
Las pequeñas queserías cántabras se abren paso en el mercado moderno posicionándose en el sector gastronómico y el turístico y saliendo de las fronteras españolas gracias a su cada vez mayor presencia en tiendas especializadas. Creada para dar respaldo a quienes mantienen viva en la región la tradición de elaboración de queso, la Asociación Cantabria Quesera quiere dar un nuevo impulso al sector, combinando tareas de promoción con iniciativas que buscan vincular la elaboración artesanal con el turismo, reforzando la vinculación entre los productores.
Ana Bringas | Junio 2026
Cantabria se puede recorrer de muchas maneras. Las tradicionales y más evidentes son las rutas por mar y montaña conociendo playas y pueblos, sin embargo, poniendo el foco en la oferta gastronómica, existe una cartografía menos clara que se dibuja de queso en queso. Un producto que ya cumple una función vertebradora del territorio y que es reflejo de la economía rural, en lo gastronómico, pero también en lo turístico. Hoy, el sector quesero cántabro vive un momento “interesante”, según definen sus protagonistas. César Campo, presidente Cantabria Quesera y parte de la Quesería Javier Campo Queso de Tresviso, detalla que se trata de un instante “meseta”, una etapa de estabilidad que llega tras un ciclo de expansión, con pequeñas empresas consolidadas, sin crecimiento en número de queserías, pero con una modernización progresiva que poco a poco va llegando al sector.
En Cantabria existen actualmente 41 queserías, la mayoría de ellas de escala reducida. Dentro de ese conjunto, la asociación Cantabria Quesera, integrada en la Oficina Agroalimentaria creada por CEOE-Cepyme de Cantabria para dar visibilidad a las pequeñas empresas regionales que operan en el sector, agrupa a 15 artesanos, lo que supone aproximadamente el 35% del total. El perfil de las queserías cántabras se corresponde casi en su totalidad con empresas muy pequeñas, de hecho todas salvo una excepción –Lafuente– son microempresas de carácter familiar o incluso personal.
La asociación, que se creó para dar respaldo a quienes mantienen viva la tradición quesera de la región, no se articula en función del tamaño de las empresas que la integran, sino desde un criterio transversal. Es decir, agrupa desde pequeñas queserías familiares hasta proyectos más estructurados bajo una misma idea de base que pasa por preservar y proyectar el valor del queso. César Campo reconoce que el objetivo de Cantabria Quesera es ampliar representación y sumar nuevos socios. Sin embargo, según explica, ese crecimiento ha sido limitado en los primeros años de vida del colectivo –nació en 2022–, en parte por la dificultad de construir argumentos sólidos que justificaran la adhesión. Esa situación, no obstante, ha comenzado a cambiar recientemente. Desde 2025, la asociación ha intensificado su actividad con nuevas iniciativas y una mayor comunicación interna entre los productores.

César Campo, presidente de Cantabria Quesera. Foto: Nacho Cubero.
Uno de los elementos clave del análisis del sector es el consumo. En España se consumen 9 kilogramos de queso por persona al año, mientras que en otros países europeos se alcanzan los 20. Por ello, la meta más cercana de la asociación es incidir culturalmente en el consumidor cántabro y nacional.
César Campo detalla que existe una diferencia cultural que explica estos datos y que buscan corregirla mediante acciones comerciales que transformen la forma histórica de acercarse al consumidor, haciéndola más moderna y eficiente. Entre las medidas previstas o en desarrollo se encuentran la renovación de la imagen de marca de las queserías, así como la creación de formatos de difusión más actuales, especialmente en el ámbito de los eventos gastronómicos. En este contexto se enmarcan iniciativas como Tardíu, un festival de quesos y bebidas artesanas de Cantabria que combina música, mercado y demostraciones gastronómicas, y que supone una alternativa más atractiva y experiencial a los modelos de mercadillo tradicionales.
En este contexto, César Campo sostiene que el sector quesero cántabro atraviesa un momento con muchas posibilidades, comparable –a su juicio– al que vivió el sector del vino hace unos años. Entonces, muchas bodegas dejaron atrás las imágenes heráldicas para apostar por diseños más atractivos y contemporáneos. Ese mismo camino es el que ahora empieza a explorar el queso: dejar de percibirse como un subproducto del sector ganadero para ganar entidad propia, también desde lo visual, renovando etiquetas tradicionalmente asociadas a pastores o animales aunque sin renunciar a su identidad. Con todo, el cambio no se limita a la imagen. Campo avanza que Cantabria Quesera trabaja en un “proyecto piloto” para acercar el queso a los consumidores más jóvenes en los colegios.
Además, la transformación pasa por convertir el producto en experiencia. En esa línea, cada vez más queserías apuestan por abrir sus puertas al público y mostrar el proceso de elaboración, acercando el consumidor a la producción. Más allá de la leche, el cuajo o los fermentos, los productores cántabros buscan aportar un valor añadido a través de propuestas turísticas que permitan entender el queso desde dentro. “Es interesante que el consumidor pueda conocer al detalle cómo se produce”, apunta.

Expositor de Cantabria Quesera en el Salón Gourmets celebrado el pasado mes de abril en Madrid, una de las principales ferias del sector en España.
Ejemplos de este modelo son iniciativas como los talleres de elaboración de queso pasiego en La Jarradilla, las experiencias en Quesoba en el Valle de Soba, las visitas a la Granja Quesería El Pendo, las catas en Quesería Tresgallo o los talleres de queso fresco en Granja Cudaña. Todas son propuestas que refuerzan el papel de las queserías como activo turístico. Su distribución por toda la geografía cántabra contribuye, además, a dinamizar pequeñas localidades menos frecuentadas, incorporándolas a nuevos itinerarios ligados a la gastronomía.
El reto
Según el presidente de la asociación Cantabria Quesera, el reto es mantener producciones pequeñas en un mundo globalizado. Campo reconoce la dificultad, pero también matiza que existen ejemplos que rompen esa lógica. “Siempre se dice que para exportar hace falta mucho volumen de producción. Sin embargo, hay queserías pequeñas con presencia en muchos países, sobre todo en tiendas especializadas”, explica. Es el caso de la Quesería Javier Campo, en Tresviso; o La Pasiega de Peña Pelada, en La Cavada. Aún así, el presidente de la asociación que agrupa a los queseros cántabros subraya que fuera de Cantabria la presencia es “muy de nicho”, aunque concede que “viajar fuera de España y encontrarte con queso cántabro produce un orgullo inexplicable”.
Campo detalla además que el acceso al mercado responde a una cuestión de fases. La primera, explica, es la venta directa en mercados o ferias, donde productor y consumidor se conocen y, de esta manera, se obtiene un “’feedback’ inmediato” a través de la prueba del producto. Ese primer contacto, añade, también permite ganar visibilidad ante tiendas especializadas y, a medida que crece el volumen de producción, facilita la entrada en canales de distribución.
En ese proceso se encuentran ejemplos como Granja Quesería El Pendo, en Escobedo de Camargo, o Quesos El Bardal, en Zurita, empresas jóvenes que han logrado abrirse paso y que ya están presentes en algunas cadenas de supermercados a nivel regional.
Valor a la leche cántabra
Por otra parte, las queserías desempeñan un papel clave a la hora de poner en valor la producción ganadera de la región. Con esta pequeña industria, la leche cántabra se transforma en proximidad –cerca de las propias explotaciones– gracias a “buenas manos y la tradición quesera”, como subraya César Campo. Así, en muchos casos, las queserías trabajan con leche de ganaderías vecinas, lo que refuerza el vínculo territorial y añade valor e identidad al producto final. En otros, son los productores quienes transforman su propia leche. En ambas opciones, la tradición lechera de Cantabria es fundamental, sentencia el presidente.
En términos estructurales, la situación de Cantabria guarda similitudes con la de comunidades vecinas como Asturias o el País Vasco. En todas ellas predomina un tejido formado por pequeñas empresas, acompañado de una o dos firmas de mayor tamaño. En el caso cántabro, ese papel lo representa Lafuente; en Asturias, Central Lechera Asturiana.
Aun así, el peso del sector recae principalmente en proyectos de pequeña escala. Un modelo que contrasta con el de Castilla y León, donde, por razones culturales y productivas, la estructura del sector responde a dinámicas diferentes.






















