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El cada vez menor número de jóvenes que trabajan en el sector primario es una las principales razones del éxodo rural, y también una de sus más evidentes consecuencias. La formación profesional agraria ofrece una de las claves para romper ese círculo vicioso e incorporar savia nueva a una actividad que, aseguran quienes viven de cerca el problema, es deficitaria en trabajadores y cuenta con un gran potencial de desarrollo. Pero la ganadería y la agricultura no logran arrancarse el estigma de otros tiempos y los estudios que se centran en esas materias son los grandes desconocidos del sistema educativo. Poner remedio a lo uno y a lo otro es uno de los retos olvidados en la lucha contra el éxodo rural.

Texto de Sara Sánchez Portilla Fotos de Nacho Cubero @Nachocuberofoto

Según datos del Instituto Cántabro de Estadística (Icane), la región cuenta con más de 6,000 profesionales del sector primario, sin embargo no todos están cualificados, es decir, no han recibido formación profesional para desempeñar las diferentes funciones que realizan. Las estadísticas indican que más de 200 personas, aún estando activas, carecen de estudios superiores relacionados con el sector al que pertenecen. Despertar el interés de los jóvenes en la formación profesional agraria es la clave para parar la sangría del campo, ya que se prevé que en el transcurso de una década se necesitará la incorporación de más de 400 profesionales. A esto se suma el despoblamiento rural que sufre la región, que tiene una pérdida de 2,500 habitantes por año según datos del mismo Icane. Si no hay ganaderos y agricultores en los pueblos, apuntan quienes viven el problema más de cerca, “no habrá más, porque aquí empieza la historia del medio rural”. Cantabria es una región con gran riqueza de campos, siendo estos el lugar de trabajo de las labores agrarias, es “vital” que sean explotados, ya que ofrecen un “futuro prometedor” que puede acabar con la amenaza que supone que no se incorporen activos y el despoblamiento.

Alumnos del Centro Integrado de Formación Profesional la Granja de Heras, siguiendo una clase de practica.

El sindicato UGAM-COAG y el Centro Integrado de Formación Profesional la Granja de Heras llevaron a cabo el pasado mes de mayor unas jornadas para concienciar e incentivar a los jóvenes a que se interesen e incorporen al sector mediante la formación profesional. “Sin jóvenes no hay futuro”, recalcó durante ese encuentro el secretario general de COAG, Miguel Blanco, quien además indicó que solo se están incorporando un tercio de los agricultores y ganaderos que se necesitan, algo que consideró “lamentable” teniendo en cuenta que solamente el 9% de los perceptores de la PAC tienen menos de 40 años, y que el 40% de dichos perceptores ya están jubilados. Aquellos que pueden hacer que el medio rural vuelva a estar en auge, explicó, son los estudiantes que han cursado la formación para ejercer en el sector primario, los que la están cursando y los que la cursarán. Los que han acabado y están acabando sus estudios son la esperanza del sector, pero el verdadero reto que apuntaron los participantes en el encuentro celebrado en Heras está en los que aún no han decidido a dónde orientar su formación, y que en ocasiones ni tan siquiera saben que existe esa oferta educativa.

Una vez acabada la Educación Secundaria Obligatoria o el Bachiller, los alumnos se plantean qué camino seguir, hacia donde dirigir su futuro profesional. Aquí entran en juego los orientadores de los centros educativos, la oferta educativa del momento y la información que puedan encontrar en internet y lo que no se menciona o publicita no existe. Esto es lo que ocurre con la publicidad educativa que se le da al sector primario, según Gaspar Anabitarte, secretario general de la organización agraria UGAM-COAG, que critica a un sistema educativo que durante muchos años “ha ignorado“ el sector agrario o “directamente lo ha despreciado”. ¿Cómo afecta la desinformación a aquellos que se plantean hacia dónde dirigir sus estudios?, ¿y si futuros agricultores y ganaderos han decidido cambiar el camino de sus estudios debido a dicha desinformación?

“Hay que procurar que los hijos de ganaderos sean los que se queden porque en principio, son los que tienen mejores condiciones, pero también hay que intentar que los hijos de los arquitectos o albañiles, por ejemplo, quieran hacerse ganaderos o agricultores. Desgraciadamente eso no ocurre, y no porque no haya vocaciones, sino porque el sistema educativo no lo incentiva”, explica. Para él, hay futuros activos con potencial, bien porque su familia se dedique a las labores del campo o bien porque son estudios necesarios para la vida, para alimentar a la población y además Cantabria con las condiciones naturales para hacerlo.

Según datos proporcionados por Anabitarte, la ganadería en España ha crecido: “Hace poco éramos deficitarios de un 10% y ahora lo somos de un 13%, esto precisamente no son señales de que el sector esté en declive”, recalca. Si la población está en un continuo crecimiento también tiene que haber un aumento del consumo de alimentos, por lo que el problema no está en que no haya consumidores sino que no hay quien elabore el producto. El secretario general de UGAM calcula que a lo largo de los próximos diez años serán necesarias más de 400 incorporaciones al sector en Cantabria, por lo que para ello es necesario que se pongan en marcha diversas medidas: “La Consejería de Educación y también la de Ganadería tienen llegar a un acuerdo para  generar un mecanismo, una estructura, que dé paso a los chicos para que en cuanto acaben sus estudios tengan la oportunidad de tener un futuro en esta profesión”.

Actualmente hay 307 alumnos en el Centro Integrado de Formación Profesional la Granja de Heras, repartidos en 7 titulaciones diferentes que tienen el factor común de pertenecer a la familia agraria. Pueden elegir entre formación básica, ciclos medios y ciclos superiores que son todas las ramas educativas que tiene el centro. Cabe destacar que los estudiantes tienen la opción de una educación presencial o a distancia, aunque no todas las titulaciones ofrezcan esta última opción. El director del centro, Sergio Silva, explica la situación de La Granja: “Estamos en continuo crecimiento, en crecimiento progresivo, hemos pasado en cinco años de tener tan solo 250 alumnos a llegar a los 300, esto ha implicado que la plantilla de profesorado se haya doblado con 40 profesores habiendo empezado con 20. No obstante, esto no quiere decir que haya aumentado masivamente el número de alumnos, que sí, sino que también hemos aumentado las titulaciones, de manera que cada vez hay más alumnos que vienen a estudiar formación profesional por la variedad de opciones”.

Sergio Silva , director del Centro integrado de Formación Profesional la Granja de Heras.

Dicha variedad fomenta el interés del futuro alumnado: cuantas más opciones, más estudiantes pueden matricularse en los ciclos. La Granja de Heras ha ampliado este año su oferta educativa implantando una nueva modalidad, el ciclo formativo de Actividades Ecuestres, siendo pioneros en tenerlo y el único centro en España donde puede cursarse. ”Tenemos bastante demanda para el nuevo ciclo, ofertamos 20 plazas para las que se han presentado más de 100 solicitudes”, recalca.

Hay que tener en cuenta también quiénes deciden continuar sus estudios, empezar a trabajar o dedicarse a otros menesteres. “Podríamos decir que mas o menos el 50% de los que titulan siguen en el sector trabajando, un 30% sigue estudiando y el resto ni estudia ni trabaja, o bien van al paro o dejan el sector”. Aproximadamente solo 60 estudiantes de esos 307 abandonan sus estudios o no quieren dedicarse a lo que han estudiado, por lo que casi 250 de ellos serían las nuevas y posibles incorporaciones al sector. Con todo, para Silva siguen siendo “muy pocos” los alumnos que hay en el centro ya que solo en Cantabria trabajan en el sector primario unas 7,000 personas y, según indica, solo el 3% de los que pertenecen a dicho sector tienen formación reglada, por lo que es necesario formar profesionalmente a quienes vayan a dedicarse a las labores agrarias para mejorar su preparación tanto en conocimientos como en la práctica.

“Que haya un centro como este es una apuesta de futuro, pero es verdad que hay que darle una vuelta de tuerca y un salto de calidad para que en lugar de 300 alumnos dentro de unos años podamos estar hablando de unos 900”. La clave para conseguirlo, señala el director del centro formativo de Heras, no está solo en proporcionar más salidas laborales aumentando los ciclos, sino también en la difusión. “Hay un desconocimiento de que existe formación específica, y cuando me refiero a desconocimiento no es solo de los ciudadanos, sino también de la Administración. Constantemente trabajamos con ayuntamientos que no saben que existen estos estudios, y a veces aun sabiendo que existen no calibran qué tipo de formación es”, por lo que tienen que trabajar en esa “gran labor pedagógica” a nivel local y regional, recalca Sergio Vidal, para acabar con el desconocimiento de estos estudios. Cree que para ello ha de “intensificarse” la labor de los orientadores en los institutos debido a que “no hay un conocimiento en detalle de lo que hay y de lo que supone lo que hay”. También añade la necesidad de “coordinación” entre las consejerías del sector primario y las Consejerías de Educación y de Economía, Hacienda y Empleo. “Si se unen y crean una estrategia conjunta e inteligente se dará un salto de calidad sino, es imposible” , puntualiza.

La comunidad autónoma de Cantabria ha tenido mucha tradición agrícola y ganadera, pero esa tradición se está perdiendo porque la gente se jubila, la población se envejece y la población joven no se dedica a las labores de los que ya se han jubilado. “Es necesario un relevo generacional, si no lo logramos el sector decae. Primero deberíamos aspirar a ese relevo y luego promocionar y difundir”, detalla. Otra de las propuestas clave que propone Vidal es la puesta en marcha de algo parecido a un “plan Renove” en el que se establezcan medidas legales para facilitar que la juventud, una vez acabados sus estudios, coja las el relevo de aquellos que se han jubilado y mantenga vivo el sector. No obstante, esto no servirá si a todo ello no se le da la difusión que requiere, si no se crea una unión por un interés común, el de sacar adelante el sector agropecuario.

La estructura del territorio de Cantabria, con los terrenos más fértiles en disputa por otras ocupaciones, limita enormemente la capacidad de la región para la producción agrícola. La imposibilidad de competir con grandes volúmenes obliga a buscar cultivos que destaquen por su calidad y valor añadido, una labor que ocupa buena parte de la labor del Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA), el organismo dependiente de la Consejería de Medio Rural encargado de testar la viabilidad de producciones que puedan complementar la actividad ganadera. Todos los proyectos que se ponen en marcha, explican sus responsables, buscan ser aplicables cuanto antes.

Texto: J. Carlos Arrondo Fotos: Nacho Cubero

Su tradicional dependencia de la ganadería, especialmente del vacuno de leche, ha hecho que el sector primario cántabro cada vez fuera más frágil y vulnerable. La progresiva crisis ganadera ha dado forma al convencimiento de que es necesario fomentar alternativas para apuntalar y apalancar la economía agraria a través de otras vías. Estas pasan fundamentalmente por la diversificación, empeño en el que la agricultura parece tener un importante papel que jugar. En el proceso de promover iniciativas y poner en marcha innovaciones que impulsen la actividad agrícola, cobra especial importancia la labor del área de hortofruticultura  del Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) –dependiente de  la Dirección General de Ganadería y Desarrollo Rural de la Consejería de Medio Rural, Pesca y Alimentación–  dirigida a buscar las mejores alternativas, adaptadas al medio y con un alto grado de calidad.

El territorio cántabro es pequeño y, en buena medida, montañoso. Los terrenos de fondo de valle, los más fértiles e idóneos para el cultivo, son también los más apreciados para la ampliación de las zonas urbanas, para la instalación de polígonos industriales o para la construcción de infraestructuras y vías de comunicación, por lo que cada vez son más disputados. “Los terrenos óptimos para el sector agrícola son menos del 6% de la superficie de Cantabria y en descenso continuado. Salvo en la zona del sur, llana y con una despoblación importante, donde hay terreno disponible, en el resto de Cantabria las producciones necesariamente tienen que ser pequeñas”, advierte Benito Fernández, jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural del Gobierno de Cantabria. La imposibilidad de competir con grandes volúmenes obliga  a hacerlo con productos que destaquen  por una alta calidad: “Es lo que vamos buscando desde hace años. Ahí están las prospecciones de nuevos productos, nuevas semillas, formas de producción ecológica, etc, que pueden tener un valor añadido en el mercado”.

A diferencia de los centros del CSIC o de las universidades, dedicados a la investigación básica, el CIFA forma parte de la red de centros de investigación agraria aplicada que hay en las comunidades autónomas. Benito Fernández precisa que, por su reducido tamaño y escaso personal, debe focalizar mucho el objeto de sus actividades: “Tenemos que alejarnos de la investigación básica, pero además tenemos que hacerla aplicada a nuestras condiciones, que son muy distintas a las que tienen, por ejemplo, en Andalucía. Todos los proyectos que ponemos en marcha tienen la finalidad de ser aplicables en cuanto se pueda”. Dada la importancia del sector ganadero, una parte significativa de las líneas de investigación del centro está relacionada con la producción de leche y carne de vacuno, pero en torno al año 2000 se produjo un cambio de orientación que ha llevado a que los proyectos en el área hortofrutícola fueran teniendo más presencia. “Uno de los ejes fundamentales del CIFA es la diversificación, encontrar alternativas que puedan reequilibrar la economía agraria en Cantabria”, indica el jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural.

Los primeros proyectos agrícolas acometidos bajo la estrategia de diversificación fueron la vid y el arándano, dos cultivos que, partiendo prácticamente de cero, en pocos años experimentaron un gran crecimiento. En 2001 apenas había 34 hectáreas de viñedos registradas en Cantabria, prácticamente todas en Liébana y dedicadas a la producción de un orujo de poca calidad. “Cuando empezamos con los desarrollos experimentales se anduvo mucho en poco tiempo. En 2012 ya teníamos caracterizadas y tipificadas variedades, dos denominaciones de calidad de Vinos de la Tierra, que luego son Indicación Geográfica Protegida, y doce bodegas, que ahora son unas dieciséis”, recuerda el responsable de Agricultura y Diversidad Rural. Según el Registro de Explotaciones Agrícolas, actualmente hay 166 explotaciones y una superficie cultivada de viñedos de unas 122 hectáreas. Benito Fernández aclara que no sólo ha aumentado la cantidad, sino también su rendimiento y calidad: “Es viñedo en producción. Las variedades han mejorado, se cosecha cuando hay que hacerlo, el vino lo elaboran enólogos y empieza a ganar premios internacionales. La producción sigue siendo pequeña, pero es otro mundo”.

La otra gran iniciativa en diversificación fue investigar las opciones que ofrecía el cultivo del arándano en Cantabria. Las perspectivas eran buenas y llegó a aparecer alguna iniciativa privada que facilitaba el montaje de una explotación ‘llave en mano’, aspectos que favorecieron un ‘boom’ traducido en que, de no haber cultivo de arándanos, se ha pasado a las 155 hectáreas actuales. Benito Fernández lamenta que se introdujeran personas sin los conocimientos necesarios y que ahora, cuando se tienen que enfrentar a pérdidas por plagas y enfermedades o a una evolución del negocio distinta a la esperada, se muestran desencantadas: “Muchas entraron sin ninguna experiencia previa y sin haberse preparado adecuadamente. Ni en el cultivo, ni en la recogida, ni en la comercialización”.

Eva María García Méndez, investigadora responsable del área hortofrutícola, en uno de los inveraderos en los que el Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) trabaja en el desarrollo de cultivos.

Eva María García Méndez, investigadora en el área hortofrutícola, recalca la importancia de tener claro cómo va a comercializarse el producto cuando se hace una inversión de este tipo: “Hay gente que no piensa en dónde lo va a vender. Al menos hay que tener un esbozo para que te salga rentable. La agricultura no es sencilla, lleva muchas horas de trabajo y se tarda en empezar a tener resultados”.

Recuperar cultivos tradicionales

El Centro de Investigación y Formación Agrarias de la Consejería de Medio Rural tiene en marcha diferentes proyectos de investigación  dentro de una iniciativa para la recuperación de cultivos tradicionales. “En realidad son tres trabajos distintos. Primero hay que encontrar variedades interesantes, luego hay que conservarlas y, posteriormente, evaluar su puesta en producción”, matiza Benito Fernández. El objetivo es que puedan competir con unas variedades comerciales que aportan a los agricultores la garantía de un comportamiento homogéneo, resistencia a enfermedades y un rendimiento que les permite un sistema de producción más intensivo. De lo que se trata es de seleccionar y fijar entre las tradicionales aquellas que puedan ser más interesantes para el mercado, ofrezcan mayor calidad e incluso requieran menos aportaciones para su cultivo. Los investigadores pueden llegar a ellas prospectando bancos de germoplasma o la Red de Semillas o, incluso, porque alguien les pone en conocimiento de su existencia o se las hace llegar.

Posteriormente, se encargan de su conservación, tanto de la materia vegetal como de su utilización. “Los agricultores actuales normalmente compran variedades comerciales, y las de toda la vida, el legado de esas semillas y su uso, van desapareciendo con las personas mayores”, apunta Eva María García Méndez. La pregunta a la que se trata de dar respuesta es si estos cultivos tradicionales, una vez recuperados y conservados, son útiles para los agricultores. “Tienen que dar unas características mínimas en rendimiento y, sobre todo, en calidad, con unas características fisicoquímicas y organolépticas adecuadas”, explica la investigadora del CIFA. Pone el ejemplo del tomate, un proyecto iniciado en 2012 con unas veinte variedades procedentes de diferentes zonas de la región: “Estamos buscando que tenga elevado contenido de licopeno. También, desde el punto de vista sensorial que guste, que sepa a tomate”. La cifra inicial se ha reducido a seis y se ha iniciado un proceso de selección: “Tratamos de mejorarlas –sin perder la esencia de los cultivares tradicionales– y que el agricultor pueda disponer de ellas con un valor añadido. Es por lo que Cantabria puede apostar: por la calidad de sus productos, no por la cantidad”.

Detalle de control de uno de los cultivos.

Otro proyecto del CIFA ha permitido multiplicar y caracterizar morfológicamente una amplia cantidad de especies hortícolas tradicionales, focalizando ahora su interés en determinar las posibilidades que tienen la berza y la judía grano. También están trabajando en  la recuperación y conservación de cultivares locales de avellano y nogal, la conservación de una colección de germoplasma de manzana –tanto de mesa como de sidra–  para su caracterización e investigan las plagas y enfermedades emergentes que afectan a la patata. No toda la actividad del área de hortofruticultura se ciñe a las especies tradicionales. Pensando en la sinergia que pudiera haber con otros pequeños frutos, especialmente el arándano, se está analizando qué variedades comerciales de fresa podrían tener un buen rendimiento en Cantabria. Y  en fase más incipiente está un estudio de los cultivos  hortícolas en invierno bajo un sistema de producción ecológica. “Queremos ver las posibilidades que hay tanto en variedades comerciales como tradicionales. Vamos a ver técnicas de cultivo, épocas de siembra, etc, y a trabajar con guisante, acelga o espinaca”, detalla Eva María García Méndez.

Un reto al que se enfrentan los investigadores consiste en conseguir que los cultivos experimentales se desarrollen en unas condiciones reales. Las instalaciones del CIFA se ubican en una finca en Muriedas de algo más de dos hectáreas, incluidas las edificaciones –laboratorio, biblioteca, etc–, por lo que el espacio del área agrícola es pequeño. La consejería dispone de otros terrenos, pero están dedicados fundamentalmente a un uso ganadero y es difícil compatibilizar ambas actividades. La solución ha sido complementar los invernaderos del centro, donde realizan una actividad más intensiva y concentrada, con la colaboración de decenas de fincas privadas por la región. Esto puede tener el inconveniente de que la investigación, al realizarse en un campo ajeno, pueda verse condicionada por las circunstancias particulares del propietario, aunque el jefe de servicio de Agricultura y Diversidad Rural afirma que en general han tenido suerte con sus colaboradores y resalta la ventaja que supone tener varias ubicaciones: “Podemos jugar con diversas condiciones climáticas y del suelo y hacer una distribución que nos permita saber cómo se comporta algo en diferentes sitios”.

Transferencia inmediata

Una segunda ventaja que aportan es que dinamizan la transferencia de los resultados de los proyectos de investigación. Habitualmente se realiza mediante publicaciones divulgativas, monografías y publicaciones científico-técnicas o a través de cursos o jornadas. Para Benito Fernández las fincas colaboradoras contribuyen a que la transferencia sea más inmediata y más viva que con los mecanismos normales: “Esos agricultores con los que estamos trabajando están viendo cómo se comportan los cultivos y lo comentan con otros compañeros”. En su opinión, esta relación también es muy positiva para los investigadores: “Hay un ‘feedback’ muy importante. Están en contacto continuo con el sector y conocen lo que necesita y lo que puede ser interesante para el agricultor”. Esto facilita dirigir la actividad del centro hacia proyectos con un alto potencial, algo que para Eva María García Méndez requiere agricultores profesionales: “Que sepan realmente los pros y los contras de meterse en este tipo de cultivos, tanto los existentes como los nuevos que puedan aparecer”.

A pesar de sus posibilidades, en las condiciones actuales el CIFA tiene una capacidad de crecimiento muy limitada. La sección de Investigación y Formación Agrarias es una unidad administrativa perteneciente al servicio de Agricultura y Diversidad Rural, por lo que no tiene personalidad jurídica y está supeditada a un presupuesto anual, que en 2019 es de 217.000 euros. “Somos pequeños y estamos condenados a ser pequeños mientras no cambie el ámbito jurídico en el que nos movemos”, indica su responsable. Subraya que la investigación requiere fondos y hoy en día prácticamente la única forma de conseguirlos es acudir a convocatorias específicas: “Pero para eso tienes que tener personalidad jurídica. Nosotros, como unidad administrativa, estamos atados de pies y manos para captar esos fondos, quedando circunscritos en gran medida a las disponibilidades presupuestarias del Gobierno de  Cantabria, en medio de las prioridades de financiación necesarias que hay por todos los lados, sanidad, educación, etc.”. La situación podría cambiar con la aprobación del proyecto de ley que regula el Instituto para el Desarrollo Rural de Cantabria (IDERCAN), un organismo autónomo, con capacidad para obtener y gestionar recursos, en el que quedaría integrado el CIFA. El nuevo status permitiría al centro contratar más personal, acceder a proyectos de mayor dimensión y, si consigue buenos resultados, introducirse en un círculo virtuoso en el que crecería.

El futuro del CIFA tampoco debe desligarse del de una agricultura emergente en Cantabria. En el balance de fortalezas y debilidades, Benito Fernández destaca que para  la consolidación y la evolución del sector es una ventaja que las personas que entran en él normalmente son jóvenes y con unas características sociales diversas: “Esto revitaliza mucho el campo porque vienen con otras ideas”. Sin embargo, alerta de dos grandes inconvenientes. Uno  es de tipo social: “En Cantabria hay un gran fallo asociativo. Frente a los problemas del mercado, mientras no tengamos buenas estructuras de comercialización, sobre todo con el exterior, los agricultores tienen que asociarse y no lo hacen. Es un gran hándicap”. El otro es que, a pesar de contar con muy buenas condiciones climáticas y de suelos, el espacio para producir es reducido: “Hay que aprovecharlo muy bien y defenderlo. No podemos tener mucha cantidad, pero podemos tener productos de alta calidad y un sector agrícola potente”.

La desaparición de las cuotas lácteas y la liberalización del mercado ha supuesto la confirmación definitiva de una realidad que los ganaderos cántabros han venido constatando desde hace años: producir más leche no abarata los costes y no mejora la competitividad de las explotaciones. Ante eso, cada vez son más los que deciden volver a un modelo extensivo, con vacas alimentadas con lo que da la tierra, menos productivas pero también más longevas, y con una leche de mayor calidad. Que el mercado reconozca ese producto como diferente, y que esté dispuesto a pagar más por él, es principal reto a superar: la etiqueta ecológica y las pequeñas industrias artesanas son dos de las vías para lograrlo.

Un reportaje de J. Carlos Arrondo

Cada vez son más los ganaderos de vacuno de leche que, de manera análoga a lo que está ocurriendo en otras ramas del sector agroalimentario, se están dando cuenta de que el modelo intensivo de explotación les aboca al fracaso. La cadena de valor de la leche que producen ya no sigue la secuencia lógica de ir cubriendo los costes y añadiendo el margen de cada eslabón hasta llegar al precio final de venta al consumidor, sino que ahora son los últimos, las industrias elaboradoras, y especialmente las grandes distribuidoras, quienes marcan el paso, imponiendo unos precios de venta tan bajos que obligan a los productores a trabajar al límite de su capacidad. La presión de la industria, que demanda grandes cantidades de leche a bajo precio, y décadas de políticas europeas que han contribuido al rediseño del sector, han llevado al vacuno de leche a un modelo de producción intensiva, con explotaciones más grandes y vacas más productivas. Pero producir más litros de leche conlleva mayores costes en una alimentación que, además, produce más gasto veterinario y acorta la vida de los animales. Ante el fracaso que este modelo supone para muchos ganaderos, algunos están apostando por el regreso a otro más tradicional, con explotaciones más pequeñas, menor producción, reducción de costes y una apuesta por la calidad de su leche basada en una alimentación más natural y sana para las vacas.

No se trata de una corriente que vaya a poner en jaque el modelo intensivo, porque la industria va a seguir demandando grandes volúmenes de leche a bajo precio y proyectos como el de una granja para 20.000 vacas que se prepara en Soria cubrirán esa necesidad, sino de una visión de la ganadería que puede encontrar su cuota de mercado con explotaciones más ligadas al territorio. En Cantabria hay unos pastos y unos forrajes de alta calidad y producir leche, aunque sea en menor cantidad, puede resultar más barato si en lugar de concentrados se alimenta  a las vacas con lo que producen los terrenos locales. Gaspar Anabitarte, secretario general de UGAM–COAG, constata que entre los aproximadamente 1.300 ganaderos de leche que actualmente hay en Cantabria  abundan los que tienen explotaciones con una cantidad de vacas bastante mayor de las que el rendimiento de sus fincas es capaz de dar de comer, aunque considera difícil que giren al modelo extensivo: “El problema es que para los que han ido a un gran tamaño, con una rentabilidad minúscula que les obliga a producir muchos litros, volver de las 200 a las 50 vacas que podrían mantener perfectamente con su finca es muy complicado, porque muchos están atrapados por sus inversiones”.

Abaratamiento de costes y mayor calidad del producto

Las vacas que comen alimentos concentrados producen más leche que aquellas que se alimentan a base de pastos y forrajes cultivados en sus fincas por los propios ganaderos. No sólo son explotaciones con menos vacas, sino que estas producen menos. Sin embargo, el modelo compensa esta reducción con dos aspectos básicos. Por una parte,  el negocio experimenta un significativo abaratamiento de sus costes, principalmente en lo que se refiere a la alimentación de los animales y a la factura veterinaria, ya que enferman menos y su vida es más larga. Por otra, la calidad del producto aumenta, lo cual se traduce en un mejor precio de venta. Algunos estudios han llegado a la conclusión de que la leche de pastos contiene menos ácidos grasos saturados, que son un factor de riesgo para la salud cardiovascular, y más ácidos grasos poliinsaturados, que reducen la incidencia de enfermedades cardiovasculares, de la presión arterial, de la obesidad o de la diabetes, entre otros beneficios para la salud. Gracias a su calidad, la leche de pastos empieza a ser reconocida en el mercado como un producto por el que merece la pena pagar un precio algo mayor. En países como Holanda, Estados Unidos, Irlanda o Nueva Zelanda ya hay marcas que la comercializan y Central Lechera Asturiana acaba de sacar una línea de leche de pastos en España. En Cantabria otra empresa de la industria láctea, El Buen Pastor, junto a Agrocantabria, Deluz, UGAM-COAG y el Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA) formaron el año pasado un grupo operativo en Cantabria para promover la leche de pastos.

Simón Gutiérrez, trabajando en la quesería que ha montado en su propia explotación.

Sin embargo, la evolución hacia un modelo con un mayor aprovechamiento de los pastos, aunque mejora su posición, no acaba de solucionar a los ganaderos el problema de tener que vender un producto infravalorado por la industria, así que algunos de ellos están buscando en el mercado salidas que les proporcionen un mayor valor añadido. Actualmente, las principales oportunidades se están encontrando en la producción de leche ecológica y en la elaboración artesanal de derivados lácteos, como quesos, yogures o mantequilla. “El ganadero que opta por este camino no está compitiendo con el ganadero que le vende la leche a la fábrica, está buscando otros nichos de mercado. Es una decisión empresarial y tiene un riesgo que te puede llevar por delante, pero hoy por hoy optar por este camino parece mucho más atractivo, sobre todo para gente joven que se incorpora ahora”, explica el secretario general de UGAM-COAG.

Con 300 litros diarios, mejor que con 1.000

El Consejo Regulador de Agricultura Ecológica (CRAE), organismo dependiente de la Oficina de Calidad Alimentaria, se encarga de controlar los requisitos que han de cumplir aquellas explotaciones que quieran tener la etiqueta ecológica. El objetivo es conseguir  leche de calidad sin que en el proceso se utilicen productos químicos –abonos, medicamentos, etc– y respetando el medio ambiente. Gaspar Anabitarte tiene su ganadería en Udalla: “Estuve en intensivo y fui evolucionando hasta ecológico. Antes producía 1.000 litros diarios y ahora con 300 me va mejor. Hay una demanda muy grande: la industria quiere más leche ecológica y la paga bien. Ahora tiene un precio de medio euro frente a los 32 céntimos de la leche convencional. La diferencia es abismal”, aunque admite que se  trata de un nicho aún muy minoritario en Cantabria: “Del año pasado a este se ha doblado el número de ganaderos, pero sigue siendo muy pobre: éramos seis y hemos pasado a doce o catorce.  Para el ganadero es mucho más atractivo, pero por estar atrapado en la dinámica de la intensificación o por otras razones no acaba de entrar”. La leche ecológica sólo está siendo utilizada por la industria para producir leche fresca envasada y por ahora no está elaborando otros productos con ella. “Es un mercado todavía muy verde, que está creciendo y que seguramente tarde más de diez años en estar maduro, por lo que tiene una proyección enorme”, apunta Gaspar Anabitarte.

La industria, en la propia explotación

Una fórmula más tradicional de buscar una salida en el mercado y que está movilizando a más ganaderos es la fabricación artesanal de pequeñas cantidades de productos derivados de la leche. La elaboración de quesos y mantequillas con los excedentes de su producción es una costumbre muy antigua en las pequeñas ganaderías cántabras. En los años noventa del pasado siglo, La Bien Aparecida fue con sus yogures uno de los pioneros de una nueva hornada de artesanos que hoy cuenta con muchas otras iniciativas, generalmente pequeñas y muy enfocadas a los mercados de cercanía y a la restauración. Uno de estos emprendedores es Simón Gutiérrez Roiz, un joven ganadero de Santillana del Mar que ha puesto en marcha una quesería –Casa Milagros– como forma de dar valor a un modelo de explotación en el que lo primordial no es producir más sino hacerlo con mayor calidad.

Entre chicas y grandes, su ganadería alberga unas 45 vacas, de las cuales unas 28 están produciendo ahora una media de 25 litros diarios por cabeza. “Hay vacas con muy buena genética, de 40 o 45 litros,  y las hay de 18”, aclara Simón Gutiérrez, para quien producir más no es un objetivo: “Doy mucha más importancia a la calidad, busco una alimentación y una genética que dé más grasa y mejores proteínas, como  es la beta caseína A2”. Con un establo ocupado principalmente por vacas Holstein y algunas pintas rojas y Jersey, trata de evitar los cruces genéticos para no tener problemas con los partos o que las crías sufran deformidades o enfermedades raras. La calidad de su leche depende de factores que van desde la higiene o el confort del ganado hasta una alimentación que en su mayor parte procede de su propia finca: verde natural cortado en su punto y forraje que él mismo cultiva. “Tengo mucho terreno, casi toca a una hectárea por vaca. Apuro mucho el terreno, hago laboreo todo lo que puedo, siembro varias hectáreas de maíz, avena, guisante, cebada y trigo, resiembro prados que han tenido problemas, los fertilizo bien. Vendo forraje a otros ganaderos y cubro los costes de todo esto”, explica Simón Gutiérrez, aunque confiesa que también supone mucho trabajo.

A la izquierda, Simón Gutiérrez en su ganadería de Santillana del Mar. Arriba, Gaspar Anabitarte, secretario general de UGAM-Coag, en la finca en la que pastan sus vacas de producción ecológica, en Udalla.

Su producción, que reparte entre la elaboración de quesos y la venta de leche a la industria, ronda los 200.000 litros anuales. En Andía Lacteos, fábrica de Renedo que surte a Mercadona, están tan satisfechos con la calidad de su producto que este año le han subido en 50.000 litros la cantidad de leche que le compran. “El precio base es de 32 céntimos, pero sumando calidades nos ponemos en casi 60”, apunta el ganadero de Santillana del Mar. Su dependencia de la industria láctea, al menos en parte, se debe a que por ahora la producción de quesos es pequeña y estacional: “Se hace mucho de marzo a agosto y hay otro repunte para la navidad. De diciembre a marzo se produce menos”.

Casa Milagros no tiene comerciales y es el propio Simón quien distribuye los quesos con su furgoneta por Santillana, Suances, Torrelavega y algo en Santander, en puntos de venta de cercanía y en restaurantes en los que su producto es muy apreciado. Además, un distribuidor de Santander lo comercializa a nivel nacional y europeo: “Lleva unos 300 quesos a la semana, aunque este mes ha llevado unos 1.500. Nos adaptamos al formato que quería, a que la etiqueta tuviera unas determinadas características y estamos contentos”.

Simón Gutiérrez recalca que su queso no tiene conservantes ni otros ingredientes añadidos. Su estrategia pasa por ir mejorando su elaboración y ganar en calidad, no en producción.  Actualmente tiene un precio para el consumidor de unos 18 o 20 euros el kilo, aunque aspira a  venderlo más caro. Sus perspectivas de futuro contemplan la posibilidad de producir únicamente para la quesería: “Cuando acabe de pagar todo lo ‘gordo’, me gustaría dejar sólo las mejores vacas para elaborar el queso y dejar de producir para la fábrica, pero ahora no es posible. También quiero hacer algún otro producto de mucha calidad, pero que sea natural y no haya que añadirle nada”.

Mientras llega ese momento y sigue produciendo para la industria, Simón Gutiérrez Roiz valora entrar en el nicho de la leche ecológica, aunque le frenan algunas reticencias a ciertos requisitos a los que obliga el modelo: “No estoy de acuerdo con todo. A mis vacas no las puedo dejar con un trastorno alimenticio sin unas vitaminas o sin un antibiótico cuando un día tengan una pulmonía”.

Los ganaderos que están apostando por el modelo extensivo, basado en pastos y ligado al territorio, que buscan obtener un mayor valor añadido introduciéndose en nichos como el ecológico o en la elaboración artesanal de productos lácteos, desmienten el tópico de que el sector está anclado en el victimismo por una mala situación más o menos perpetua. También lo intentan hacer organizaciones como UGAM-COAG, la Escuela de Juventud Emprendedora de Cantabria (EJECANT), el Centro de Investigación y Formación Agrarias (CIFA), la Agrupación de Cooperativas y Sociedades Laborales de Cantabria (ACEL) o el Grupo de Restauración Deluz al crear recientemente el  grupo operativo ‘Red de artesanos transformadores y vendedores de leche de pastos’. Está dirigido a jóvenes emprendedores, tanto si son ganaderos como si no, y su objetivo es mejorar la rentabilidad de las producciones ganaderas de leche, con el aprovechamiento  de recursos propios, considerando las ventajas que esto supone para la economía local.  En este sentido, Gaspar Anabitarte es partidario de ofrecer una visión positiva de la aportación de este tipo de ganadería a la sociedad: “Es un modelo tradicional, pero a la vez se convierte en lo más progresista y actual. Produces con unos valores de calidad del producto, de alimentación, de sanidad para el consumidor, de bienestar animal, de cuidado del medio rural y medioambientales”.

Los mariscadores de Cantabria viven con el agua al cuello desde que hace unos años las poblaciones de almeja comenzaran a caer sin remedio. La veda impuesta en varias zonas sobre este molusco ha llevado a muchos profesionales a explotar nuevas especies –ostras y erizo, principalmente– y a reclamar al Ejecutivo regional la apertura de otras pesquerías, como la de la ortiguilla de mar. A la espera de que se recuperen las primeras y se consoliden las segundas, el sector sobrevive como puede gracias al muergo, las ayudas y otros trabajos esporádicos con la mirada puesta en un futuro que irremediablemente pasa por la diversificación.

Texto de Manuel Casino @mcasino8

El futuro de los mariscadores cántabros está en la diversificación del sector. Así lo entiende la directora general de Pesca y Alimentación del Gobierno de Cantabria, Marta López, y lo corroboran los presidentes de la cooperativa de segundo grado La Campanuca y de la Asociación Arcisa, José Luis Álvarez y José Luis Setién, respectivamente, conscientes, todos ellos, de que esta actividad extractiva de la que dependen directamente algo más de un centenar de familias atraviesa sus horas más bajas ante la caída en picado de las poblaciones de almeja, tradicionalmente su principal fuente de ingresos.

Según explica López, los estudios que desde 2005 y cada cinco años realiza la Consejería de Medio Rural, Pesca y Alimentación para conocer la evolución de los recursos marisqueros ya reflejaban en 2010 una situación “preocupante” para este molusco, pero el correspondiente a 2015 dibujó una situación aún más dramática de lo esperado: los stocks de almeja fina –la más apreciada– “habían descendido un 70% a lo largo de la última década, mientras que los de la almeja japonesa lo habían hecho en hasta el 95% en la bahía de Santander y en un 75% en las marismas de Santoña”, recuerda.

Este informe que el presidente de La Campanuca no cuestiona pero sí critica porque, a su juicio, se limita a ofrecer un censo de las poblaciones “sin explicar ni detallar las causas de este descenso tan acusado”, llevó al Ejecutivo regional a aprobar a finales de 2015 un plan de recuperación marisquera de Cantabria, encaminado fundamentalmente a recuperar los bancos de almejas y que, como primera medida, conllevó el cierre de esta pesquería en los estuarios de Santander, Mogro y San Vicente de la Barquera, una veda que aún hoy continúa en vigor.

En paralelo, la Consejería también diseñó un programa de recuperación que hasta la fecha ha permitido la siembra de dos millones de ejemplares de almeja japonesa, repartidos a partes iguales entre la bahía de Santander y las marismas de Santoña, así como de otros 360.000 ejemplares de almeja fina en la ensenada santanderina. El proyecto, dotado con 180.000 euros para este ejercicio, está previsto que concluya esta misma primavera con la siembra de otros 150.000 ejemplares de almeja fina en las marismas de la villa marinera.

Marta López, directora general de Pesca y Alimentación del Gobierno de Cantabria.

Pero hasta que no se conozcan los resultados finales de este plan y pueda abrirse alguna zona al marisqueo, circunstancia que en ningún caso ocurrirá antes del próximo año, la directora general de Pesca apuesta por la explotación de otras especies convencida de que, hoy por hoy, “no hay marisco para todos”.

En este propósito, López saluda las últimas iniciativas puestas en marcha en la bahía santanderina para la cría del cachón o el mejillón, y resalta los buenos rendimientos cosechados por la ostra, que empezó a explotarse en 2012; o más recientemente por el erizo, cuya su primera campaña, iniciada en octubre pasado, se ha cerrado con más de 10.000 kg. recogidos.  Además, califica de “espectacular” la calidad del muergo, el otro molusco que junto a la almeja constituye la base del sector marisquero en Cantabria.

El presidente de Arcisa, asociación que agrupa a unos 25 mariscadores de Argoños, Cicero y Santoña, de los que un 20% son mujeres, coincide en que el camino pasa por diversificar las especies. Pero también por abrir más zonas. En este sentido, recuerda que hace un par de meses solicitaron formalmente por escrito a la Consejería la explotación de la ortiguilla de mar, un recurso pesquero que según recalca “nunca se ha explotado en Cantabria”. La petición, sin embargo, todavía no ha prosperado porque el Ejecutivo cántabro arguye que “no dispone de un estudio para conocer si hay muchas o pocas. Y que hacerlo es caro y ahora no tiene dinero”, lamenta Setién. “Lo que más nos mata a nosotros es que la Consejería fíe todo a estudios e informes. Tienen que patear un poco más la costa y si no, que tengan más en cuenta la opinión de los mariscadores”, reclama.

Explotación de almeja

Además, el presidente de Arcisa espera que salgan los números y se cumpla el nuevo plan de explotación de la almeja de Santoña propuesto por el Gobierno cántabro para este año, que prevé un stock explotable de 7.100 kg, prácticamente el doble que en 2016, de los que 6.000 kg corresponden a la zona del Canal de Boo y las 1.100 restantes a Cicero. “Ojalá amén sea cierto y nos podamos dedicar a pescar, que es lo único que queremos”, sentencia antes de aclarar que la zona de Boo “lleva 17 años cerrada y no sé si habrá tantas almejas como apuntan los muestreos”.

En cualquier caso, Setién destaca que esta campaña abierta a un máximo de 40 mariscadores profesionales no podrá iniciarse en las fechas previstas por culpa de la ‘marea roja’ –concentración alta de biotoxinas lipofílicas en los bancos marisqueros que aparece por causas naturales– que desde principios de abril afecta a las aguas de Cantabria y que ha obligado al Gobierno regional a prohibir temporalmente la extracción de moluscos bivalvos en tanto en cuanto los niveles de estas toxinas no estén por debajo de los establecidos como seguros por la normativa vigente.

José Luis Álvarez, presidente de la cooperativa La Campanuca, que integra a 45 mariscadores del entorno de Santander.

Aunque daría por bueno poder empezar a extraer almeja en el Canal de Boo a mediados de mayo –el periodo hábil aprobado se extiende desde el 1 de mayo al 30 de septiembre–, este mariscador echa sus cuentas y precisa que “lo que en principio puede parecer muchos kilos en realidad no es para tanto”. Según razona, “si los 40 mariscadores nos dedicáramos en exclusiva a extraer el cupo máximo fijado de 15 kilos semanales, tendríamos pesca para dos meses y medio y se acabaría el stock. Así, en el mejor de los casos cada uno obtendríamos unas ingresos de entre 360 y 500 euros mensuales, en función de si la almeja es fina o japonesa. Ahora, quítale gasolina, seguros sociales y el 4% de la lonja y mira a ver qué te queda. Por eso debemos diversificar”, insiste Setién. Por el momento, y a la espera de cómo evoluciona el muergo, cuyas ventas se concentran fundamentalmente en verano, el presidente de Arcisa asegura que el marisqueo lo está salvando la ostra. “Nos ha resuelto el año”, concede aliviado.

No muy distinto es el caso de los 45 mariscadores del ámbito de la bahía de Santander que pertenecen a La Campanuca, a los que el paro biológico de la almeja decretado desde enero de 2016 les ha obligado a buscarse la vida como buenamente pueden. “Ahora sobrevivimos del muergo, de los trabajos de siembra y cuidado de los parques de almeja programados por el Ejecutivo cántabro y de acuerdos puntuales con la Autoridad Portuaria”, explica el presidente de esta cooperativa de segundo grado en el que el 60% de sus miembros son mujeres. Con una edad media de 53 años, estos mariscadores también solicitan a Medio Rural, Pesca y Alimentación la apertura de nuevas explotaciones porque “no se puede vivir de lo que hay”.

A la petición de la ortiguilla de mar formulada por Arcisa, José Luis Álvarez suma la posibilidad de extraer el erizo “con sistema apnea” –tubo corto de 20 cm–, “la recuperación del cachón” con un sistema de desove que ellos mismos han vuelto a instalar y “más estudios o analíticas para poder abrir antes algunas zonas”.

En su lista de reivindicaciones, Álvarez no se muestra especialmente crítico con la consejería de Jesús Oria, pero sí con el departamento de Medio Ambiente dirigido por la vicepresidenta Eva Díaz Tezanos. “Yo con Pesca no me puedo quejar, peso sí con Medio Ambiente”, subraya antes de justificarlo: “Les hemos pedido que todos los polígonos industriales del arco de la bahía, que son muchos, tengan sus sistemas de depuración porque, de lo contrario, el saneamiento está incompleto y el realizado en Santander no sirve de nada. Además, hace un año solicitamos poder participar en algunos otros trabajos, como la eliminación del plumero, pero la vicepresidenta aún no nos ha contestado”, censura contrariado.

Furtivismo

En lo que ambos mariscadores convienen abiertamente es en que la Administración podría hacer “algo más” en su lucha contra el furtivismo, una práctica que “nos ha dejado sin percebes en toda la costa de Cantabria”, según mantiene el presidente de Arcisa. Así, tanto Setién como Álvarez reclaman extender al resto de especies el mayor seguimiento y número de controles que reconocen que ya existe para la angula. “Echamos de menos más inspectores y que se amplíe la vigilancia a restaurantes y puntos de venta final del marisco, tal y como se hace en Asturias”, reivindica el presidente de La Campanuca, quien no esconde su temor a que los furtivos “vuelvan a fijarse en la almeja una vez su población se consolide en la bahía”.

La directora general de Pesca, por su parte, asume la existencia de este problema focalizado en el percebe y que, en su opinión, se ha disparado por culpa de la crisis. “El perfil del furtivo es el de una persona en riesgo de exclusión social al que le da igual que le multes que no. Y así resulta muy difícil controlarlo”, explica Marta López agradecida al apoyo “muy importante” que recibe del Seprona para combatir esta actividad ilegal. Niega, en cambio, que no se haya intensificado el control y las sanciones a los restaurantes ya que, recalca, “hemos impuesto las suficientes como para disuadir a quienes lo hacen”.

Lo que sí une y mucho a los tres es su confianza en que el sector saldrá adelante. “Sería una gran alegría. Es un reto que veo complicado pero no imposible”, resume la directora general de Pesca. “Somos supervivientes y si no se hace ninguna tontería en un par de años saldremos a flote. Hay que asumir que son rachas y que ésta está siendo muy mala”, apostilla el presidente de Arcisa, quien reivindica “más diálogo” convencido de que así “llegarán los acuerdos”.

José Luis Álvarez, por su lado, avanza que “cerraremos este año como podamos” y conviene que el próximo seguramente todavía no será el de la definitiva recuperación. “Pero claro que el marisqueo tiene futuro. De no ser así, ya lo hubiera dejado hace mucho tiempo”, concluye esperanzado.

Poco más de 500 euros al mes

Cada uno de los 107 mariscadores profesionales actualmente en activo en Cantabria obtuvo el pasado año un promedio de ingresos de 516 euros mensuales, 25 más que en 2015, según datos facilitados por la Consejería de Medio Rural, Pesca y Alimentación. Se trata, como destaca Marta López, de valores medios que no ocultan la gran diferencia de ganancias que existe entre unos profesionales y otros y lo difícil que resulta extraer conclusiones sobre cuánto gana un mariscador. De hecho, el menor ingreso declarado en 2016 fue de un promedio de 18 euros mensuales, mientras que el mayor alcanzó los 2.207 euros al mes.

En 2015, el mariscador que logró los mayores ingresos en un mes declaró 7.030 euros en noviembre. El pasado año, el que más facturó fue en el mes de diciembre, con 6.267 euros declarados. La Consejería detalla que las ocho especies actualmente en explotación son almeja, muergo, ostra, mejillón, percebe, angula, cachón y erizo.

Naturix Cantabria, la empresa creada a partir de la histórica Tinamenor, estrena denominación comercial y da forma a los planes para sacar al mercado los primeros ejemplares de la nueva generación de lubinas y doradas nacidas en sus instalaciones. El que fue uno de los principales criaderos europeos quiere recuperar su posición en el sector y abrir una línea de producto completamente nueva: la comercialización de alevines para su consumo, algo que nadie ha intentado antes.

Por Jose Ramón Esquiaga @josesquiaga

Por una de esas circunstancias que tienen que ver con los avatares empresariales, la nueva generación de lubinas y doradas nacidas en los márgenes de la ría de Tina Menor –en una piscifactoría que se conocía con ese mismo nombre hasta hace apenas unos meses– es a la vez la última, y la primera. Porque los alevines que ahora creen allí, y que se cuentan ya en unos cuantos cientos de miles pero que son tan pequeños que cuesta apreciarlos a simple vista, son vástagos de los reproductores que dejó la antigua Tinamenor, pero son ya fruto de la labor de quienes trabajan en Naturix Cantabria SL, la sociedad que ha asumido la responsabilidad de volver a poner en marcha la producción tras hacerse con el control de la que fue una de las principales empresas españolas en el ámbito de la acuicultura. Las casi microscópicas crías de dorada y lubina no estarán en condiciones de llegar al mercado hasta el próximo verano, aunque son ya el símbolo del renacimiento de la empresa, que quiere volver a hacerse fuerte allí donde lo fue su antecesora pero también abrir nuevos caminos para su producto.

Naturix Cantabria se hizo cargo de lo que fue Tinamenor tras cerrarse el proceso de liquidación de esta, coincidiendo con el arranque del año en curso y después de que se renovara la concesión para seguir operando en las instalaciones que se levantan junto a la ría en la que desemboca el Nansa. Desde hace unas semanas, la empresa opera ya con SonRíoNansa como nueva denominación comercial, un nombre con el que quieren identificar tanto el producto como la propia factoría. La nueva sociedad tiene como uno de sus socios a Naturix, y alguno de los enfoques estratégicos de la renacida piscifactoría cántabra –en particular la apuesta por el producto ecológico– tienen mucho que ver con la presencia en su accionariado del que es uno de los grupos de referencia dentro de la acuicultura española. Pero, por lo demás, no son muchas las sinergias que pueden generarse entre la actividad de esta última y de la empresa cántabra. Pese a ello, y a que por esta parte no pueda esperarse ningún incremento de la demanda, el plan de negocio de los nuevos gestores se plantea objetivos muy ambiciosos, que superan ampliamente los máximos registros históricos alcanzados por la antigua Tinamenor.

Ana Pazos, responsable de la producción de alimento vivo, y Martín Alonso, gerente de SonRíoNansa.

De acuerdo con las previsiones, SonRíoNansa debería alcanzar una producción de 45 millones de peces en 2019, cuando las cifras más altas de Tinamenor se movían en el entorno de los 22 millones. Esa cota se alcanzaría ya el próximo año, en tanto que en el presente ejercicio –en el que no se espera tener ningún pescado que vender hasta agosto o septiembre– se producirían unos 10 millones de unidades de lubina y dorada. A esas cifras habría que añadir la producción de moluscos –150 millones a partir de 2018, 70 millones ya este año– aunque este último es un producto en el que se esperan menos novedades respecto a lo ya conocido en tiempos de Tinajero.

Desestacionalizar la demanda

Los planes de crecimiento de la piscifactoría cántabra se sustentan en dos pilares: el incremento en la capacidad de la planta y la búsqueda de fórmulas que permitan paliar la estacionalidad con la que están habituados –y resignados– a trabajar en el sector. La planta que se levanta a orillas de la ría de Tina Menor es lo que en acuicultura se conoce como una ‘hatchery’, un término inglés cuya traducción da una idea bastante acertada de su función: criadero. Nada de eso cambia en los planes de Naturix Cantabria para SonRíoNansa, en donde seguirán naciendo las diminutas larvas de pescado que con el paso de las semanas se convierten en alevines y que al cabo de cinco meses, con un peso de unos 10 gramos, se convierten en el producto que vende la factoría. Es en este último paso donde aparece la primera novedad respecto a lo que hasta ahora se hacía: la comercialización directa del pescado al consumidor.

Como cualquier otra ‘hatchery’, Tinamenor vendía sus alevines a las granjas de engorde, en las que las lubinas y doradas viven hasta los 18 o 36 meses –bien en jaulas en el mar, o bien en esteros en tierra– hasta alcanzar el peso con el que son sacrificadas y llegan al mercado. Para SonRíoNansa los engordadores seguirán teniendo la condición de clientes preferentes, y a ellos irá destinada la mayor parte de la producción, pero espera vender una parte significativa de sus alevines para consumo, en conserva y en fresco. SonRíoNansa, explica su gerente, Martín Alonso, está ya realizando pruebas con una conservera, y ha cerrado acuerdos con un mayorista de Mercamadrid, para abrir una línea de producto que no solo será nueva para la piscifactoría cántabra, sino que tampoco tiene ningún referente en el mercado: “Nunca se ha intentado vender lubinas y doradas de 10 gramos, pero eso no significa que no pueda hacerse. Estamos hablando de un producto de la máxima calidad, certificado como ecológico, que estamos convencidos de que puede tener una gran aceptación por parte de los consumidores”.

Los moluscos que produce Tinamenor, próximos ya a la fase de comercialización. Al igual que sucede con los alevines de lubina y dorada, los moluscos se venden para su posterior engorde, en su caso en rías.

Por encima de lo que pueda aportar en ventas –en las previsiones de la empresa se contempla que no más de un tercio de la producción se comercialice por esta vía– la venta de alevines para el consumo puede ser importante para lograr el objetivo de desestacionalizar la producción. Las características del sector de la acuicultura, en los que el gasto energético tiene un peso decisivo en los costes, hacen que la demanda se concentre en los meses centrales del año, cuando la temperatura del agua está más cercana a la óptima para producir. En otoño e invierno, el mercado se desploma: “Todos estamos preparados para atender los picos de demanda, pero este es un negocio en el que casi todos los gastos son fijos, no dependen de la producción. El gasto variable, básicamente el pienso para los peces, no supone más del 20%. Esto implica que si consigues incrementar la producción, y sobre todo si lo haces en los meses en los que ahora tienes las instalaciones produciendo menos, la rentabilidad se dispara”.

Más allá de la relevancia que el nuevo canal directo pueda tener para paliar la temporalidad de la demanda, alcanzar los 45 millones de peces anuales dependerá en su mayor parte del mercado convencional, esto es, las granjas de engorde que también eran las destinatarias de la producción de Tinamenor. Para acercarse a ese objetivo, que dobla los máximos alcanzados por la antigua empresa, SonRíoNansa confía sobre todo en la reorientación de la producción hacia un producto de la máxima calidad –siempre con la etiqueta ecológica– y a un mercado de dimensiones crecientes, en el que se ha reducido el número de operadores después de unos años que han dado un vuelco al sector. Se ha reducido drásticamente el número de operadores –tanto entre los criaderos como entre quienes se dedican al engorde–, pero la demanda de pescado crece, al tiempo que la capacidad de los océanos para darle respuesta es cada vez menor. “La acuicultura es estratégica, y así lo ha señalado la UE. Una empresa que sea puntera en tecnología, y que produzca con la calidad y eficiencia que pide el mercado, tiene unas posibilidades enormes”, asegura el gerente de SonRíoNansa.

Producción ecológica

El compromiso con la producción ecológica constituye el núcleo de la estrategia de la empresa para diferenciar su producto en ese mercado de dimensiones crecientes que auguran todas las previsiones. A diferencia de lo que sucede en otros ámbitos, y de nuevo como consecuencia de la particular estructura de costes que tiene la acuicultura, la producción ecológica no tiene una gran repercusión en los gastos de producción, que quedarían sobradamente compensados con los ahorros que llegarían como consecuencia de la mejora de la productividad. Con todo, para rentabilizar la producción ecológica, SonRíoNansa necesita el compromiso del siguiente eslabón en la cadena, las granjas de engorde, y para ello buscará reforzar los vínculos con sus clientes. “Aquellos con los que logremos un compromiso para que transformen su producción en ecológica, tendrán prioridad, las consideraremos granjas de engorde asociadas e iremos de la mano con ellos”, explica Martín Alonso.

Aunque los productores ecológicos puedan tener vínculos más estrechos, la intención de los responsables de SonRíoNansa es abrir la factoría a todos sus clientes, de manera que entre unos y otros puedan buscarse fórmulas que beneficien e ambos, a través de procesos de desarrollo realizados conjuntamente. “En este sector siempre ha habido miedo a meter a los clientes en tu proceso, pero creemos que hay que ser valientes, que vengan y vean lo que hacemos, ser transparentes ayuda a mejorar”, señala el gerente de SonRíoNansa, que pone un ejemplo de por dónde puede avanzarse en esa colaboración: “Los clientes nos piden ejemplares que engorden al mismo ritmo, porque para ellos es un problema que unos lo hagan más rápido que otros. Ahí hay un gran trabajo de selección, y en eso el cliente te puede ayudar”.

Inversiones

Tanto el nuevo enfoque estratégico, como las novedades en la comercialización o las previsiones de incremento en la producción tienen una relación directa con el capítulo de inversiones, que contempla destinar 4 millones de euros a cuatro grandes objetivos. El primero, la puesta en marcha de la factoría, se está realizando en plazos más cortos de lo previsto, algo a lo que ha contribuido decisivamente el compromiso de la plantilla, que es la misma que trabajó en Tinamenor. Durante el tiempo que la producción estuvo parada, mientras Tinamenor estaba en liquidación, los trabajadores continuaron acudiendo a las instalaciones para atender y mantener con vida a las poblaciones de reproductores, sin los cuales hubiera sido imposible reanudar la producción de forma tan rápida como se está haciendo. Además, a partir de las sugerencias de la plantilla se ha rediseñado la planta, y con su trabajo se han realizado buena parte de las tareas para adecuar las instalaciones.

Alevines de lubina, de tamaño casi inapreciable a la vista. Estos ejemplares, fotografiados el pasado mes de abril, estarán en condiciones para su venta en agosto o septiembre.

Alevines de lubina, de tamaño casi inapreciable a la vista. Estos ejemplares, fotografiados el pasado mes de abril, alcanzarán el peso de comercialización en cinco meses y serán vendidos a granjas de engorde.

 

Además de la partida destinada a volver a poner en marcha la producción, los otros tres pilares que Naturix Cantabria busca reforzar con sus inversiones son la modernización de la planta –una etapa que se solapa con la anterior–, el incremento de la producción con la instalación de más tanques y la mejora de la eficiencia energética. El ritmo al que se realicen estas inversiones dependerá de la financiación, que en una parte importante será propia –con las aportaciones de los seis socios comprometidos en el proyecto, entre los que el grupo Naturix ejerce de guía, pero no tiene una participación mayoritaria– y otra llegará vía bancos e Instituto Cántabro de Finanzas, además de las ayudas y subvenciones a las que pueda tener derecho la factoría. Toda la financiación bancaria, explica Martín Alonso, está cerrada y pendiente solo de que el registro de la propiedad inscriba el cambio en titular de la concesión administrativa de los terrenos en los que se levanta la piscifactoría.

La primera generación de lubinas y doradas nacidas en la nueva SonRíoNansa estará lista para ser comercializada a finales de agosto o principios de septiembre. Es un poco tarde para que pueda aprovechar los meses de mayor tirón de la demanda, pero mucho antes de lo que preveía el plan de puesta en marcha. De acuerdo a este, no se esperaba tener ningún pez en la factoría hasta junio, y los primeros han nacido ya en abril. El adelanto es también notable –e incluso más acusado– en el caso de los moluscos, donde los años buenos o malos dependen de circunstancias más o menos aleatorias, y mucho menos controlables que con los peces. Todo tiene que ver, insiste Martín Alonso, con la “increíble” labor desarrollada por los 40 trabajadores que hoy forman la plantilla de SonRíoNansa. Si los planes se cumplen tal y como esperan los responsables de la empresa, en 2019 el plantel de trabajadores debería superar el medio centenar. Es el futuro de una planta que, hasta hace apenas unos meses, parecía no tener ninguno.

 

El transporte, factor crítico

Por bien que resulten los planes para vender una parte de la producción directamente para consumo, la mayoría de los peces nacidos en SonRíoNansa saldrán vivos de la factoría, y vivos deben llegar a las instalaciones del cliente. Si tenemos en cuenta que la mayor parte de las granjas de engorde están a miles de kilómetros de Pesués –y muchas veces con el mar por medio– transportar los alevines sanos y salvos se convierte en un elemento clave para la competitividad de la empresa, y una labor altamente especializada que, además, ilustra perfectamente lo que una empresa como en su día Tinamenor puede aportar a su entorno, y viceversa. Central Cántabra de Pescados es la revista de economia de cantabria negocios revista economica cantabria tinamenor sonrionansa naturix transporteempresa de transporte que se ocupó siempre de esa labor para la antigua Tinamenor. De hecho, nació con ese único cliente para convertirse, con el paso de los años, en la mayor empresa española de transporte de peces vivos, y una de las líderes europeas en esta actividad: “El 85% de nuestra facturación la hacemos fuera de España”, señala José María Conlledo, gerente de Central Cántabra, que tiene su sede en San Vicente de la Barquera, a pocos kilómetros de la piscifactoría de Pesués. El alto nivel de especialización de la empresa transportista –que no hace ninguna otra labor distinta de esta, ni compra, ni vende pescado, ni transporta nada distinto a peces vivos– se traduce en tasas de mortandad mínimas, que como media se situaron el año pasado en el 0,2%. Es un dato clave, que repercute directamente en la competitividad de sus clientes. La experiencia de la empresa de San Vicente, que cuenta con instalaciones de desinfección propias –en la foto–, ofrece también una buena referencia de cómo ha evolucionado el sector de la acuicultura en los últimos años: “Ha pasado de tener muchas empresas muy pequeñas, a tener muy pocas, pero muy grandes, que piden mover volúmenes mucho más grandes y te exigen tener más medios”, explica José María Conlledo. Antes de su cierre, Tinamenor llegó a aportar en torno al 50% de la facturación de Central Cántabra de Pescados, que vivió con enorme inquietud toda la crisis de quien era uno de sus principales clientes. Pese a esta última circunstancia, era una preocupación que iba más allá de lo empresarial, asegura Conlledo, y que tenía que ver con el futuro de los 40 trabajadores y con el impacto que el cierre provocaría en toda la comarca. “Todavía no hemos trabajado con la nueva empresa, pero seguro que lo haremos, y la apoyaremos en lo que podamos”. El gerente de Central Cántabra de Pescados, que trabaja con clientes de todo el continente, es tajante al hablar de la piscifactoría que hoy es de Naturix Cantabria: “Tiene las mejores instalaciones de España sin ninguna duda, y unas de las mejores de Europa”.

Es un sector donde no hay paro, pero que corre el riesgo de desaparecer si no se invierte en él. Actualmente 75 empresas explotan los bosques de Cantabria, que en total emplean a unas 400 personas; el 40% proceden de otras comunidades e incluso de países como Portugal, Francia, Alemania o Lituania. Los empresarios de la madera siguen demandando mano de obra y no encuentran trabajadores que se ajusten al perfil a pesar de ser una salida profesional con futuro. Aseguran que con ello se pierden 10 millones de euros al año y dan las claves para solucionarlo: más formación específica para reciclar trabajadores de sectores como la construcción o la agricultura.

Texto de Laura Velasco @lauripuck

Se entiende como “paradoja” una idea extraña opuesta a lo que se considera verdadero a la opinión general; una proposición que en apariencia choca con nuestro sentido común pero que razonada nos lleva a descubrir un hecho cierto. Pues bien, esto es para los que se dedican al sector forestal lo que desde antaño sucede en este capítulo productivo. Para la gran mayoría de los cántabros todo lo relacionado con la explotación de nuestros montes es un gran desconocido, a pesar de ser un recurso tradicional en nuestra economía. En Europa existen 215 millones de hectáreas de área forestal, con un crecimiento anual de 700.000 hectáreas o 7.000 kilómetros cuadrados. Cantabria sólo tiene una masa forestal de 5.300 kilómetros cuadrados. ¿Por qué? La respuesta es simple: el 40% de la superficie forestal está desarbolada y nuestro bosque productivo representa el 27% del total, cuando en el viejo continente nos doblan con creces. He aquí por tanto una primera paradoja: “Cantabria tiene unas condiciones climáticas privilegiadas que favorecen el crecimiento de los árboles, pero somos una región deficitaria en madera”, aseguran desde  la Asociación Cántabria de Empresarios de la Madera y el Mueble (ACEMM). Según los datos facilitados por esta asociación, en Cantabria consumimos un millón de metros cúbicos de madera al año, y cortamos apenas 400.000.

La principal consecuencia es que las empresas asentadas en Cantabria tienen que comprar madera fuera, tanto por insuficiente en cantidad como en tipología. “Yo aquí corto un 5%, el resto lo traigo de fuera. Además, el bosque productivo es eucalipto; roble no hay ya que no te dejan cortar porque se echan los ecologistas encima… aquí tenemos la idea de que cortar es malo y no nos damos cuenta de que envejece y se muere”, asegura Itxaso Saiz, presidenta de ACEMM.

Antonio Lucio, director general de Medio Natural del Gobierno de Cantabria.

Y es que en Cantabria existe un decreto de los años 80 que restringe la tala de arbolado autóctono, como robles o hayas. Una norma que ha hecho mucho daño al sector forestal y ha dado lugar, según el gobierno de Cantabria, a un desapego entre los propietarios que es necesario recuperar. “La sociedad no entiende que cortar arbolado forma parte de la dinámica normal de la gestión de un bosque –señala Antonio Lucio, director general de Medio Natural– la idea de que la tala es un ‘arboricidio’ cala en una sociedad cada vez más urbanita, hace mucho daño y a las administraciones nos pone entre la espada y la pared”. He aquí, por tanto, otra paradoja: en Cantabria no hay cultura forestal a pesar de nuestra riqueza en bosques.

Precisamente luchar contra la falta de cultura o mentalidad forestal es la prioridad del Gobierno de Cantabria. “Hay un tremendo abandono de formación forestal, de información y sensibilización forestal; nunca se ha hecho” asegura Francisco Espinosa, jefe de servicio de Montes. En este sentido apuesta por organizar más eventos o ferias en la línea de la Semana Cántabra de la Madera, celebrada el pasado mes de marzo, y empezar a impregnar a la sociedad de cultura forestal empezando desde los más pequeños, no en vano “la cultura forestal es intergeneracional y depende de la solidaridad”, recuerdan desde Montes.

Nicho de empleo

Pero no solo es madera lo que los empresarios forestales tienen que ir a buscar fuera. La mano de obra escasea y se ven obligados a cubrir sus plantillas con un 40% de trabajadores del resto de España, Portugal, Francia, Lituania o Alemania. “Es una pena, pero no se encuentra profesional del sector o gente que se quiera dedicar a esto. Es una salida laboral muy buena; si te dedicas al sector forestal en Cantabria no hay paro”, asegura Itxaso Saiz. Y es que en Cantabria siempre hay demanda de trabajadores. “El que quiere trabajar en el sector forestal, tiene todo el trabajo que quiera –apunta Espinosa– es un vivero de empleo real”.

Itxaso Saiz, presidenta de ACEMM.

De nuevo una contradicción: a diferencia de nuestros vecinos de Galicia, Asturias o País Vasco, Cantabria no cuenta con formación específica para ingenieros o maquinistas forestales, y utilizar la maquinaria no es algo sencillo. Para el jefe de Servicio de Montes “es mejor dedicar presupuesto a formar el personal de empresas del sector que a contratar a gente desde los ayuntamientos, sin formación, que no sabe hacer estas tareas”. La realidad es que en los tres institutos cántabros orientados al mundo de los bosques todos los cursos están más centrados a la limpieza de montes y falta el perfil de explotación forestal. Tampoco hay una Ingeniería de Montes. “No se encuentran motosierristas –incide la presidenta de ACEMM– o no están formados o no aparecen. Los que mejor resultado nos dan son los que vienen de familias con un tractor”.

Para ACEMM la gestión de montes y bosques es una alternativa a la crisis que sufre la mano de obra en sectores como la construcción y la industria, e incluso a los que provienen de la agricultura. “Un palista puede ser de la construcción y viceversa –apunta Saiz– yo he llegado a contratar a gente de 60 años”. Actualmente las empresas forestales demandan personal para labores de tala, maquinistas con cierta especialización y conocimiento de las nuevas tecnologías y chóferes de camiones. “Si los cursos de formación de desempleados se empleasen bien se podrían reciclar trabajadores de sectores como la construcción o la agricultura”, señala.

Ahora bien, si la gestión forestal es hoy por hoy una profesión de futuro, ¿qué es lo que falta? Aquí todos coindicen: inversión. Recapitulando, falta de bosque productivo, de mentalidad o cultura forestal, de formación específica para trabajadores forestales y de inversión, esta última el talón de Aquiles de todo sector productivo.

Leyes y política

La gestión y explotación forestal en todas sus etapas –plantación de especies arbóreas, tala, aserraderos, carpinterías y fábricas, comercio del mueble– depende de una sola materia natural, la madera. Si Cantabria fuese capaz de plantar 25 mil hectáreas nuevas de eucalipto y pino, apuntan los expertos, se evitarían dos grandes males: paro y escasez de materia prima para la industria maderera. Todo ello pasa por más inversión para plantar – “que empiecen a plantar algo, lo que quieran”, insiste Itxaso Saiz– y por una política forestal en Cantabria.

Pero la realidad a la que se enfrenta el gobierno de Cantabria es mucho más amplia. “Los montes públicos tienen que ser multifuncionales, tener varios aprovechamientos”, recuerda Antonio Lucio. Además, se necesita la implicación de los propietarios, ya que el 70% de los montes son propiedad de administraciones locales y juntas vecinales. “La administración tiene la función de catalizador; existen otros usos y nosotros tenemos que buscar el punto de equilibrio”, sostiene Espinosa.

Por si fuera poco, hoy en día los propietarios se enfrentan a una caída en los precios del eucalipto. En los últimos 15 años el metro cúbico ha pasado de 40 euros a 21, y lo cierto es que en España hacen falta 1.700.000 metros cúbicos de madera de eucalipto todos los años. Otro motivo más que lleva a los dueños a dar otros usos a sus terrenos. “Nosotros somos gestores de espacio –recuerda Espinosa– y tenemos que encontrar un punto de equilibrio que es dificilísimo”.

Un plan al que pilló la crisis

El Plan Forestal de Cantabria que se aprobó en marzo de 2005 fue presentado como el pilar de una gestión forestal regional sostenible, pero 12 años después la realidad es otra: “En Cantabria no hay una política forestal a medio y largo plazo ni siquiera una ley forestal, como a nivel nacional. No se ha llegado a desarrollar normativa pensando en la producción”, asegura Saiz. Ni rastro tampoco del plan de Modernización y Reactivación Forestal del Gobierno de Cantabria para el periodo 2014-2020, con el que el gobierno del PP iba a reforestar 150.000 hectáreas desarboladas en Cantabria.

Francisco Espinosa, jefe de servicio de Montes del Gobierno de Cantabria.

Tampoco desde el Gobierno están contentos con el desarrollo del Plan Forestal. “Una cosa es lo que queremos los trabajadores de montes, técnicos, jefes…. el plan nació antes de la crisis, se empezó con buena voluntad, pero al final –apostilla Espinosa– el consejero tiene que conciliar con las demás competencias, consejerías…”. Y otra cosa es el PDR, el Plan de Desarrollo Rural cuyas cuantías no satisfacen ni a unos ni a otros. Cantabria con un 10% de ayudas europeas se tiene que dar con un canto en los dientes. “Las políticas forestales en todos los PDR están maltratadas –se lamenta el Jefe de Montes– haciendo un ejercicio de austeridad pedimos a la UE un 15%… no convencimos y esto al final es política”.

Y si es paradójico que no se invierta en aumentar la productividad de una potencial fuente de riqueza, más lo es que se tenga que invertir en evitar que se queme lo que existe. Los incendios forestales son una de las grandes amenazas del bosque cántabro. Con viento sur Cantabria arde y el 97% debido a la acción del hombre. “Cuando se destinen todas las medidas de prevención a producción habremos ganado”, concluye Francisco Espinosa.