías.

Ya se ha dicho que el puerto actual se parece más al que resultó de la recesión de fines del siglo XIX que al que surgió con la Ilustración y la intervención de la Corona a su favor. Pero también es cierto que nunca se abandonó del todo la idea de ser un puerto sin ataduras regionales y con fuerte vocación internacional. Las huellas del pasado pueden rastrearse en la renovada relación con Castilla y León, que ha vuelto a volcar su agricultura e industria hacia Santander, y también en la llegada al puerto de mercancías procedentes de todo el mundo.

Estampas santanderinas

En todos estos años la presencia de las instalaciones portuarias ha dejado su rastro en el acontecer diario de la ciudad. Aunque es cierto que no siempre ha sido para bien –la explosión del Cabo Machichaco es la mayor tragedia de la moderna historia santanderina– el ir y venir de los barcos ha dejado estampas imborrables en la memoria de la capital cántabra. Los más curiosos, si tienen años para ello, recordarán el paso por la bahía del ‘Tula’, un viejo petrolero que tendría la consideración de ser el mayor buque que ha pasado por Santander si no fuera porque cuando llegó a la ciudad, el 13 de junio de 1976, era ya sólo un pecio –eso sí, de 325 metros de eslora– remolcado hacia el desguace. Más moderno es el paso del ‘Queen Elizabeth 2’, que entró en el puerto en 1996 y que, con sus 292 metros de proa a popa, pasa por ser el mayor barco que ha pasado por nuestro puerto. Ambas embarcaciones fueron protagonistas de acontecimientos que congregaron a los santanderinos en torno a los muelles, en una comunión entre puerto y ciudad que se repite periódicamente y que forma parte de la esencia del uno y de la otra.

Hijo de Martín Sánchez mantiene la tradición de los vinos blancos criados en Cantabria. La empresa cuenta en sus bodegas con barriles bicentenarios de las más diversas procedencias, entre ellos alguno llegado a la costa tras un naufragio

Texto de Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga . Publicado en julio 2000

Dicen los aficionados que el buen vino blanco nace en Valladolid, pero se cría en Cantabria. Buena cuenta de la verdad del dicho pueden dar los responsables de Hijo de Martín Sánchez, representantes de la cuarta generación de una estirpe de bodegueros que ha contribuido a agrandar la leyenda de los blancos que se consumen en los bares de la región. Al estilo de sus vinos, la empresa también ha pasado por las etapas de nacimiento y buena crianza, hasta encontrarse hoy en condiciones de asegurar un nuevo relevo generacional, algo fuera del alcance de la mayor parte de los negocios familiares.

Martín Sánchez,hijo del fundador y auténtico artífice del crecimiento de la bodega.

La empresa nació de la mano de Cipriano Sánchez, bisabuelo de los actuales gestores, un arriero de Valderredible que en 1865 instaló un comercio en Santa Lucía ­–en plena Ruta de los Foramontanos, en la salida de Cabezón de la Sal hacia Castilla– para vender los productos que las carretas traían de la Meseta. El desarrollo del ferrocarril, que terminó con el tránsito de arrieros, y la muerte de una de sus hijas, ahogada en el Saja a pocos metros de la tienda, llevaron a Cipriano a trasladarse a la villa de la sal y a cambiar por completo el negocio para dedicarse al comercio de vinos.

Sin embargo es su hijo Martín el que va a dar el impulso decisivo al negocio, convirtiéndolo en algo muy similar a lo que es hoy en día. El fue el primero en bajar a buscar el vino hasta La Nava, en Valladolid, el mismo lugar de donde viene hoy en día, y sobre todo a él se deben las magníficas soleras, algunas de ellas bicentenarias, en las que cría el vino de Hijo de Martín Sánchez. El trabajo no era entonces, últimos años del siglo XIX y primeros del XX, muy distinto al actual, haciendo la salvedad de los medios de transporte y de la maquinaria para el trasiego de los caldos. El vino llegaba de La Nava a Cabezón de la Sal, era trasladado a los barriles y en ellos se producía el milagro de la transformación de un vulgar vino blanco en un auténtico blanco de solera. “Los vallisoletanos no conocen el blanco hasta que lo prueban aquí, eso nos lo dicen ellos mismos”, asegura el actual Martín Sánchez, nieto de quien da nombre a la bodega. El secreto, corroboran Martín y su hermana Inocencia, está tanto en el clima de Cantabria, húmedo y sin grandes variaciones de temperatura, como en las propias soleras. Y la calidad de estas últimas es en buena parte responsabilidad del abuelo.

Martín Sánchez se preocupó durante toda su vida de adquirir los mejores barriles, muchas veces procedentes de bodegas que cerraban pero también con orígenes más extraños. Se cuentan entre éstos los que llegaron a la costa de San Vicente de la Barquera tras el naufragio de un barco francés, en los años de la primera guerra mundial, o los venidos directamente desde Cuba, cargados de ron de La Habana. Los bodegueros competían por las mejores cubas igual que hoy los clubes de fútbol se disputan los mejores fichajes, en una carrera en la que casi siempre fue primero el vinatero de Cabezón de la Sal, al que pocas cosas se le ponían por delante, como recuerda Inocencia: “Fue un escándalo muy comentado en toda la provincia aquella vez que el abuelo compró una barrica pequeña, de sesenta litros, por 25 pesetas, una cantidad desorbitada para la época; Martín se ha vuelto loco, decía la gente”.

La solera de 25 pesetas, como las de las desaparecidas bodegas de El Calvo de Torrelavega, de Azcárate o Compostizo y las francesas del naufragio, siguen criando blanco en las instalaciones de Martín Sánchez de Cabezón y Torrelavega, y son en buena medida responsables del sabor y la calidad del vino y, en resumen, de las cualidades que han hecho posible la extraordinaria longevidad de la empresa. “Mientras exista afición por el buen vino no nos van a faltar clientes”. Los problemas de espacio propios de las grandes ciudades han reducido el número de bares que cuentan con soleras en las que almacenar el vino, lo que condiciona en parte la actividad de Hijo de Martín Sánchez. Es un problema que, sin embargo, no se da en el ámbito rural, donde se sigue trabajando más o menos igual que siempre.

Siglo y medio de existencia es tiempo suficiente para reunir una buena colección de anécdotas, pero las que más peso tienen en el recuerdo de los Sánchez, curiosamente, son las que hacen referencia a las dificultades de otros tiempos, la mayoría de las veces marcadas por los conflictos bélicos. Es el caso de las andanzas del abuelo entre los dos bandos en la última de las guerras carlistas, o las penurias provocadas por la contienda de 1936 y la larga posguerra. Unos años en los que el camión de la bodega llevaba a un pasajero de más, un guardia civil, cuando transitaba entre Puentenansa y Carmona, una de las zonas en las que operaba el famoso Juanín. “Mi padre –recuerda Martín– le pidió finalmente al comandante de Puentenansa que no nos pusiera escolta, que si salía Juanín le dábamos gustosos el dinero; todo para evitar un cruce de disparos en el que seguro que iban a producirse heridos”.

También es motivo de recuerdo el duro trabajo que suponía el trasiego del vino, con bombas que funcionaban a mano, o el llenado de los pellejos y el transporte, realizado primero en carretas y después en destartalados camiones mil veces remendados. A principios de siglo, los difíciles viajes a Castilla dieron pie a Fernando Cueto, un capitán de la marina mercante, natural de Cabezón y muy aficionado a la poesía satírica, a dedicar una copla al continuo ir y venir de Martín Sánchez y Enrique Díaz, otro bodeguero de la zona, entre Cantabria y la meseta: Dos montañeses salieron / a la patria del Quijote / dicen que son vinateros / si lo son lo son de mote.

Asentada como una de las consignatarias más longevas de la región, Hijos de Basterrechea afronta el futuro desde un pasado construido sobre dos nombres de mujer.

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en enero 2006.

Las grandes historias, aquéllas que perduran siglos y cuentan su biografía como si de grandes leyendas se tratare, suelen estar cimentadas sobre un nombre de mujer. Eva, María, Carmen… O Aurora y Rosario, punto de partida, hace ya 127 años, de la que hoy se erige como una de las consignatarias más longevas de la capital cántabra, Hijos de Basterrechea, S.A.

Tanto Aurora como Rosario, dos brick–barcas preparadas para el transporte de 650 Tn de carga cada una, comenzaron sus días allá por el año 1878, cuando Antonio V. de Basterrechea Luzárraga abandona Mundaca por motivos de conveniencia. Santander es un puerto con grandes posibilidades para sacar partido a estas embarcaciones, ambas de su propiedad, y decide establecer la razón social de la empresa, Torriente y Basterrechea, en la ciudad. La primera prueba de su acierto es la entrada de estas naves en la carrera de las harinas hacia Cuba.

La actividad de esta emergente naviera comienza a crecer y, de simple propietario, Antonio V. de Basterrechea pasa a despachar las mercancías cargadas en la flota del Marqués del Campo, que por aquel entonces hace sus primeras escalas en Santander.

Tras disolverse, de mutuo acuerdo, la sociedad entre Torriente y Basterrechea, este último se postula como agente de seguros y perito liquidador de averías, actuando para compañías como El León y Lloyd Alemán. Será ésta una de las actividades a las que mayor fruto saque la compañía, ya que en poco tiempo obtiene una cartera de clientes en la que figuran nombres como el de La Unión y el Fénix, Mapfre, Centro de Navieros Aseguradores de Barcelona, Aurora Polar S.A. –hoy Axa Seguros– o la londinense Harris and Dixon Ltd. Además, figurará como uno de los fundadores de La Alianza de Santander, originada por las mayores personalidades comerciales de la ciudad.

No obstante y a pesar de los grandes frutos que cosechó gracias a esta siembra en el mundo de las aseguradoras, el negocio marítimo, resurge en la historia de la empresa, si bien como agencia en tierra y no como patrón. Ocurre tras la jubilación de Carlos de St. Martin, propietario hasta la fecha de The Pacific Steam Navigation Co Ltd. –conocida en España como La Compañía del Pacífico–. Basterrechea logra convertirse, allá por la última década del siglo XIX, en la agencia de una naviera que durante 74 años envió a Santander vapores que aún están en la memoria de muchos, desde la serie O –Orbita, Orduña, Orcoma u Oropesa– hasta el Reina del Pacífico o el Santander, buques que mantuvieron su conexión con América hasta 1964. Dentro de esta línea, la compañía mantuvo relaciones con empresas de la talla de La Bandera Española –de capital británico– o La Bética de Navegación.

Antonio Basterrechea, ya en sus últimos años al frente de la empresa, decide recuperar el espíritu eminentemente naviero de la compañía. Tras la venta de los veleros con que arrancó este más de un siglo de historia, decide adquirir en el año 1909 un costero inglés, de nombre Parayas y al que rebautiza Aurora; tres años después, se hace también con el título de propiedad del Cervantes, al que pasará a denominar Rosario. Y como si de un bucle se tratara, una vez de vuelta en el origen, la historia cierra su primera puerta con la muerte del fundador. Corría el año 1917.

Segunda generación

Antonio y Fernando, hijos de Antonio, toman las riendas de la empresa en un periodo, el de entreguerras, que se define por la continuidad en la actividad, sin olvidar incursiones en las campañas de nitrato desde Chile. Pero si un hecho ha de marcar este lapso es el nombramiento como agentes de The Royal Mail Steam Packets Ltd., convertido en primer grupo naviero del mundo tras la compra de Lord Kylsant de todo un entramado marítimo ya existente.
Con este despunte, la empresa se adentra en la era moderna, etapa en la que el organigrama vuelve a sufrir modificaciones, tras la retirada de uno de los hermanos que tomó el mando después de morir Antonio V. de Basterrechea. Por contra, aparecen en escena tres nietos del difunto: Antonio, Fernando y Enrique.

Son años de adaptación. Tanto la aviación como la revolución del container obligan a las compañías del sector a cambiar no sólo el tráfico marítimo y su cadencia de atraque en puerto, sino las formas de operar tanto en muelles como en despachos. Y es por esto que la dirección decide volcar sus esfuerzos en la carga seca a granel o inutilizada, participando en la recepción, despacho y reexpedición de mercancías –madera, granito, pasta de papel…–. Así también, Basterrechea se postula como una compañía pionera –años 70– del regreso de buques en régimen de crucero. A día de hoy, la actividad se centra en el tráfico de vehículos y la consignación de buques portacoches –por cuenta del grupo Walenius Wilhelmsen Lines–, portacontenedores y de carga.

Son 127 años. Más de un siglo de vida en los que cuatro generaciones de Basterrechea han sabido mantener en vigor una empresa que si bien es familiar, ha navegado en los mares de todo el mundo. El transcurrir de años en los que la familia real británica vino a respirar el aire de Santander a bordo de buques en los que el apellido Basterrechea significaba solvencia en tierra. Un tiempo en que fueron testigos de los avatares y cambios de la época, cargando en sus naves los primeros coches ingleses que llegaban al país. Navidades olvidadas, menos aquélla en que un trabajador les abandonó porque le cayó el gordo de la Lotería. Eso es lo que tienen las historias que comienzan sobre un nombre de mujer: pueden ser eternas, pero nunca dejarán de ser complejas.

Presmanes, con más de 170 años de historia, se ha convertido en una de las joyerías más longevas de Europa. Una historia que empezó en la calle San Francisco y que, por culpa del fuego, continúa sus días con los recuerdos quemados.

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en marzo 2006.

Su historia se escribe en letras de plata y sobre fondo dorado; sus horas corren al compás del tic tac de un reloj suizo, de maquinaria minuciosamente puntual; sobre el escaparate de su eterna tienda de Calvo Sotelo, se han reflejado cientos de miradas de quienes querían, pero no podían; han vendido pedidas, perdones, ilusión, caprichos, lujo, futuros empeños y las declaraciones de amor más brillantes. Porque 172 años dan para mucho.

Por aquel 1834, Valentín Guerra, un joven santanderino interesado en el mercado de la joyería y platería, abrió su comercio en una hoy remozada calle San Francisco. El número 18 de su siempre peatonal calzada comenzó a recibir los pedidos de los hombres y mujeres pudientes de un Santander que vivía como puerto de mar, un remanso de diferencias donde los pescadores convivían sus estancias en tierra con la incipiente burguesía.

Es posible que Valentín Guerra no supiera, en aquella primera mitad del siglo XIX, el del nuevo amanecer de la economía nacional, que su negocio se iba a convertir, siglos después, en uno de los más longevos comercios de joyas de Europa. Pero los años transcurrieron y Valentín Guerra no supo parar el tiempo de sus días. Joaquín Presmanes, su yerno, se convierte en sucesor de un negocio ya convertido en la herencia familiar.

La primera sucesión

En la segunda mitad del siglo XIX, Santander comienza su reconversión en ciudad señorial, a veces burguesa, donde los veranos se tornan en parada y fonda de la alta sociedad española. Negocios florecientes, dinero aristocrático… Joaquín Presmanes logra hacerse un hueco en las conversaciones de café de las altas clases y, con influencias y buenas intenciones, se convierte en alcalde de la ciudad en el año 1901.
Para aquel momento, su hijo, José María, ya pasaba sus horas en las oficinas de una joyería que iba ganando en nombre y prestigio. Pero no será hasta cinco años después del nombramiento de su padre cuando José María Presmanes se ponga al frente del negocio. Corre el año 1906, Joaquín muere y la tercera generación es ya un hecho.

La memoria de Santander tiene en los cincuenta primeros años del siglo XX sus peores recuerdos. Dos guerras mundiales, una guerra civil y, sobre todo, las llamas que en 1941 borraron todo vestigio con el pasado. José María supo esquivar, o al menos afrontar, todos y cada uno de los golpes con que la Historia quiso vencerle. El negocio seguía a flote. Sólo era cuestión de encontrarle un hueco en la nueva ciudad que, por obra del incendio, tuvo que empezar otra vez de cero.

Volver a empezar

Entre aquellos barracones en que se instalaron los negocios que cayeron ante el fuego –repartidos entre las plazas del Ayuntamiento y de Pombo y los jardines de Pereda–, se encontraban las piezas de joyería de Presmanes. Fueron años difíciles, en los que al devenir del comercio, se le sumaba el no tener un lugar en el mundo. Lugar que encontraron, tiempo después, en la calle Calvo Sotelo, donde hasta hoy han tenido acomodo.

Por este nuevo emplazamiento han pasado ya dos generaciones de Presmanes: Santiago Bannatyne, sobrino de José María, quien compartió la regencia con su primo Gonzalo García Rumayor desde el año 1965; Juan Pablo Bannatyne, hijo de Santiago y actual promotor del negocio junto a su primo Juan Carlos Pombo.

En los despachos de la joyería se encuentran dos aprendices que continuarán la saga: Santiago y Javier, ambos hijos de Juan Pablo. El mayor de sus hermanos, tocayo de su padre, encontró acomodo en Valladolid, ciudad elegida para la apertura de un nuevo ciclo: la segunda joyería Presmanes.

En los albores del siglo XXI, ése en el que algunos auguran que cambiará la forma de entender el mundo, las joyas siguen vendiéndose sobre una mesa que soporta un tapete oscuro. Figuras de plata, oro (dorado y blanco), cerámica… Tal vez compartan sus días con una página web que devuelve al presente, pero adonde quiera que vaya esta historia, les acompañará en el camino una imagen: la de la reina Victoria Eugenia, quien un día de 1927, decidió incluir en sus compras un recuerdo de Presmanes. Es la única fotografía que sobrevivió al incendio.

A lo largo de su más de siglo y medio de vida, la empresa de los Yllera ha operado en todos los campos del negocio marítimo, operando como consignataria y como armadora y convirtiéndose en parte del paisaje de los muelles santanderinos.

Texto de Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga. Publicado en junio 2000

Como para tantas otras empresas, la guerra civil marcó un antes y un después para el negocio de la familia Yllera. Concentrados hasta entonces en su labor como consignatarios y agentes de aduanas, la difícil posición en la que quedó España tras la contienda iba a hacer atractiva una actividad que hasta entonces no habían tocado, la de armadores. Para esos años, los primeros de la década de los cuarenta, la empresa de los Yllera estaba ya cercana a cumplir el siglo de vida, un tiempo durante el cual habían aprendido muchos de los secretos que encierra el ir y venir de los barcos pero poco, como tendrían ocasión de comprobar después, de todo lo que implicaba la posesión de un navío mercante. La empresa la había fundado en 1847 don Elías Yllera, un empresario al que su origen palentino no restaba un ápice de vocación marinera, una característica que compartía con muchos de los castellanos que por aquellos años se asentaron en Cantabria.

Siempre Cuba

El continuo vigilar del tránsito de mercancías con Cuba está en el origen del interés portuario de Elías Yllera, probablemente uno más entre los tratantes de la meseta que acercaban sus productos hasta los muelles santanderinos. Fueran los que fueran los motivos que impulsaran a don Elías –y no hay muchos detalles al respecto– lo cierto es que en la segunda mitad del siglo XIX la empresa ya se ha ganado un nombre y efectúa labores de consignación para varias líneas regulares que cubren el trayecto entre la capital de Cantabria y la última de las posesiones españolas en las Antillas. Paralelamente a esta actividad, la empresa actuaba como agente de aduanas, un negocio muy rentable en aquellos años pero que exigía una gran pericia para moverse por los laberintos de la burocracia. Posiblemente sea ahí donde haya que buscar las claves que llevaron a la empresa a comprar sus primeros barcos en los años cuarenta. El aislamiento internacional de España y los años de autarquía que siguieron a la guerra redujeron drásticamente el volumen de importaciones y exportaciones y, al mismo tiempo, pusieron trabas que hacían casi imposible la adquisición de medios para el transporte de mercancías, de tal manera que quien superara esos obstáculos y fuera capaz de hacerse con un camión, o con una embarcación, se encontraba con la posibilidad de entrar en un negocio en el que apenas existía competencia. Esa fue la oportunidad que quiso aprovechar don Angel Yllera, por entonces cabeza de una familia que, no hay que olvidarlo, conocía como nadie todos los entresijos de los despachos y el papeleo.

La construcción de los dos primeros barcos de la compañía, una pareja de arrastreros, es buen ejemplo de oportunidad, habilidad en los despachos y, finalmente, negocio. Para conseguir los permisos y los materiales necesarios para construir los dos barcos, el ‘Peña Labra’ y el ‘Peña Vieja’, los nuevos armadores tuvieron que movilizar todos sus recursos, recurriendo incluso a la compra de un molino de viento en Palencia para poder utilizar el cupo de hierro que les correspondía como molineros para la construcción de las bodegas de los pesqueros. Los barcos fueron un gran negocio, tanto por el rendimiento que dieron como por el dinero que se logró con su venta: seis millones de pesetas de entonces –apenas pasó un año desde su botadura hasta que cambiaron de manos– que fueron suficientes para adquirir los tres primeros mercantes propiamente dichos con que contó la compañía: el ‘Canopus’, el ‘Altair’ y el ‘Urgull’. Eran estos buques pequeños, sin doble fondo y con muy pocas condiciones marineras, pero que sirvieron para que don Angel y sus hijos tomaran contacto con un negocio que iba a ocupar a la empresa durante varias décadas.

De nuevo la venta de estos barcos va a proporcionar los fondos para comprar uno mayor, algo que va a convertirse en una constante para la naviera. El recién llegado, el ‘Astro’, era ya un mercante de 7.000 toneladas que dio a la compañía recursos suficientes para adquirir el ‘Yebala’, un petrolero reformado para transportar carga seca. A éste siguió el ‘Ave’ y a ambos el ‘Manuel Yllera’, que con sus 53.000 toneladas fue el mayor de los barcos con que contó la empresa.

Para entonces el negocio marítimo había cambiado mucho y las pequeñas compañías empezaban a ver comprometido su futuro. El ‘Manuel Yllera’, que transportó durante muchos años carbón para Ensidesa, trabajó en asociación con otros cuatro barcos de otras compañías, lo que le permitía competir por los mejores fletes. En todo caso cuando fue vendido, en 1982, el tiempo de las pequeñas navieras había pasado. Las cargas secas no aseguraban la rentabilidad necesaria y el futuro pasaba por los contenedores y las líneas regulares, algo que exigía unas inversiones que Yllera no podía realizar. Tras un tímido intento de operar en esos campos –se construyeron en 1976 dos cargueros polivalentes: el ‘Ave’, vendido en 1982, y el ‘Ángel’, perdido en el Mediterráneo a los pocos meses de su botadura– la empresa dejó los mares para concentrarse de nuevo en las actividades portuarias, una labor que, por otra parte, nunca había abandonado.

Tampoco faltan en este negocio, por más que carezca de la aureola exótica de la actividad naviera, las muestras de audacia de la empresa santanderina: los Yllera construyeron en el puerto de Santander el primer silo completamente automatizado, una instalación con capacidad para descargar 1.600 toneladas diarias de grano, una cantidad que por entonces se antojaba disparatada pero que el tamaño de los buques pronto dejó pequeña. Es esa labor de carga y descarga la que concentra hoy la actividad de la empresa, por más que a partir de la matriz primitiva nacieran después otras empresas –como la agencia de viajes– hoy independientes. Todas ellas mantienen viva la relación con el mar de quienes son, como el poeta, marineros en tierra.

Son muchas las personalidades que se han sentado a la mesa de Casa Enrique en estos cien años, y cuatro las generaciones familiares que han mantenido viva una tradición basada en las recetas heredadas, la materia prima autóctona y la dedicación al cliente.

Texto de Jesús García-Bermejo Hidalgo @chusgbh. Publicado en abril de 2010.

Son muy pocos los restaurantes españoles que, a día de hoy, suman cien años de vida. Pero, si se hace una búsqueda de aquellos que durante un siglo han sido gestionados por la misma familia sin cerrar sus puertas un sólo momento, los resultados se pueden contar con los dedos de una mano. Y este es el caso de Casa Enrique, establecimiento que celebra su centenario con una serie charlas y cenas taurinas, unas comidas de hermandad con jugadores y ex jugadores de bolos y unas jornadas de cocina tradicional y moderna que contarán con la presencia de los mejores cocineros del país y la región. El negocio, del que es propietario Enrique García Martín, ha contado ya con cuatro generaciones de la misma familia en sus cocinas y tras la barra y, todas ellas, han sabido adaptarlo a la coyuntura de cada época, pero sin perder un ápice de tradición.

Casa Pedraja

Hoy en día, cualquier cántabro que se precie conoce Casa Enrique. Sin embargo, muy pocos saben que ese no fue su nombre original. Todo comenzó en 1910, año en el que una emprendedora desafió las convenciones sociales de la época para abrir un negocio hostelero. Era Isabel Pedraja, abuela del actual propietario de Casa Enrique, quien bautizó a su local como Casa Pedraja. Y con ese nombre estuvo funcionando en la localidad de Solares hasta que la Guerra Civil hizo aparición. En 1940 una bomba cayó sobre el edificio en el que se encontraba el humilde restaurante; todo quedó destruido.

Sin embargo, esto no fue suficiente para frenar el ímpetu de una mujer que tenía claro que, más tarde o más temprano, lograría hacerse un hueco en el mundo de la restauración regional. Así, a escasos 200 metros de la ubicación original, abrió un nuevo negocio, este ya con el nombre de Casa Enrique. “Mi abuela contrajo matrimonio con Enrique García Garoño, que era el hijo del jefe de la estación de ferrocarril. Por eso, el nuevo establecimiento se inauguró con el nombre de Casa Enrique, y se ubicó muy cerca de la estación, lo que, posteriormente, fue crucial para su supervivencia”, cuenta el actual propietario. Y en ese nuevo local, Casa Enrique ha estado funcionando hasta el día de hoy, tiempo en el que tres generaciones más han pasado a formar parte de la empresa familiar. Uno de los descendientes de Isabel y Enrique, Eugenio García Pedraja, se hizo cargo del negocio hasta 1980, momento en el que dos de sus hijos se pusieron al frente del restaurante. Uno de ellos era Enrique García Martín, actual propietario, quien lo gestionó en solitario a partir de 1995. Recientemente, su hija Mercedes, se ha sumado a la tradición familiar, convirtiéndose en la cuarta generación en unirse a la causa.

El ferrocarril y la carretera

Uno de los aspectos que más llaman la atención de Casa Enrique es su capacidad para seguir en funcionamiento, incluso en las circunstancias más difíciles. Y esto se debe, según las palabras de Enrique García, a la flexibilidad que ha demostrado para adaptarse a los distintos tiempos y tipos de cliente. Durante los años 40, 50 y 60 la línea de ferrocarril fue un elemento sustancial para la vida de Solares. En su  interior se transportaba el Agua de Solares, ganado para las distintas ferias regionales y productos de lo más variados. Esto atraía hasta la estación a empresarios catalanes, vascos, madrileños, vendedores, directivos, amén de un volumen importante de pasajeros, especialmente cuando algún acto destacado tenía lugar. Lógicamente, la ubicación estratégica de Casa Enrique, permitió crecer al restaurante gracias a este tipo de cliente.
Posteriormente, en los 70, se finaliza la construcción de la carretera nacional con Bilbao, en una época en la que la economía nacional y regional comenzaban a despegar. Para entonces, Casa Enrique ya se había ganado un nombre entre los usuarios de ferrocarril, lo que se tradujo en un importante incremento de clientes de perfil más turístico, los cuales viajaban hasta Solares atraídos por el conocido balneario que hay en la zona. Este fue un punto de inflexión clave que sirvió para que Casa Enrique fuese extendiendo su fama en el país en base a su comida, y no por su ubicación. El nombre con el que este pequeño restaurante se había hecho en este tiempo permitió que, desde 1980, el crecimiento del negocio fuese constante y sin grandes sobresaltos. Un cliente más joven comenzó a frecuentar el establecimiento, y los vinos y copas se convirtieron en habituales. El negocio se adaptaba a los vaivenes sociales propios de la época con un dinamismo digno de mención.

En los 90, Enrique García apuesta por un nicho de mercado que parecía estar en crecimiento: la comida de empresa y de negocios. De nuevo la aceptación fue muy buena, y Casa Enrique se convierte en lugar de reunión para destacados directivos y empresarios del panorama regional y nacional. Y eso se ha mantenido hasta hace bien poco, concretamente, hasta mediados de 2008, cuando la crisis comienza a sacudir la economía española. “Personalmente me ha tocado vivir tres momentos de crisis desde que estoy al frente del negocio, y la única que realmente he notado ha sido la actual –asegura el nieto de la fundadora–. La comida de empresa ha bajado bastante, porque las compañías no están para demasiadas alegrías. En los fines de semana, nuestro cliente de entre 30 y 45 años ha disminuido, y es sustituido por gente de más edad. En conjunto, se ha reducido la asiduidad con la que nuestros comensales nos visitan, aunque cuando vienen no miran demasiado el precio. Simplemente se dan caprichos, pero en ocasiones más contadas”.

En cualquier caso, la camaleónica capacidad de adaptación que Casa Enrique ha demostrado en estos 100 años no hace temer por su continuidad. Y este aspecto ha sido posible gracias a la continuas renovaciones y rehabilitaciones que el establecimiento de Solares ha vivido en su siglo de vida: se ha ampliado y reformado el comedor; se ha habilitado otro dirigido a comidas de negocios; se han renovado, continuamente, la carta, las vajillas, las mantelerías, la bodega, los licores, las bebidas, etc. Especial mención merece la cocina, la cual cuenta con los más modernos electrodomésticos e instrumentos, como cocinas de inducción o calientaplatos, pero conservando el tradicional horno de carbón, para darle ese toque especial a los guisos y potajes. Y no hay que olvidar el hostal, porque Casa Enrique ha sido, desde su comienzo, restaurante y alojamiento. Este, gracias a una reforma llevada a cabo en 1979, cuenta con capacidad para16 habitaciones –hasta entonces sólo tenía tres–, algo que, según cuenta el propio Enrique, muchos de los clientes habituales desconocen. “Me preguntan para qué son esas llaves que están ahí colgadas”, comenta entre risas.

Claves para un siglo

Uno de los grandes méritos de Casa Enrique, al margen de contar con cien años de historia, es la fama que se ha ido ganando en este tiempo, tanto dentro como fuera de Cantabria. Por sus mesas han pasado personalidades reconocidas, premios Nobel de medicina, empresarios, directivos, ministros, políticos, humoristas, toreros, deportistas, artistas… Ese reconocimiento que su cocina ha adquirido con el paso de los años se ha sustentado en especialidades que gozan de gran fama en el panorama culinario nacional, como el carico montañés, uno de sus platos más reconocidos. De hecho, un reportaje publicado en el New York Times hace décadas cuenta cómo Severiano Ballesteros, en 1982, año en el que conquista el Open British, se acercaba hasta Casa Enrique para degustar este tradicional producto. Además, no hay que olvidarse de la merluza frita, el pollo de corral, sus guisos y potajes, el perrochico, el cachón, la caza y los distintos productos de temporada, como las setas, la anchoa, el bonito… Una carta muy amplia en la que más de 15 platos se mantienen desde hace un siglo.

En cuanto a su preparación, según cuenta Enrique García, la tradición y las materias primas han sido claves. “El 80% del producto que entra en Casa Enrique procede de Cantabria, y es de una calidad indiscutible. Como digo siempre, ya mi abuela tenía una Odeca –Oficina de Calidad Alimentaria–, porque siempre adquiría la mejor alubia: el carico de Setién; el pollo más tierno, la merluza más fresca, algo que me esfuerzo en que siga siendo así. Y todo lo preparamos con recetas heredadas de generación en generación, a las que, lógicamente, cada cocinero da su toque personal”, afirma.
Pero, al margen de la cocina, el servicio al cliente y la capacidad de adaptarse a los cambios y vaivenes propios del mercado, cualquier empresa que resiste un siglo se basa en una serie de intangibles que el actual propietario de Casa Enrique tiene claros. La dedicación plena al negocio familiar y al cliente, incluso en perjuicio de la propia vida personal y social, han sido fundamentales en todo este tiempo. Del mismo modo, el mantener una plantilla implicada y que siente su trabajo como algo propio, también ha sido crucial. De hecho, según afirma Enrique, son varios los empleados que se han jubilado en la casa tras 40 años desempeñando su labor. “Siempre hemos sido una gran familia, aunque no compartamos el apellido. Para que te hagas una idea, la última persona que se ha incorporado a nuestra plantilla lleva ya tres años trabajando con nosotros”, asegura.

Además, la búsqueda de la continua mejora, la ambición de quienes se han hecho cargo del negocio durante este centenar de años, el sacrificio de todos ellos y la capacidad para diferenciar el entorno familiar del laboral, en cuanto a separar los problemas y las tensiones propias de uno y otro ámbito, han sido, según el propio nieto de los fundadores, otros aspectos fundamentales para lograr una trayectoria tan dilatada como exitosa. Y todo apoyado por pequeños detalles que han aportado su granito de arena para mantener a Casa Enrique en el lugar que está actualmente. El último, su incorporación a los restaurantes que conforman el Club de Calidad de Cantabria.

En cuanto al futuro, con una nueva generación de la familia en el negocio, la continuidad parece asegurada. “Mi hija Mercedes y su pareja han llegado repletos de ganas e ilusión, y, si siguen por ese camino, no tengo dudas de que a Casa Enrique le quedan muchos años de éxito por delante. –considera el actual propietario–. No sé si duraremos otro siglo, pero, hace unos años habría asegurado que esto se acababa conmigo, y mira ahora. Parece que lo llevamos en la sangre”.

La llegada de la primera factoría de Nestlé a España, a La Penilla, supuso el comienzo de una relación entre la historia de un país, de su sociedad y de los alimentos que conformaban el pan de cada día. Chocolates, leches infantiles, cereales… Hoy, la fábrica centenaria continúa siendo la referencia nacional de la marca suiza

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en marzo de 2007

Si la ciencia permitiera despertar a Henri Nestlé y éste viera en qué se ha convertido el universo alimenticio que creo de un modesto producto, sería incapaz de asimilar que la empresa que aún lleva su nombre cuenta hoy con 235.000 empleados y que el año pasado facturó cerca de los 60.000 millones de euros. Presencia en todo el mundo, 511 fábricas repartidas en 86 países, un catálogo que abarca una infinidad de productos, eslóganes convertidos en canciones populares, carteles subastados, imágenes para el recuerdo, los bigotes de tres millones de ciudadanos manchados con cacao Nesquik cada día. Todo empezó hace 140 años, cuando aquel farmacéutico alemán luchó por salvar la vida de un niño enclenque y desnutrido. Su harina lacteada obró el milagro. Seis años después vendió más de medio millón de latas.

Corría la segunda mitad del siglo XIX cuando la localidad suiza de Vevey contaba con un vecino alemán llamado a pasar a la historia. Entre sus hallazgos se encontraban mostaza, limonada gaseosa, levadura, polvo de mármol y gas licuado para el alumbrado de la ciudad. Pero no es hasta 1867 cuando Henri Nestlé decide probar un invento que a la postre se convirtió en revolucionario: de la mezcla de leche, azúcar y harina de trigo obtuvo lo que pasó a llamar harina alimenticia, rebautizada años más tarde como lacteada.

Tras hacerse con el reconocimiento de pediatras de media Europa, en 1879 logra el beneplácito del doctor Benavente, el más afamado especialista en medicina infantil de España. Nestlé se abre las puertas de la península de par en par, a pesar de que en aquellos años de escasa concienciación alimenticia, los españoles prefirieran hacer desayunar a sus hijos pan con aceite y vino.

Para entonces, Henri Nestlé ya había desaparecido de la empresa. Con su patente y su nombre vendido al capital de tres empresarios de Vevey, lo que en su día nació como mera empresa manufacturera comienza su carrera por convertirse en industria multinacional de la alimentación. Y en ese camino, uno de los primeros pasos conduce la harina hasta Cantabria, más en concreto a La Penilla. El año 1905 supone para la localidad del Valle de Santa María de Cayón la llegada de la factoría que ha marcado su destino futuro. Durante su primer año de existencia, apenas una treintena de trabajadores eran los encargados de procesar 104.000 litros de leche. El tiempo y la confianza de los ganaderos de la zona fueron los que catapultaron su crecimiento.

La cronología de Nestlé en Cantabria se podría definir por décadas y nombres. Si los diez primeros años de 1900 están vinculados a su inuguración y a la fabricación de harina lacteada, la década de los años 10 se caracteriza por la llegada a la fábrica de la producción de leche condensada: un novedoso producto que acababa con largos años de recelo contra la leche y su carácter perecedero. La Lechera se convertía en el buque insignia de la factoría de La Penilla y antes de que acabara la década, ya producía ocho millones de litros al año.

Los años 20 traen consigo la constitución oficial de la Sociedad Nestlé, Anónima Española de Productos Alimenticios –hoy Nestlé España– y las primeras tabletas de chocolate salidas de la fábrica cántabra. El pan con chocolate se convierte en el alimento estrella de las meriendas y Nestlé se hace con el color rojo de los estantes.

La década de los 30 trae consigo dos hitos inesperados que hacen renquear el futuro de la empresa. La Guerra Civil para su estabilidad en España y la Guerra Mundial para sus intereses como multinacional. ¿Qué hacer? Dos productos que consoliden, por un lado la capacidad de adaptación de la empresa a la situación histórica y, por otro, crear en la sociedad un sentimiento de empatía: Nestlé no alimenta; Nestlé ayuda. En España, la leche en polvo Pelargón –“el alimento de confianza”–, marca a toda una generación de niños y mayores. Entre las tropas aliadas que luchaban en el frente, el café soluble Nescafé.

Ambos productos lograron afianzar la situación de la macroindustria alimenticia y fueron, además, precursores de una batida intensa de ampliaciones del catálogo. Por una lado con las fusiones con otras empresas del sector. Por aquel entonces, la más sonada fue con Maggi, la estrella de los cubitos con sabor a carne.

Acaban los desnutridos cuarenta. Comienzan los titubeantes cincuenta. Para Cantabria, esta década se caracteriza por la entrada en la fábrica de Cayón del Nescafé, el producto por entonces estrella de la marca. Y para anunciar la leche condensada y a pesar de que la canción fue creada en la década pasada, el impasible ‘Tolón, tolón’ de cierta vaca salada creado por Jacobo Morcillo, se convierte en el anuncio más veces repetido de la radio española de la época –hasta catorce veces al día–.

Corren los años. Se asoman los esperanzadores 60. España comienza a chocolatear, por obra y gracia de La Penilla, con leche con Nesquik, “lo bueno, mejor”. Puede que no sea su producto estrella, pero con el tiempo ha logrado que se tomen tres millones de tazas cada día. Durante aquellos años, los niños españoles comienzan a acostumbrarse a las chuches y a los chocolatinas empaquetadas. Crunch y Milkibar son las referencias estrella. Además, Nestlé consigue dar una vuelta de tuerca a las estaciones. ¿Por qué comer helado solamente en verano si Camy los pone a tu disposición todo el año?

El calendario da vueltas hasta llegar a los 70. Años en los que la liberación de la mujer obliga a las empresas a facilitar las cosas en la cocina. Los productos preparados se convierten en bienes de primera necesidad y Nestlé decide hacerse con Findus cuando ésta apenas contaba un mínimo catálogo. La compañía suiza se ocupó de engrandecerlo. Pero si estos diez años se definen por algo, es porque la marca consigue ensalzar el bombón al estado de regalo. La Caja Roja se convierte en el presente que reciben enamorados, parturientas, cumpleañeros, enfermos, niños… Con el tiempo, los mejores diseñadores españoles se han encargado de decorar la caja. Desde Victorio y Lucchino a Armand Basi. De alimento a producto diferenciador. Y vendiendo únicamente bombones.

Los dietéticos años 80, los prefabricados años 90 y el lustro y poco más vivido del siglo XXI han servido para que la empresa prosiga en su afán de erigirse en lo que es hoy: la mayor industria alimentaria del mundo. Con un volumen de negocio en todo el planeta que, convertido a pesetas, marea: cerca de 10 billones. Que sólo en España vende cerca de 2.000 millones de euros. Que en la fábrica de La Penilla, la más grande del país, da empleo a 750 personas. Una factoría que empezó su viaje en 1905 con una sola referencia como cometido. Pero que tanto su intrahistoria como el devenir mercantil de la multinacional no se entenderían la una sin la otra. La cántabra, porque ha asimilado los cambios en su cadena. La suiza, porque optó porque la región fuera su punto de partida en España.

En el cuaderno de bitácora del Real Club de Regatas, se escribirá en poco tiempo la página en la que se celebran sus 127 años de historia. Esplendor y penurias a partes iguales constatan que la supervivencia de esta institución se debe, casi de manera exclusiva, a la tenacidad de sus socios por mantener viva la llama de su lugar común.

Texto de Juan Dañobeitia. Publicado en julio de 2007.

El mar, la mar, ha significado para la historia de Santander algo más que un mero referente paisajístico. En sus contextos económico, social y cultural, la ciudad que mira al sur siempre ha contado con el azul como referente. Las travesías marítimo-mercantes hacia Centroamérica, la entrada pausada de trasatlánticos infinitos, los años de bonanza económica merced a negocios vinculados al puerto, oficinas consignatarias de una tradición que va más allá del propio tiempo… El mar, la mar, generó riquezas y dispuso barreras entre clases sociales. Burguesía, grandes comerciantes, pescadores, pescaderos, regatistas y marinos. Las diferencias crean guetos y lugares de alta estirpe. El Real Club de Regatas de Santander, ya en sus inicios, se erigió como uno de estos últimos.

Pero para ser exactos, la palabra Real y todo lo que ellos conlleva, no llegará hasta pasados unos años de su fundación. El 28 de mayo de 1870, cuarenta y dos asiduos a reuniones en las que el leit motiv era discutir sobre excursiones y salidas a bordo de botes y balandros, deciden firmar el acta fundacional del Club de Regatas, estableciendo su sede social en el número 11 del Muelle. El primero de sus objetivos, según apunta Paloma Prieto en el libro que sobre la historia del club publicó en el 125 aniversario de la entidad, fue llevar a cabo una regata contra unos colegas bilbaínos. Pero una cuestión de fondo que navegaba entre los fundadores, fue la que terminó convirtiéndose como principal bastión: introducir mejoras en el salvamento de náufragos. Así, en octubre de aquel su primer año de vida, se reunían 18.793 reales de vellón en forma de suscripción popular. Las carencias demostradas por los métodos de rescate en un accidente sufrido por una lancha de pescadores, fue el detonante. Cartas a los cónsules españoles en diferentes países de la Europa de entonces para demandar botes salvavidas y otras acciones que demuestran que no se debe confundir elitismo con disgregación social. A veces, una firma de prestigio sirve para consolidar una demanda para los que tienen menos posibilidades.

Junto a esta actividad, el segundo de los grandes fines de la institución, divulgar y promover la importancia de la actividad náutica de recreo, continúa su empresa. Y en 1972 se bautiza como Velay al primer balandro encargado de manera específica por los socios. Este cruiser, propiedad de Eulalio Ardanaz, será el primero, pero no el último. Después llegaría el primero con nombre de mujer, que es el nombre con el que se escriben las grandes historias: el Ana María.

A partir de ahí, se puede afirmar que comienza la historia viva del club. De hecho, el primero de los grandes hitos llegó apenas 23 años después de su primer día de existencia: el respaldo de Alfonso XIII a su nombramiento como presidente de honor. La palabra Real ya se inscribe en el escudo del Club de Regatas. Llega el esplendor. Valga como muestra que, aquel mismo año, se disputó la primera edición de la Copuca, que a los seis años de su creación ya tendría propietario: el Lin –a destacar que sólo lograban hacerse con el trofeo quienes ganaran la competición durante tres años consecutivos–.

El fin del siglo XIX serviría para escribir sobre una escritura una de las grandes rúbricas en la historia del club: el 9 de junio de 1899, don Mariano Linares, como presidente de la entidad, hacía efectiva la compra del Palacio de Pombo, por la cantidad de 625.000 pesetas, a la entonces propietaria del inmueble, Everilda Pombo. La sede social, que todavía hoy sigue viva, quedaba constituía en la Plaza de Pombo.

La entrada en el nuevo siglo traería consigo, además la apertura de miras –en la Copuca sólo podían participar propietarios de balandros con puerto en Santander– y la creación, en el año 1900 de la Copa del Cantábrico, la primera de las grandes competiciones en la que se vería inmerso el Real Club de Regatas de Santander.

Los años corren, entre aprobaciones de reglamentos internacionales para las pruebas de regatas, la primera piedra de la Federación Española de Clubes Náuticos y la puesta en marcha de nuevas competiciones, como las regata–crucero, que unían villas alejadas entre sí.

El esplendor, sin embargo, comienza a decaer. En 1913 se convierte en irremediable la escisión entre el Real Club de Regatas y el incipiente Club Marítimo, al que irían a parar todos aquellos que promulgaban tanto una nueva sede, cerca del mar –como la que hoy tienen–, como una mayor vinculación con los deportes náuticos. Este nuevo estamento social se vería finalmente refrendado en 1927.

Pero retrocedamos unos años en el tiempo, regresando a 1914, el año no pasó en balde para ningún pueblo del mundo. La primera de las grandes guerras traería consigo años de penuria económica, lo que sumado a ese principio de escisión en las filas del club, comenzaría a hacer descender la curva de crecimiento del club. Desde entonces hasta hoy, poco hay más destacable que la propia subsistencia de un club hecho por y para sus socios, que decidieron mantener viva su memoria de la mejor manera posible: sosteniendo la supervivencia económica de la entidad.

La puesta en marcha, en la década de los setenta, del segundo bingo implantado en el país, proporcionando unos beneficios de cincuenta millones de pesetas en la España de 1978 y la subida de la renta a los locales comerciales que ocupaban los bajos del edificio, dejan unos interesantes réditos que sirven para remozar en parte el interior del club: las plantas segunda y tercera se adecúa para los juegos de mesa, el ajedrez y el billar. De hecho, uno de los más recientes nombres de campeón se escribieron sobre los tapetes verdes de este juego de habilidad: Enrique Herbón, socio del Real Club de Regatas, se convertiría en uno de los jugadores más destacados de la trayectoria de este deporte a nivel mundial.

Y así, hasta hoy. Hasta llegar a un edificio en el que las mujeres ya tienen su propia planta, la tercera, aunque, eso sí, ésta sea unisex –no como la segunda, donde sólo está permitida la entrada a hombres. A un club en el que sigue ondeando una bandera marinera, la grímpola que diseñara en 1870 el socio Abelardo Unzueta. A una entidad que, habiéndose ganado el nombre de Real, se ha ganado también haber sobrevivido a más de 125 años de historia.