Cantabria ha perdido un tercio de su flota pesquera en los últimos 25 años un periodo en el que las pesquerías tradicionales se han visto afectadas por la disminución de capturas, la presión regulatoria, el aumento de los costes y la falta de relevo generacional para las tripulaciones. Con todo, suponen la práctica totalidad de la actividad pesquera de la región y aportan un producto de alta calidad que es fundamental para la hostelería y la industria alimentaria.
Juan Carlos Arrondo | Julio 2026
El declive de las pesquerías tradicionales no se le escapa a nadie que durante los últimos años haya observado con cierta atención lo que ocurría en las dársenas de nuestra comunidad. Según el último censo publicado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, la flota pesquera artesanal de Cantabria contaba en abril con 110 barcos en activo, de los cuales 58 han sido dados de alta desde 2001, periodo en el que causaron baja 112 embarcaciones. Es decir, en este cuarto de siglo han cesado su actividad casi el doble de los que se han incorporado a ella. Aunque a veces se tiende a vincular esta decadencia con problemas a corto plazo, como puede ser una mala costera o la subida del combustible, que efectivamente existen y tienen su importancia, no conviene olvidar obstáculos y dificultades más de fondo que ponen en riesgo su futuro y el de unas localidades que tienen en este sector no solo su pilar económico, sino también aquello que vertebra sus relaciones sociales y su legado cultural.
Laura García, profesora asociada de Economía Aplicada en la Universidad de Oviedo e investigadora en el Instituto de Recursos Naturales y Ordenación del Territorio (Indurot), advierte de que la pesca artesanal es un concepto que carece de una definición estándar. Así como en la Unión Europea se habla de ‘small scale fisheries’ –pesquerías a pequeña escala– para englobar a las flotas con embarcaciones de menos de 12 metros de eslora que no utilicen artes remolcadas, en España y Portugal la descripción es algo más difusa: “Hay ciertas características en común, como que suelen ser barcos relativamente pequeños, pero no hay un límite claro”. De hecho, algunos de los que encuadraríamos en este sector poseen mayores dimensiones, por lo que apunta algunas particularidades técnicas más: “Suelen hacer mareas de un día, tienen un poder de pesca pequeño o moderado, utilizan artes estáticas y su impacto potencial en el medio marino, en general, es menor”. Además, otro rasgo distintivo es que normalmente responden a estructuras de negocio muy básicas, pequeñas empresas familiares o autónomos.

Laura García, profesora asociada de Economía Aplicada en la Universidad de Oviedo e investigadora en el Instituto de Recursos Naturales y Ordenación del Territorio. Foto: Nacho Cubero.
La mala situación de la pesca artesanal en Cantabria es prácticamente igual a la de las comunidades vecinas y apenas difiere de la del resto del litoral peninsular. Independientemente de las singularidades locales que pueda haber, en todos los puertos pesqueros se enfrentan a obstáculos parecidos. Laura García destaca como, por ejemplo, la subida del precio del combustible es un problema que ahora está afectándoles, y si bien sus mareas son de proximidad y el consumo es menor que el de la flota industrial, también lo es su capacidad financiera, por lo que el negocio se resiente: “Además, su profesión es ir a la mar, no son profesionales de la gestión. Son estructuras demasiado pequeñas y esto les limita, porque tienen poco margen de maniobra”. Esto se refleja nítidamente cuando se trata de cumplir la regulación a la que están sometidos: “Cada vez vemos más protestas por las exigencias crecientes de la normativa. A veces no tienen ni espacio a bordo para llevar el instrumental o los dispositivos obligatorios”.
Para la investigadora del Indurot de la Universidad de Oviedo, junto a este tipo de inconvenientes coyunturales hay otros obstáculos más estructurales, de fondo y difíciles de revertir a corto plazo: “Hay un problema muy importante con el cambio climático, que está modificando las reglas del juego muy rápidamente y es un enemigo invisible al que estos barcos no están pudiendo adaptarse con rapidez”. A pesar de que suelen pescar una cesta diversificada de especies y por las características de su faena no utilizan artes agresivas ni incurren en una sobreexplotación de los bancos, a veces incluso sujetos a planes de gestión, la realidad es que las capturas disminuyen: “Lo estamos viendo con la caballa: el recurso está, pero a una profundidad mayor de la que habitualmente ellos pescan a la cacea, o con líneas de mano, que es muy artesanal. Es un ejemplo claro, pero hay muchos más, desde el pulpo hasta el bonito, que cada vez se va más al norte, especies de las que son altamente dependientes”.
Otro problema estructural es el del envejecimiento de las tripulaciones, cuya edad media supera los 50 años, y que está agravado por muy bajas perspectivas de reemplazo. “Podemos decir que menos del 20% de los barcos –seguramente en algunos censos y comunidades autónomas incluso menos del 10%– tienen una esperanza de relevo y, salvo tripulantes extranjeros, no se encuentra quien quiera ir a la mar”, indica Laura García. Considera que opera una especie de barrera sociológica, incluso generacional, que crea cierta desafección: “Existe un capital humano que ha aprendido y transmitido el oficio de padres a hijos durante generaciones, que acumula un conocimiento tradicional muy arraigado, pero eso en el mundo de hoy no atrae y no hay esa vocación por la mar”. Tampoco ayuda la irregularidad de los ingresos, que supone un importante desincentivo al embarque: “Hay un sistema de retribución que es un reparto en el que si no se sale a la mar y no se pesca, no se gana. Esto supone una incertidumbre que para mucha gente actualmente no vale”.
Sector controlado
El pesquero es un sector sujeto a una exhaustiva normativa y para estos barcos artesanales suele resultar difícil cumplirla. En opinión de la profesora de la Universidad de Oviedo, nunca se les ha tenido en cuenta a la hora de tomar decisiones regulatorias o de planificación marina que les afectan directamente, porque siempre han tenido una relativa invisibilidad, algo que subraya como una debilidad estructural: “Es un segmento menos estudiado, poco monitorizado, que no se sabía muy bien dónde pescaba porque no estaba obligado a llevar geolocalización a bordo. Esto les ha convertido en invisibles: estaban ahí, pero no se les ha considerado para nada y eso para mí es una vulnerabilidad”. Aboga por avanzar en su conocimiento y que las exigencias se flexibilicen a la realidad de embarcaciones que muchas veces no superan los dos tripulantes. Y que esa visibilidad sirva para demostrar qué días han podido salir a pescar, para delimitar las zonas que deben protegerse de otras actividades porque ahí están sus caladeros y, en suma, para defender mejor sus intereses.
A nivel nacional, su volumen de capturas está en torno al 10% del total de pesquerías y las flotas artesanales representan aproximadamente el 80% de los pesqueros españoles, aunque esa proporción en Cantabria es bastante mayor, elevándose al 97% de los barcos que se encontraban en activo en el último censo de abril. La investigadora del Instituto de Recursos Naturales y Ordenación del Territorio cree que hay un entramado económico y social que queda fuera de la valoración de estas cifras: “Es una actividad que vertebra socialmente y que fija población. Da soporte a otros sectores, como astilleros, conserveras, restauración o turismo, que influye en la cultura e incluso en el paisaje”. Su situación es delicada y no se augura un futuro halagüeño, por lo que si desapareciera, la pérdida sería irremplazable: “Se seguiría comiendo pescado, pero se perdería un patrimonio cultural único que forma parte de la razón de ser de los pueblos pesqueros y su vida en torno a la lonja y a unos productos de una calidad excelente”.
“El problema de la mar es la incertidumbre, que hoy saben lo que ganan y, si empiezan a fallar los recursos pesqueros, las especies a las que tradicionalmente se han dedicado y sobre las que tienen unos conocimientos, mañana no lo saben”. Laura García, investigadora.
En clave económica y basándose en sus investigaciones, Laura García resalta la capacidad tractora que tienen las pesquerías artesanales: “Son capaces de generar actividad y empleo a su alrededor en mayor medida e intensidad que las industriales porque son mucho más dependientes de la mano de obra y porque sus productos tienen más valor en primera venta. Esto le convierte en un sector altamente interesante y que no es sustituible. Perderíamos mucho con su desaparición”. Como contraste, se trata de un negocio con estructuras empresariales débiles, escaso músculo financiero y rentabilidad incierta: “El problema de la mar es la incertidumbre, que hoy saben lo que ganan y, si empiezan a fallar los recursos pesqueros, las especies a las que tradicionalmente se han dedicado y sobre las que tienen unos conocimientos, mañana no lo saben”. Además, tampoco se puede salir a faenar de cualquier manera, hoy los barcos tienen que ser modernos, seguros y bien dotados, pero un horizonte con más sombras que claros desalienta cualquier posibilidad de inversión.
Resiliencia frente al porvenir
A pesar de todas sus vulnerabilidades y de las amenazas que ponen en riesgo su futuro, la pesca artesanal siempre ha logrado sobrevivir a infinidad de adversidades. Mientras en algunas comunidades, como Asturias y en buena medida también Cantabria, la flota industrial prácticamente ha desaparecido, las artes menores y otras modalidades tradicionales van capeando las dificultades gracias a algunas de las fortalezas que las caracterizan. En primer lugar, hay que tener en cuenta que tienen la capacidad de cambiar tres o cuatro veces al año los aparejos y equipos de pesca, poner y quitar nasas, palangres, trasmallos u otros según la costera o la especie a la que en cada momento van a buscar a sus caladeros. “Son embarcaciones altamente adaptativas, muy flexibles, rotan y alternan distintos oficios. Tienen un margen de adaptación a los cambios mucho mayor que un barco grande y esto es una ventaja porque les hace más resilientes”, señala la investigadora del Instituto de Recursos Naturales y Ordenación del Territorio de la Universidad de Oviedo.
Una segunda fortaleza es que poseen un conocimiento tradicional del oficio, que se traduce en la obtención de un producto de mejor calidad y, en consecuencia, de mayor valor en la lonja o en los restaurantes. “Saben pescar muy bien porque no pesca la tecnología, sino el pescador. Y se dedican a un producto más gourmet, por lo que son capaces de generar más valor añadido por kilo, que en algunas especies, como pueden ser la lubina o la merluza, es una diferencia bastante grande”, afirma Laura García, que añade una tercera potencialidad que conviene recalcar: “Al pescador moderno le permite conciliar mejor su vida profesional y familiar”. Mientras en los barcos grandes, donde cuentan con el atractivo de una estabilidad en los ingresos, los marineros pueden pasarse semanas en la mar, esto no ocurre en los artesanales, cuyas mareas son de un día: “Vuelven a mediodía y paran el fin de semana. Ese pescador llega a casa a las dos y por la tarde puede tener una vida relativamente normal”.

Participantes en el I Congreso Ibérico de Pesquerías Artesanales, celebrado en las caballerizas del Palacio de la Magdalena en abril. Foto: Nacho Cubero.
Reconociendo la dificultad de revertir unos problemas que en buena medida exceden la capacidad de cualquier política pesquera, cabe preguntarse si puede haber soluciones para que la pesca artesanal tenga un futuro mejor del que se atisba. “Sería positiva cualquier medida pública o de gestión que facilite el enrolamiento y buscar fórmulas de retribución y de estabilidad de los ingresos. Esforzarse por dignificar el oficio en la mar”, explica Laura García. Además, enfatiza en el cambio de mentalidad que habría de producirse en el consumidor, para que sepa valorar y pagar bien estos productos: “Es un tipo de pesca alineada con la conservación del medio marino y con una serie de externalidades sociales y culturales muy fuertes. Esto lo tienen que reconocer y premiar los consumidores, que es una de las vías más poderosas para hacer algo por ella”. Y también estima que, sobre todo en pesquerías muy locales, podrían explorarse fórmulas de cogestión, es decir, de participación en la gestión del recurso que explotan y llegar así a apreciarlo como algo suyo.
Las perspectivas no son positivas y cuesta augurar un buen porvenir a una actividad en la que parece que pesan más las debilidades que las fortalezas. Laura García, que el pasado abril ha participado en Santander en el I Congreso Ibérico de Pesquerías Artesanales junto a un centenar y medio de académicos de diversas especialidades, profesionales del sector y representantes de la Administración de España y Portugal, alerta sobre el peligro de caer en el catastrofismo y confía en que se logre salir adelante. Sostiene que un conocimiento científico cada vez mejor abre una puerta a la esperanza, pero especialmente apela a la experiencia pasada: “Si miramos con perspectiva histórica, vemos todo lo que han pasado estas flotas. Desde la motorización, han convivido con la gran pesca de altura, las crisis del petróleo o la competencia de sectores prósperos como la industria en los sesenta o setenta. Y han sobrevivido a todo. Siempre hemos tenido una pesca artesanal resistente y adaptativa que ha sabido encontrar su nicho y yo quiero pensar que puede seguir haciéndolo”.






























