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La calidad como filtro y como recurso: la labor de los editores cántabros

En un sector dominado por grandes grupos y marcado por la sobreproducción y la continua rotación de títulos, los editores cántabros independientes resisten con vocación y apostando por la calidad como fórmula de supervivencia. Aunque el número de las editoriales independientes que aparecen en los registros es más alto, las que siguen activas en Cantabria no son muchas más que la decena que forma parte del Gremio de Editores de Cantabria, con una producción anual que oscila entre los cuatro y los doce títulos por cada una de ellas.

Ana Bringas | Noviembre 2025

Como un filtro de calidad. Así se autodefinen los editores. Y eso es exactamente lo que son: un filtro que selecciona y pule lo que consumen los lectores con un cuidado excepcional. Algo especialmente cierto en las pequeñas editoriales cántabras, que luchan por diferenciarse y mantenerse en el panorama literario utilizando la calidad y la selección como armas.

En Cantabria, la edición de libros es un oficio pequeño pero apasionado, lo segundo casi por obligación. Con una decena de editoriales activas agremiadas, cada libro publicado es fruto de un minucioso proceso. Entre bambalinas, descubrimos cómo se gestan los libros: una vez que el autor presenta su manuscrito, comienzan a sucederse los eslabones de la cadena editorial. En algunos casos, estos procesos se han ido solapando debido a la tecnología, pero esto no ha hecho que el trabajo sea más fácil; al contrario, lo ha vuelto más variable, con múltiples modelos y caminos posibles.

El papel del editor es fundamental en todo el proceso de creación de un libro, y cuanto más pequeña es la editorial, más funciones asume. “Si tuviera que definir el papel del editor en un concepto, diría que es quien vela por la calidad del libro y de todo el proceso”, explica David Perujo, presidente del Gremio de Editores de Cantabria. Uno de los primeros pasos consiste en valorar el manuscrito recibido: comprobar que encaja con la línea editorial, que el texto tiene coherencia, calidad y buena ortografía y ortotipografía. En las editoriales grandes o medianas, estas tareas suelen estar compartimentadas entre distintos profesionales, pero en las pequeñas, como las cántabras, el editor trabaja codo con codo con el autor, planteando mejoras, gestionando ilustraciones en libros infantiles y coordinando la corrección ortotipográfica, ya sea interna o mediante correctores externos.

David Perujo, presidente del Gremio de Editores y director de Mora Mora. Foto: Nacho Cubero.

Tras esta fase se realiza la maquetación y la impresión, y posteriormente se planifica la comercialización: envío de libros a distribuidores, creación de fichas técnicas, definición del público objetivo, planificación de lanzamientos, presentaciones, notas de prensa y difusión en medios y redes sociales, donde hoy en día se incluyen también ‘bookstagramers’ y creadores de contenido que amplifican la estrategia comercial.

Relaciones y desencuentros en la cadena del libro

Los editores afirman que la relación con el resto de eslabones de la cadena es buena, aunque la hemeroteca recuerda un ‘encontronazo’ con los libreros en la última Feria del Libro de Santander, Felisa. El evento fue organizado por los libreros y, finalmente, los editores no participaron. La discrepancia surgió porque entendían que deberían estar presentes en las mismas condiciones que los libreros.

Al respecto, Perujo considera desde el gremio que uno de los grandes retos del sector es establecer un marco de cooperación entre los agentes de la cadena del libro: “Tenemos los mismos problemas en diferentes fases y, cuanto más cooperemos, mejor nos irá a todos. En aquel momento no alcanzamos un acuerdo, pero debemos centrarnos en cooperar y no en nuestras diferencias”. La idea de colaboración, añade, también se extiende a otros actores que forman parte del sector de manera indirecta, como bibliotecas, colegios o clubes de lectura, que cumplen un papel fundamental en la promoción de la lectura.

Para Perujo, la parte más importante sigue siendo trabajar el manuscrito y asegurar un producto de calidad. La venta, sin embargo, es más complicada ya que esta suscrita a múltiples factores externos: la acogida de librerías, el interés del público y la capacidad de conectar con los lectores. Un libro que inicialmente pasa desapercibido puede repuntar más adelante y viceversa, depende del contexto.

Jesús Herrán, editor de Valnera, una de las mayores dentro de las pequeñas editoriales independientes de Cantabria. Foto: Nacho Cubero.

La calidad se convierte así en la principal herramienta de las pequeñas editoriales para diferenciarse y mantenerse en el mercado, explorando temáticas o enfoques que no están reflejados en el panorama editorial convencional. Como explica Jesús Herrán, de Ediciones Valnera, el papel del editor también consiste en dar a conocer autores y obras necesarias para el avance intelectual de la sociedad, aunque hoy en día este papel, lamenta, “se está diluyendo”. Herrán critica la proliferación de autoediciones y de editoriales online que publican obras “de dudosa calidad”, a veces cobrando al propio autor por la edición, lo que ha generado un aumento en el número de libros que carecen de rigor ortotipográfico y valor intelectual. “Hay muchas personas que se creen con capacidad para figurar como editores y no lo son. En algunas publicaciones incluso se está llegando al bochorno”, advierte.

Sobreedición para renovarse

La distribución representa otro desafío. Las grandes editoriales colocan sus libros en librerías mediante empresas que se encargan de esta labor y, al cabo de tres meses, los libreros pueden devolverlos, generando una dinámica que obliga a los editores a lanzar constantemente novedades. Esto provoca la sobreedición: cada año se publican en España decenas de miles de títulos, pero esto no garantiza más calidad ni un aumento del hábito lector. “Los distribuidores obligan al editor a sacar muchas novedades porque ellos van lanzando semanalmente, y los libreros no tienen espacio para exponer tantos libros”, relata Jesús Herrán, que considera que nada de esto beneficia al mercado editorial: “Es una bola de nuevas obras pero no de ventas, y las editoriales son gigantes con pies de barro”.

En este contexto, las pequeñas editoriales cántabras, al ser más cuidadosas con sus tiradas y su selección, logran mantener un equilibrio entre cantidad y calidad, priorizando el cuidado del libro por encima de la presión del mercado, aunque esta también está ahí para ellos. “Si los cántabros entráramos en la vorágine de novedades, eso acabaría con nosotros”, zanja el editor de Valnera. En ello coincide Javier Fernández Rubio, de la editorial El Desvelo, quien recuerda que durante la pandemia se generó una burbuja: “Los títulos ya vendidos y pendientes de abono alcanzaban cifras muy superiores al valor de los nuevos libros que se seguían produciendo, pero que no podían comercializarse porque las librerías estaban cerradas o porque la gente prefería dedicar su tiempo a ver vídeos en casa”.

Por otro lado, la amenaza de grandes plataformas, las redes sociales o la inteligencia artificial afecta al proceso editorial, pero la edición profesional sigue viva. En Cantabria, según la base de datos de editoriales del Ministerio de Cultura, se registran 129 editoriales, aunque la cifra es engañosa. Incluye editores tan variopintos como la Universidad de Cantabria, la Sociedad Española de Nefrología o el Museo Diocesano Regina Coeli de Santillana del Mar. En la lista también hay asociaciones, ayuntamientos y personas que se autopublican. Como señala Perujo, quien también es director de la editorial Mora Mora, el registro de Cultura está distorsionado: “Incluye a todas las personas físicas o jurídicas dadas de alta en el epígrafe de edición de libros, y algunas se autopublican”, sostiene.

Además, algunas de las editoriales que aparecen como activas no han publicado nada en los últimos diez años. Esto demuestra que, más allá del número registrado, el verdadero pulso de la edición en Cantabria lo marcan unos pocos actores que mantienen la calidad editorial en la región.

Javier Fernández Rubio, fundador y director de la editorial El Desvelo. Foto: Nacho Cubero.

En este sentido cabe destacar que las editoriales son en su mayoría pequeñas, cada una con su propia línea editorial que define qué publica y cómo lo hace. La producción anual de las editoriales agremiadas oscila entre cuatro y doce títulos, mientras que de las no agremiadas no existen datos precisos. La edición sigue siendo tradicional: empresas como Mora Mora no recurren a la autoedición, sino que utilizan su página web como herramienta para visibilizar todo su catálogo, complementando la presencia en librerías donde solo se muestran las novedades.

La economía editorial es ajustada: del precio de venta de un libro, aproximadamente entre un 25 y 30% se destina al distribuidor, un 30% al librero, un 10% al autor y otro 30-35% al editor. Con estos márgenes, el editor debe cubrir los gastos de producción, financiar la actividad de la editorial y asegurar su propia subsistencia. Por ello, más allá de la economía, la edición de libros está íntimamente ligada con la vocación. “No es rentable”, advierten los editores cántabros, pero, como ocurre con muchas otras pasiones, el gusto por participar en la rueda de producción del libro compensa la satisfacción económica.

En este sentido, Javier Fernández Rubio, de la editorial El Desvelo, recuerda que otro de los ingredientes que, sí o sí, debe tener un editor es la vocación: “Si fuera solo por rentabilidad, no habría editoriales; se monta una cada día, pero también desaparece otra”. Para sostener esa vocación, muchos complementan sus ingresos con otros trabajos. “Tenemos mucho de quijotes, de idealistas; la mayoría nos conformaríamos con no perder dinero”, coinciden.

El porvenir de la edición de libros es casi un interrogante, aunque ya ha demostrado en múltiples ocasiones su capacidad para reinventarse. Jesús Herrán rememora que ya en su etapa en Anaya pensó que no llegaría a jubilarse en el sector, convencido de que tenía poco recorrido, pero reconoce que el mundo editorial ha sabido reinventarse. Advierte, sin embargo, que el futuro solo será posible si se impulsan campañas sólidas de fomento de la lectura, primero en la escuela y después en la familia. “Si no se lee, el futuro del libro no existe”. Fernández Rubio, por su parte, subraya la dificultad de sostenerse en la edición independiente. “Es más fácil vender cerveza que vender libros”, señala, y apunta a la concentración del sector en torno a grandes grupos como Random House o Planeta, que suman decenas de sellos bajo su órbita. A todo ello se añade un nuevo desafío: la irrupción de la inteligencia artificial, capaz de generar libros de forma automática. Una herramienta útil para producir contenido sin fuste, pero que plantea dudas sobre el futuro: si una máquina puede hacer un libro, ¿qué papel quedará para los editores?

por Redacción
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